Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

En medio de lo que se puede llamar noche, es vista de lejos una fuerte luz que nace de una lámpara gigante en la calle, era esta una calle de la ciudad de Bogotá fundada alrededor de los años mil quinientos y que lentamente crecía generando procesos de transformación en cada una de sus calles, vías, e incluso plazas, aquellas que poco a poco se llenaban de habitantes que ocupaban lugares cualquiera y que pareciera incluso donde les diera la gana asentarse. Esto no era producto del azar, eran circunstancias arraigadas a la violencia política de los años cincuenta en todo el país. Esta ciudad albergaba entonces una gran cantidad de campesinos oriundos de regiones infinitas de Colombia; mujeres, hombres, niños y niñas, ancianos, perros y gatos, que llegaban con nuevos sueños e incluso memorias por plasmar en la realidad que les correspondía vivir justo en ese momento. Luego de lo que se conoce coloquialmente como Bogotazo, el desorden y las revueltas pero además las contestaciones ciudadanas no se hicieron esperar, lo que causaba además miles de micro luchas por así decirlo que aunque ya no su mayoría en el campo, si se encontraban en las ciudades, precisamente en Bogotá.

 

Poco a poco y con una ciudad mucho más grande, tras pasar varios años y con ellos miles de historias que constituían la Historia de toda Bogotá, sacudía fuertemente la entrada de nuevo siglo. Los años 2000 o lo que llaman época contemporánea, en medio de trifulcas no solo económicas y culturales sino además ideológicas, la vida de María se fue mostrando distinta pues así como crecía Bogotá, crecía ella en medio de las contradicciones cotidianas que pobres y ricos, blancos y negros, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, llevaban a cabo constantemente; miles de contradicciones que ella no entendía pero que sin embargo debía hacer frente constantemente.

Miraba las noticias del medio día, nada raro, lo mismo de siempre. Las mismas matanzas, los mismos modales de la guerra, las mismas palabras: Terroristas de las FARC asesinan grupo de soldados del ejército Colombiano. Ya no era sorpresa, existía un odio arraigado en cada vecino de su casa, en cada habitante del barrio en el que ella vivía, toda la ciudad hablaba entre dientes, callaban las verdades e interiorizaban las mentiras con sus frases en la boca, se repetía constantemente la frase de cajón, los terroristas, los guerrilleros de mierda, los asesinos, los comunistas esos, hijos de puta que solo hacen daño al país. Palabras que intentaban negar un pasado y un presente de resistencia, palabras paridas desde la extrema derecha, expresiones de la oligarquía que ahora caminaban y recorrían voces de personas comunes, de aquellos que despojados de sus tierras en años pasados ahora estaban despojados de memoria, e incluso despojados de vergüenza y de fe por construir un país mejor. Suponía entonces la ingenua María que las cosas eran así, estáticas, cargadas de violencia y de violencia debían morir, ella y sus futuros hijos; eso no tenía sentido pero tampoco tenía sentido cuestionarlo.

Un día en clase del colegio al cual sus padres la habían matriculado aproximadamente hace 7 años, llego de repente la profesora Fabiola, de carácter agrio, fuerte y un poco amargo. Le causaba miedo su apariencia, ¿quién es esa? preguntaban sus compañeros y compañeras de clase, y ella pensaba: bueno tal vez con esta profe si podré sacar una buena nota, qué más da, esperar a ver qué pasa, ojala no sea tan fastidiosa como los otros, o que por lo menos hable algo chévere en medio de tanta mediocridad que hay en este colegio. Lo extraño del caso es que no traía tacones, ni falda, ni mucho maquillaje, su cabeza tenía un extraño corte, como de hombre y esto sin lugar a dudas era tan extraño, era al parecer ridículo pero sus razones cargaban para ser y mostrarse así. El tiempo no se detuvo, lo que permitió generar lazos fuertes, como las conexiones entre maestra y estudiantes, potenciaban la didáctica que se construía llena de expectativa, llena de interés y de frases excitantes, en las que la magia y la dignidad se unían para converger en las ganas de transformar la defraudante realidad que azotaba no solo el país sino el mundo entero.

Los años corrían, en medio de afanes imaginarios pero a fin de cuentas desapercibidos. María intentaba asumirse distinta pero en su cabeza tanta información era demasiado confusa, tenía miedo, realmente no quería saber tanto, ni los datos, ni los rostros, ni los asuntos políticos que otros en quienes ella había confiado llevaban encima, esto era demasiado. Sabía que su vida no valía la pena, o por lo menos para otros no. Ella era una joven como cualquier otra, que evidentemente tenía dudas sobre la realidad que le correspondió vivir, pero además entraba en crisis cuando la pobreza latente que estaba inmersa en su entorno todo el tiempo y justamente esa desigualdad abundaban sin poder generar otros tipos de realidades que le permitieran acomodarse y sobrevivir en lo que podría ser un mundo mejor.

Por esto la maestra Fabiola intentaba hablar con María, de hecho lo hizo varias veces, la llamaba en ocasiones especiales a solas, pasaban largas jornadas juntas, descansos, tardes completas, leían bastante, soñaban constantemente. Intentaban atrapar ideas para concretarlas en sus actos cotidianos, trasgredir el statu quo, ser marginales en medio de la indiferencia, ser las heroínas de ellas mismas y de sus mundos que aunque distintos encausaban desde ese momento las mismas luchas.

María comprendía que saber tenía en efecto, una responsabilidad y unas implicaciones para ella como mujer, para su familia y en general para su comunidad. Saber manejar esa información pero además digerirla y sobretodo ponerla en práctica requería de una ética a la que nunca entendió como debía educar. Al calor de la chimenea pensaba en medio de un silencio desagradable qué rumbo le depararía a su vida, a puertas de graduarse de la Universidad y sin un panorama claro, comprendía que en medio de todo el orgullo de ser quien era, era realmente inmenso y que debía seguir firme ante las adversidades; recuerda tristemente la noticia que en la mañana había llegado a su vida, el asesinato de su profesora Fabiola, lo que la llenaba de desdichas, de vacíos, de incertidumbres, de desalientos; sin embargo la rabia y la impotencia eran motores que dibujaban rutas para continuar. Baja lentamente sus gafas empañadas de lágrimas, llenas de sufrimiento y agonía de no poder entender la compleja ausencia que su maestra de vida dejaba en ella.

En sus recuerdos más profundos el olor al esmalte que estaba regado en la alfombra de la casa de Fabiola, y con la amargura de contar solo con un sospechoso, el vigilante de la cuadra aquel tipo medio borracho, el ultimo que supo de la suerte de la maestra, la describió llegando a su casa como era costumbre cada noche hacia las nueve y media aproximadamente, entro a su casa llegaba cansada y con el cigarrillo en la mano. El sujeto en cuestión no brindo más información al respecto.

No encontraba respuestas, no era claro quien tenía esta muerte encima y en medio de su afán por encontrar culpables sabía que la policía no daría mayor cabida al asunto. Sin dudarlo también desconfiaba de ellos, no temía en gritarlo fuertemente, los odiaba con cada átomo que conformaba su cuerpo, con cada respiro, con cada molécula que hacia parte de ella. Se dio a la tarea de resolver el misterio, y tras diez años del suceso aún seguía reunía pistas constantes, pasaba por la casa de la maestra Fabiola día tras día, perseguía el asesino, sabía que se encontraba cerca hasta que una noche precipitada por los recuerdos, en medio de la nostalgia y el vino que la acompañaba, pero además del sonido del violín que estaba de fondo, recordó la carta que alguna vez la maestra Fabiola le había mencionado, una carta que no valía la pena leer, que en medio de la ignorancia coartaba la muerte de su querida camarada.

Se decidió de nuevo por ir en busca de la misma, intentaba obtenerla pasara lo que pasara. De este modo esculco cada libro y cada cuaderno, ubicados en la biblioteca, además busco en la mesa de noche, en la cocina, debajo de la mesa, debajo de la cama, de repente su corazón latía tan fuerte. Por supuesto allí estaba, debajo de la cama la carta que aquellos quienes acabaron con la vida de la mujer que la guio durante tantos años. María abre la carta y emprende su lectura una y otra vez.

Bogotá D. C.

Fabiola

Como es sabido en varias ocasiones le hemos advertido que se largue, usted al decidir nombrarse comunista de mierda, debe saber que en este país no hay cabida para seres como usted, no intente transformar lo in-transformable, recuerde que la vida es sagrada, y aquí luchamos por eso pero no con intensiones guerrilleras como las suyas. Comprenda que esto es una guerra y le advertimos desde ya que se vaya tan lejos como le sea posible, usted y los suyos, todos aquellos parásitos que están detrás de usted y de sus pseudo ideales. Le advertimos desde ya, usted es un objetivo militar para nosotros, no nos incomode más. Recuerde que soldado advertido no muere en guerra, y en este sentido no dudaremos un instante en cumplir lo que le estamos comunicando, ni temblara la mano por matarla como la perra de izquierda que es, ni a sus otros compinches.

Ya sabe.

Hasta pronto.

Autodefensas Militares de Colombia.

Todo cobraba sentido, las amenazas, el aferro a su vida y a su país, el trabajo más fuerte durante los últimos meses. María ya comprendía todo, sus hipótesis ratificaban lo que el dolor le había hecho imaginar, con la lectura de estas palabras, de estas frases frías y llenas de rabia, sabia realmente a que respondía toda esta situación y en medio de la desesperanza imaginaba todo lo que sucedió.

Aquellos sicarios a sueldo esperaron en la fría madrugada a que la maestra Fabiola saliera de su casa, se dirigía al colegio en donde trabajaba desde hace varios años, atentos con el espejo del carro que la asechaba tranquilamente decidieron apuntar a su cabeza, sin mostrarse temerarios, sin un mínimo vestigio de compasión dispararon una, dos, tres, veces, justo en su cabeza. La miseria de sus vidas no les permitía comprender la magnitud de esta muerte, tampoco era algo que les causara inquietud. Luego la llevaban envuelta en una ruana vieja, a una bodega en medio de la zona industrial de la ciudad que recogía a todos aquellos que quisieran vivir allí. Deciden entonces depositar su cuerpo, no hay más, solo las risas de los criminales que cumplían en favor de unos cuantos pesos al saber que el trabajo ya estaba hecho, y un gato de la calle como testigo de la escena que desencadenaría miles de desdichas en la vida de todos y todas aquellas que se atrevieron a soñar una Colombia diferente.

FIN.

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A propósito de la Columnista

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