Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Soy de una de esas tres generaciones que no hemos conocido un solo día sin guerra en Colombia. Aun me cuesta trabajo pensar que dentro de poco nos vamos a levantar sabiéndonos en un país en paz, en el que se construirán oportunidades reales para que los y las campesinas cultiven sus tierras, para que los jóvenes accedan en igualdad de condiciones a la universidad y para que las y los miembros de las FARC EP puedan plantear su propuesta de país, sin que por eso pongan en riesgo sus vidas.

Comprender los grandes cambios que va a traer la firma del acuerdo de paz, pasa necesariamente por comprender (leer y leer y volver a leer) los acuerdos que se han ido firmando, comprender sus alcances y entender que sus consecuencias no solo conciernen a la insurgencia, sino a todo el país; son acuerdos que van a cambiar todas las dinámicas que como sociedad tenemos, y nos invitan a empezar a relacionarnos de manera distinta, dejando de lado prejuicios y practicas excluyentes tan característicos de la idiosincrasia colombiana.

Hablando de estos elementos con algunas personas, surgió el análisis de las dinámicas que no nos han permitido avanzar política y económicamente como país. De allí, surgieron explicaciones muy interesantes sobre las dinámicas entre el campo y la ciudad, los trabajadores, los sindicatos, las madres comunitarias y la institucionalidad del Estado que las maltrata, y luego en medio de la conversación surgió el tema de las relaciones entre hombres y mujeres, que al igual que todas las relaciones anteriores también ha permeado la toma de decisiones y ha determinado quienes y como acceden al poder, es decir, que es un tema que tiene todo que ver con la construcción de la paz.

No es posible pensarse las transformaciones tan necesarias en este país, si no se pasa por establecer relaciones democráticas reales entre hombres y mujeres. Para poder comprender mejor esta idea empecemos por visibilizar donde evidenciamos las relaciones patriarcales de poder injustas y discriminatorias que inundan nuestra cotidianidad:

- Relaciones de pareja caracterizadas por celos, control del tiempo, del dinero y las relaciones de la mujer.

- Acoso callejero o los “piropos”, que ninguna (que yo sepa) nunca ha disfrutado.

- Relaciones de subordinación laboral de mujeres con la misma preparación y cualificación que los hombres que las superan en jerarquía y remuneración.

- Cosificación en medios de comunicación, publicidad, música y en el lenguaje del cuerpo de la mujer.

- Cuestionamientos permanentes por la forma en la que se vive y se disfruta la sexualidad.

Podría continuar enumerando más prácticas en las cuales usted mujer que me está leyendo se sienta tratada diferente a como tratan a su amigo hombre, aunque usted sepa que como seres humanos son absolutamente iguales, pero esto daría para un artículo distinto y de otros alcances.

Volvamos entonces al tema que lleva el título de este artículo; La paz, no solo son cambios institucionales y de prioridad en los gastos del erario público, no solo tiene que ver con los acuerdos firmados en La Habana, la paz tiene que ser comprendida, sobre todo, como un cambio en esas relaciones en las cuales las personas se sientan disminuidas en su condición de seres humanos. La paz en Colombia, debe significar que todos y todas nos sintamos incluidos en las decisiones que se toman y que definen nuestras vidas.

Por supuesto que los acuerdos procedimentales, los cambios en distribución de la riqueza del país, el tema de los cultivos de uso ilícito y los demás temas que se trabajan en los puntos de negociación en La Habana son la base objetiva para que el país se convierta en un escenario de justicia social, pero no podemos olvidar que los cambios subjetivos, de las relaciones cotidianas, hacia la transformación en una sociedad realmente incluyente pasa por transformaciones propias.

Les invito a que nos preguntemos acerca de los puntos que antes enuncié, ¿Cuántas veces hemos sido víctimas, hemos permitido o hemos sido responsables de relaciones de este tipo? Preguntémonos luego ¿Qué consecuencias ha traído en nuestro entorno más próximo, haber estado envueltos en una de estas relaciones?, y por ultimo preguntémonos si detenerlas y evitar que se repitan, traería consigo un ambiente propicio para la construcción de la paz.

Quiero con estas líneas generar preguntas sobre y por la forma en que como seres humanos establecemos relaciones, cómo en la práctica cotidiana, a través de las decisiones más mínimas reproducimos aquellas acciones que vemos en los noticieros y nos parecen reprochables.

Tenemos que comprender que la Paz es un asunto de todos y todas, no como un asunto de redacción, si no de re – la-ción.

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