Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Después de haber permanecido  varios días en La Habana, Cuba, que por cierto llenaron mi vida de una rica experiencia, no solo por haber tenido la oportunidad de conocer en persona a la mayoría de nuestra dirigencia, sino por conocer ese hermoso país y ese pueblo que es ejemplo de  dignidad y resistencia, volvimos al terreno donde se adelantaría el Proyecto Piloto.

En el nuevo retorno a El Orejón, en Briceño, Antioquia, después de un largo viaje con destino al  aeropuerto de Caucasia, nos llevaron a un  sitio improvisado con el objeto de ocultar nuestra identidad, y, por supuesto, me imaginó que también con el propósito de evitar algún incidente provocado por quienes están interesados en sabotear el proceso de paz. Tras media hora de espera en ese sitio, abordamos el helicóptero que nos llevó a nuestro destino.

Después de unos cuarenta minutos de vuelo observamos, por fin, el lugar donde nos quedaríamos en compañía de personas de diferentes nacionalidad, costumbres, culturas, formas de ver el mundo, y por qué no decirlo, y en donde también estaríamos, ahora sí, compartiendo una tarea concreta en la construcción de la paz, con quienes por más de 50 años nos hemos enfrentado a muerte, es decir, con integrantes del Ejército Nacional. Sin que el piloto dejara apagar la máquina, los tres guerrilleros de las FARC-EP y dos periodistas cubanos abandonamos la nave, y observamos a poca distancia la presencia de mucha gente esperando nuestra llegada, entre ellos campesinos, Ayuda Popular Noruega APN, Gobierno y Ejército.

Nos dirigimos a la casa donde nos encontraríamos con el resto de personas que harían parte del proyecto.Se notaba un ambiente agradable, la casa estaba un poco cambiada, todavía seguía en construcción pero se veía diferente. Allí me presentaron al teniente William Villanueva y a los sargentos Fredy Lozano y Luis Fernando Sosa, quienes compartirían la casa con nosotros, pero quienes en el momento se hallaban alojados en otra vivienda.

Nos acomodaron en los respectivos cuartos. Recuerdo a una pareja, Esteban Rueda y una joven  mujer llamada Sara Marín, quienes nos entregaron los chalecos que nos identificarían como miembros  del Proyecto Piloto y camisetas azules estampadas con la paloma de la paz. Enseguida empezamos a organizar nuestras cosas.

A pesar de que  todas las personas que estaban con nosotros se mostraban muy  amables, yo me sentía un poco tensionada, pues aunque tanto nosotros como los militares estábamos desarmados, tantos años de conflicto terminan por generar en la cabeza de uno muchos interrogantes que no son fáciles de despejar. Como por ejemplo, ¿Sí seríamos capaces de ponernos de acuerdo en la tarea de descontaminación nacida del acuerdo de desescalamiento? ¿Sí sería posible compartir espacios como una mesa para comer, un lugar para reunirnos y concretar tareas en el marco del compromiso asumido? ¿Estarían ellos en condiciones de mirarnos como a personas iguales y no como alguien a quien someter a su voluntad?

Nos reunimos con el equipo de trabajo a fin de acordar la hora en que se convocaría a la comunidad con la idea de informarla de los pasos que habría que dar. Ella sería la más beneficiada con la descontaminación del territorio.  En la reunión participarían los representantes de APN, DAICMA, los soldados comprometidos en el desminado, las FARC-EP y la comunidad. Se acordó que se llevaría  a cabo en las horas de la tarde en una pequeña escuela bastante deteriorada.

Llegada la hora de la reunión, partimos todos hacia la escuela. Iniciamos con la presentación de los participantes y de quienes a partir de ese momento comenzaríamos a ser protagonistas de primera línea, de algo que por primera vez se veía en Colombia. Que guerrilleros, soldados, gobierno y comunidad compartieran un mismo escenario para hablar de las cosas que preocupaban tanto a unos como a otros.

Cuando los campesinos hicieron uso de la palabra, me emocionó escuchar la fuerza con la que hablaban, para sin ningún temor reclamar del gobierno garantías, a fin de que no solo se les descontaminara de explosivos su territorio, sino que se comprometiera a darles una vida digna, con proyectos productivos rentables, carretera, educación, salud y recreación. Y todo ello en un área desmilitarizada y libre del paramilitarismo. Que no se utilizara el desminado para después erradicarles los cultivos de uso ilícito sin plan alguno de sustitución, o para que la empresa de Hidroituango los siguiera desplazando como hasta ahora.

Después de una larga  discusión en la que los voceros gubernamentales se comprometieron a impulsar obras sociales, proyectos productivos y a que los sitios descontaminados no serían utilizados con ventajas militares por ningún bando, los campesinos se tranquilizaron un poco. Es más, para aliviar mayormente los ánimos, el gobierno, advertido de la poca credibilidad de que gozaba el Estado, pidió al delegado de las FARC que explicara el objetivo del Proyecto Piloto, como un gesto de desescalamiento en el marco de los acuerdos de La Habana, a objeto de construir confianza entre las partes.

Al otro día se comenzaron los trabajos de descontaminación en las diferentes áreas. Todas las tardes nos reuníamos para balancear las actividades cumplidas. Como a los tres días, en horas de la tarde, fuimos sorprendidos por una explosión en el Alto Capitán. De inmediato los militares por los radios de comunicación nos informaron que un soldado se había parado sobre una mina.

La noticia llenó de tristeza a todos los que nos encontrábamos  comprometidos en esta tarea, pues con el muchacho ya habíamos compartido varios días de trabajo y la alegre integración deportiva en un campeonato de fútbol.

El lamentable accidente, con la perdida de la vida de este humilde joven, nos obligó a una pausa para el reajuste de las medidas de seguridad. Y fue en esos días cuando tuve la oportunidad de verme nuevamente con el coronel Benítez, de quien comenté me impresionó por su aspecto de hombre tosco y arrogante. Pues les comento que tratándolo ya con más confianza, resultó ser una persona amable, con la que se podía dialogar de buen modo.

Creo que de esta experiencia todos aprendimos, pues a pesar de las diferencias que hay entre nosotros, los representantes del Estado, APN, y guerrilla, incluida la diferencia de idiomas, costumbres y culturas, pudimos en el terreno real cumplir la mayor parte de lo acordado. Las incomprensiones se manejaron con respeto y cada día que pasaba teníamos la capacidad y la confianza para decirnos las cosas sin que se afectara la convivencia. Un bello recuerdo.
 

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