Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Mi nombre es Julieth Rojas, soy guerrillera del Bloque Efraín Guzmán de las FARC-EP desde el 2001.

Vivía en la vereda Playas Altas del corregimiento San José de Apartadó, éramos 5 hermanos. Teníamos una vida tranquila, yo estudiaba en la escuela de la vereda, la cual me quedaba a una hora de camino río arriba. Estudie hasta 5to de primaria y no pude estudiar más porque para hacerlo me tocaba ir hasta el pueblo en donde no tenía un lugar para vivir. Entonces tuve que quedarme en casa ayudándole a mi mamá y a ratos también  me iba con mi papá a limpiar la platanera, la cacaotera, el potrero, etc.

Vivía feliz, hasta que en el año 1996  aparecieron los paramilitares y remataron lo que quedaba de la UP.  En 1997 entraron a las veredas  junto con el ejército metiendo miedo; a los  que vivíamos en el campo no nos dejaban entrar el mercadito, a veces lo quitaban, los maltrataban y hasta los mataban. En ese tiempo empezamos a sufrir por la comida  y la mayoría de las personas les daba miedo salir al pueblo por lo que ocurría en  el retén de Barro Amarillo  donde  asesinaron y desaparecieron  a muchos inocentes. También quemaron ranchos y amenazaban a toda la población de la región.

Mis padres al ver esa situación nos llevaron para donde mi tía, la que vivía en Policarpa apartado uraba Papá y mamá quedaron solos  en la casa para ver si vendían algunos animales  como las gallinas, mulas o cerdos, pero no era fácil porque todos los habitantes de las veredas  estaban saliendo desplazados. En esos días se presentaron fuertes combates entre la  guerrilla de las FARC-EP  y los paramilitares respaldados por el ejército.

Nunca olvidare el 20 de julio de 1997,  domingo a las 11 de la mañana. Aquel día mi madre quedó en visitarnos.

Tiempo después , mi papá me contó que esa día y a esa hora, ella estaba lista para salir, que estaba almorzando para montarse en la mula y salir hacia donde estábamos nosotros,  cuando de repente llegaron unas personas uniformadas y armadas. Con mis padres había un trabajador que ayudaba en la finca,  él estaba en una banca dormido boca bajo, cuando llegó uno de estos hombres y cogió una rula y le mochó la cabeza, sin decirle  nada;  rodearon la casa y uno de los hombres le dijo a los demás que los amarraran y los mataran. La reacción de mi padre y mi madre al escuchar eso fue correr, los hombres empezaron a dispararles, a tirarles granadas y gritarles cosas como “guerrilleros hijueputas no corran”.

La casa quedaba en medio del potrero y la orilla de este estaba alambrada, mi padre logró cruzarlo pero a mi madre la hirieron cruzando y no pudo correr más. Los hombres la cogieron, la torturaron y la mataron. La arrastraron hasta  la casa donde estaba el otro muchacho y luego los amarraron en las mulas y los trasladaron para la vereda La Miranda donde aterrizó el helicóptero del ejército por los cuerpos. Mi padre se escondió en la selva y en la tarde regresó a la casa y solo encontró sangre regada por todas partes. Lo que había dentro de la casa lo habían sacado al patio, una parte lo habían quemado y él desesperado no  sabía que hacer; se le habían llevado los documentos y él estaba solo, sin esposa y sin trabajador y pensando cómo nos iba a dar la noticia.

Él sabía que nosotros estábamos esperando a nuestra madre, como comprenderán no era  nada fácil  para nosotros, mi padre cogió río abajo hasta llegar a Caracolí. Allá se encontró  con unas familias que salían de sus veredas desplazadas, y como él ya no podía bajar al pueblo donde estábamos nosotros porque se le habían llevado todos los documentos de identidad, decidió irse con las familias para San José donde estaban llegando todos los desplazados de las veredas de la parte alta de san José de Apartadó.

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Mientras todo esto pasaba en San José, mis hermanos y yo esperábamos  en la puerta la llegada de mi mamá,  pero para sorpresa nuestra, quien llegó fue un vecino a darnos una de las noticias más tristes de nuestra vida: la muerte de  nuestra madre. Al principio no le creímos, pero el nos insistió que era cierto, yo que era la mayor no entendía, y aún no entiendo porque la mataron, cuál fue el motivo para que le arrebatarán la vida de esa manera. Estábamos solos en la casa porque mi tía  estaba en el trabajo, cuándo llegó preguntó: “¿no ha bajado su mamá?”, yo en ese instante no le pude responder, ella al ver a mis hermanos llorando exclamó: “¿qué pasa?”, mi hermanita de 4 años con su inocencia respondió que a mi mamá la habían matado. La reacción de mi tía fue  impactante, solo nos gritó: “¿qué están diciendo?” Yo, atacada del pecho, le dije: “es cierto tía  ¡la mataron!, ella dijo: “¿y quiénes y porqué?”, yo no fui capaz de responderle nada, apenas recuerdo que mi tía llamó a los vecinos porque caí al suelo privada. Duré unos minutos inconsciente,  cuando reaccioné habían varias personas de la cuadra alrededor, unos me echaban viento, alcohol y me jalaban el dedo Corazón y mis hermanos al lado.

Supe después que los perpetradores de tan horrendos crímenes habían sido los paramilitares del Bloque Bananero y la Brigada XVII del Ejército. Esto para mi  ha sido  unos de los golpes mas duros que he tenido en mi vida. En el colmo del cinismo, al otro día pasaron a mi  madre y al trabajador como guerrilleros  dados de baja en combate, cuando solo eran unos pobres y humildes  campesinos que nunca tomaron un arma en sus manos.

Mi tía de inmediato fue donde tenían el cuerpo de mi madre y en la entrada había unas fotos de los supuestos guerrilleros dados de baja, en las cuales aparecía mi madre vestida con uniforme camuflado. No pudimos reclamar el cuerpo porque mi tía fue intimidada por el ejército, alegando estos últimos que mi tía también era guerrillera, por lo que hasta el día de hoy no sabemos dónde se encuentra el cuerpo de mi madre.

Pasaron 6  días de angustias  y de incertidumbre por que no sabíamos de mi padre, no sabíamos que había pasado con él, cuando un día llego un muchacho con noticias de él, que estaba en San José. Mi tía nos hizo alistar. Cuando íbamos en el carro  vimos mucha gente uniformada, no se sabe si eran ejército o paramilitares pero  pasamos por 3 retenes de ellos antes de llegar a San José. Allí había muchos civiles de todas partes de la región  y todos eran desplazados,  en ese momento salió  mi papá  a recibirnos, él estaba flaco, rasguñado y aporreado,  porque de las granadas que le lanzaron una le cayó cerca.

Mi padre desesperado y viendo la situación que se estaba presentando en la región, decidió pedirle ayuda a la Cruz Roja Internacional para que lo ayudaran a salir de la zona debido a todas las injusticias que se estaban presentando allí. La Cruz Roja Internacional  al darse cuenta de lo sucedido decidió ayudarnos,  nos dieron los recursos y el transporte, y le brindaron la seguridad a mi padre.

Después de ese desplazamiento masivo surge como iniciativa de estás personas desplazadas la comunidad de paz de San José de Apartadó. Esto sucedió en el año 1997 y la comunidad se ha mantenido hasta el día de hoy.

Fue así que nos fuimos para Armenia, Quindío, allí vivimos 3 años pasando necesidades, debido a las cuales mi padre decidió regresar. Todo había cambiado, la finca estaba pérdida en el monte, nos tocó empezar de nuevo y cuando ya  habíamos  levantado otra vez la finca, regresó el ejército junto con los paramilitares, sembrando el terror en las veredas.

Yo ya iba a cumplir 16 años cuando en la vereda ocurrió otra de las tantas injusticias; un muchacho de 17 a 18 años llamado Luis Alberto Torres Benítez, no recuerdo que día era,  solo sé que ese día había embarqué  de  primitivo del cual se sostenía la mayoría de la gente de la vereda. El muchacho madrugó  a cortar el producto y en el camino se tropezó con el ejército, lo cogieron y con el mismo palo que llevaba  para cargar la fruta lo mataron a garrotazos y luego se lo alzaron en helicóptero.

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Al ver esta clase de injusticias en mi región y al notar que el Estado no hacía nada por la seguridad de las personas que vivían en el campo, me pregunté: ¿cómo es posible  que los supuestos héroes de Colombia asesinen a su propio pueblo?, es ahí donde decido voluntariamente, junto con mi hermana, pedir ingreso a las filas da las FARC-EP. Cuando le comentamos a mi padre de nuestra decisión se sorprendió, pero no se opuso a nuestra decisión y nos aconsejó.

Pasado un mes, la guerrilla nos recogió. Mi hermana y yo nos despedimos de mi papá y de mis hermanos. Después de aproximadamente 8 meses de estar en la guerrilla, nos llegó una carta de nuestro padre, donde nos decía que el ejército lo había cogido y lo había golpeado fuertemente y que debido a eso, el había decidido desplazarse de nuevo para Armenia, Quindío.

A los dos años de haber ingresado a las filas de las FARC, mi hermana y yo quedamos embarazadas, nos llevábamos cinco meses de tiempo. Mi hermana tuvo él bebe en el campamento y a los 15 días, le toco dejar la niña a una señora porque venía un operativo para el área donde estábamos, a los siete días les llegaron con la noticia que la niña estaba en el hospital grave y mi hermana sin poder verla. La señora aún tiene a su cuidado la niña.

A mí me fue muy bien en el embarazo y en el parto, tuve también una  niña en una casa. A los dos meses regrese al campamento con mi hija, en ese momento no tenía contactos con mi familia y le entregue la niña a una señora para que me la cuidara, porque como comprenderán no es nada fácil tener hijos en los campamentos, porque como guerrilleras nos toca cumplir misiones y tareas, las cuales serían muy difíciles  con el morral, el fusil, el chaleco con las municiones y un bebe encima y para acabar de ajustar con las dificultades del terreno y los operativos del ejército. Para nosotras las guerrilleras no es fácil dejar nuestros hijos en manos de otras personas.

La señora era amiga de Samir, que era el jefe en ese instante y por su intermedio me daba cuenta de mi hija, hasta que él desertó de la organización, pasando a trabajar con el enemigo y entonces en una ocasión cuando yo andaba en una misión en Urabá, no sé cómo dio con mi número telefónico, ya que una vez recibí una llamada de él, invitándome a que me desertara, diciéndome que tenía una hija, grande y bonita y que esta era la oportunidad para que la viera. En ese momento me dio tristeza, al recordarla, pero al mismo tiempo, pensé que era un chantaje y para evitar que me siguiera llamando destruí la simcard. Y hasta esta fecha no tengo noticias de mi hija, que va a cumplir 12 años, solo sé que se llama Libertad.

Un tiempo después fui trasladada de la unidad donde estaba junto con mi hermana. Para mí fue muy duro, porque habíamos ingresado juntas y siempre habíamos permanecido juntas. Aunque para nosotras era claro que algún día tendríamos que separarnos, en el cumplimiento de los planes de nuestra organización. Nos despedimos con la ilusión de que algún día nos encontraríamos, nunca imaginé que no la volvería a ver, porque pasando ocho meses de nuestra despedida fue asaltada la unidad donde estaba ella y fue asesinada por el ejército, se llevaron su cuerpo y hasta el momento no sabemos dónde fue sepultada.

Pasó largo tiempo sin saber de mi padre y hermanos, más o menos 14 años. Tampoco se de mi hija, me gustaría tener noticias de ella, para poder verla, abrazarla, poder cuidar de ella que es lo que siempre he anhelado.

Hoy sigo en las filas de las FARC-EP, ahora, desde La Habana, contribuyendo a la construcción de la paz con justicia social para Colombia, para que otras familias, otros campesinos u otras comunidades no tengan que pasar por lo mismo que pasé yo y miles de familias en toda Colombia.

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 Hoy en día pienso que si no hubiera decidido ingresar a la histórica y justa lucha de las FARC-EP, quizás estuviera muerta, quizás sufriendo aún más los vejámenes de este régimen cruel y asesino. Siento hoy, que mi lucha durante todos estos años no ha sido en vano, siento que la muerte de mi madre y de miles de colombianos sacrificados por la sinrazón de quienes siempre han usurpado el poder no quedará en la impunidad de la injusticia y del eterno retorno de la explotación y la violencia, de la inequidad y la miseria; siento ahora, que se acerca el día en que todos juntos como colombianos podremos construir el país que las grandes mayorías necesitan, en paz, con justicia social, equidad y soberanía.





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