Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Cuentan que, en la contienda independentista cubana, muchas mujeres cumplieron la tarea de ser correo entre las direcciones insurrectas. Para proteger los mensajes, los escondían en la flor Mariposa que acostumbraban llevar en el pelo. Más adelante, en la lucha clandestina de las ciudades, usaban faldas largas y anchas con bolsillos internos donde guardaban cartas, armas, municiones o dinero. En la Sierra Maestra, la guerrillera Celia Sánchez Manduley cuidaba el archivo personal de Fidel Castro.

¿Cuántas mujeres así habrá en las luchas libertarias de América Latina? ¿Cuántas son reivindicadas? Y si lo son, ¿de qué manera?

Desde niñas escuchamos que somos chismosas, que no sabemos guardar secretos, que no somos fuertes y que dependemos de los hombres. Varios de los mitos fundacionales de nuestros pueblos tienen como punta de lanza la imprudencia o la debilidad de alguna mujer; pero la práctica es terca y nos muestra otra cosa.

Bien es cierto que en muchos contextos de lucha se nos ha negado el espacio protagónico. No en todas las guerras las mujeres hemos podido combatir, mucho menos ostentar cargos de dirección. Eso no significa que nos hayamos quedado por fuera de la historia, o que nuestro papel haya sido menos importante.

Comparto estas ideas porque ante el espacio de apertura mediática que vive las FARC actualmente, las farianas chocamos con la misma pregunta: ¿Usted fue al combate? (cabe señalar que esta pregunta no la he escuchado aun en ninguna entrevista a nuestros camaradas hombres, y definitivamente no todos han combatido).

Muchas debemos contestar que no, siendo sinceras y haciendo justicia con las que sí lo hicieron, las que están al pie nuestro realizando otras tareas, y las que murieron combatiendo. ¿Y si no combatían, qué hacían?, me han preguntado.

Y es que claro, la manera en que se han construido nuestros relatos nacionales hace parecer que en una guerra solo hay combates y órdenes; hombres y jefes. Parte del trabajo de memoria histórica que tenemos por delante debe centrarse en ampliar esos márgenes tan estrechos, hablar de la importancia de la logística, de la comunicación, del cuidado de los archivos. Y asumir que esas labores son tan imprescindibles como estar en primera línea de combate.

En última instancia, la guerra es un hecho colectivo donde hay una parte épica que recoge las batallas más duras de ganar y los guerreros más valientes y los jefes militares más hábiles; y otra, más a la sombra, que habla de la organización de masas, de la conformación de los planes de acción, de la formación política, de la siembra y cría de lo que comemos, del dinero que hay que conseguir para lo que necesitamos...

Para la historiadora feminista Mary Nash se han dado dos etapas en el relato de la historia de mujeres: en la primera, se buscaba resaltar a las figuras que habían protagonizado sucesos extraordinarios, eso incluye a las primeras en hacer x o y cosa, las que rompieron de manera radical con los estereotipos de su época, haciendo lo que por convencionalismos sociales les estaba negado por su sexo; en la segunda, −la actual−, se asume que no se necesita ser la primera en disparar y morir peleando para merecer un reconocimiento o un lugar en la memoria colectiva. Se trata también de resignificar esos lugares que la mujer ha ocupado históricamente y valorar su importancia para la colectividad.

Así no hay que hacer falsas historias que magnifiquen a figuras como Policarpa Salavarrieta. Si su papel en la guerra de independencia fue el de correo, ya es importante, porque gracias a ella muchos planes no fueron descubiertos por el enemigo realista y se pudo establecer comunicación entre esos hombres que tanto son recordados por la historia oficial y que nombran calles y departamentos de nuestro país. O el trabajo de Manuelita Sáenz de preservación del archivo personal de Simón Bolívar no está por debajo de otras tareas más “valerosas” que pudo realizar en la guerra.

Construyamos símbolos de resistencia propios, que se ajusten al mensaje político que queremos transmitir: ¿queremos un país para todos y todas, donde el aporte de cada cual sea importante?, pues hagamos una historia que hable también de esos aportes. ¿Queremos que haya más participación política?, pues sumemos las voces silenciadas por siglos en los libros y la televisión. ¿Queremos hacer un proyecto país más inclusivo?, pues defendamos la idea de que las figuras que reivindicamos son representaciones de nuestra colectividad y no entes aislados, superiores e inalcanzables.

Ahora recuerdo con alegría y orgullo una consigna que escuché el 1° de septiembre, en la Plaza de Bolívar, en el acto fundacional de nuestro partido: “Desde el Sumapaz hasta las barriadas, ya llega Mariana junto a las farianas”. Escribamos las historias de las Mariana Páez, las Miriam Narváez, las Lucero Palmera...y tantas otras que nos han inspirado.

Hoy las mujeres farianas tenemos mucho que contar sobre nuestro quehacer en más de 50 años de lucha. No todo tendrá que ver con las grandes batallas, pero sí con nuestros esfuerzos por contribuir al sueño común por el que luchamos. Esperemos que nuestro pueblo esté dispuesto a escuchar también nuestras historias, a recordarnos como lo que somos: luchadoras incansables comprometidas con nuestro tiempo, al igual que nuestros camaradas hombres, y, sobre todo, a sumarse y hacer parte de nuestra historia.

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A propósito de la Columnista

Violeta Narváez

Violeta Narváez

guerrillera de las FARC-EP.