Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

El 3 de septiembre de este 2015 fuimos elegidas tres compañeras de la Red Nacional de Mujeres Excombatientes de la Insurgencia para ir a La Habana a intercambiar experiencias de nuestro tránsito hacia la vida civil, con las mujeres guerrilleras de las FARC- EP que son integrantes de la Mesa de negociaciones de paz de La Habana.

El encuentro entre todas, que fue posible gracias al apoyo del Llamamiento de Ginebra, fue afectuoso, respetuoso y sin los protocolos que se usan en este tipo de reuniones.

Aproveché la oportunidad para proponerle una entrevista para La13 a Camila Cienfuegos y ella amablemente aceptó. Nos pusimos una cita para el domingo 6 de septiembre a las 8 de la mañana. Ella llegó muy puntual. Hablamos de forma tranquila y reposada, pues el ambiente de la mañana, con su aire tibio y acogedor nos invitaba a aprovechar al máximo esta oportunidad.

Camila Cienfuegos, quien va a cumplir 22 años de ser militante de las FARC–EP,  es una mujer joven, bonita, alegre, sencilla, sin embargo, en ella se percibe un sentimiento de nostalgia.  Su voz es suave y a la vez manifiesta seguridad al hablar: en sus palabras denota su compromiso y responsabilidad con el proceso de paz. Proviene de madre y padre campesinos.  Creció entre el campo y la ciudad en un pueblo pequeño del Valle del Cauca, lugar donde vio y padeció la violencia: “En Colombia se desconocen muchas cosas y a veces se cree, que, porque una es niña o es joven esa violencia no le toca y menos como mujer, pero resulta que la violencia no escoge rostro, ni escoge sexo y te va afectando y más exactamente cuando eres mujer.

MHR - Cuando hablas de violencia a que te tipo de violencia te refieres?

CC: Transcurría el año 93,  yo estaba estudiando el bachillerato y empecé a militar en la Juventud Comunista y fuimos a una marcha de estudiantes que reclamaban el derecho a la no privatización de la educación. La mayoría éramos menores de edad, acompañábamos  a nuestros profesores y pedíamos  que no cerraran las instalaciones del colegio  y que se nos permitiera  un derecho sagrado, como es la educación. La policía nos  tiró agua, gases; a uno de mis compañeros lo golpearon con un bolillo y a otro le tiraron un gas en la cara. Muchos se desmayaron. Y entonces uno empieza a ver que esa  fuerza pública que está instituida en una Nación para proteger a la sociedad, por el contrario te golpea. Eso no estaba bien.

En esa época el narcotráfico era muy fuerte, uno salía del colegio y unos hombres  desconocidos te acechaban, se acercaban y le decían a una, que saludos le mandó el patrón y uno sabía que eso era muy fuerte, era como una alarma porque yo no quería ni casarme, ni tener hijos, ni ser la amante, ni la novia del patrón para después de un fin de semana aparecer golpeada o con moretones, como le pasó a algunas de mis compañeras que eran mayores a mí.

Empecé a visitar a mis papás, y en las idas a la finca un día escuché a Víctor Saavedra, un comandante de las FARC que ahora está muerto, cuando le hablaba a un grupo de campesinos. Decía que la humanidad no podía vivir disgregada, que tenía derecho a salud, vivienda, educación; que las escuelas para los niños debían tener educación gratuita y calificada.”

Días después, Camila decide por su propia cuenta y riesgo  buscar a  la guerrilla de las FARC  y pedir el ingreso en sus filas. Relata que por su corta edad  y por su contextura menuda no convencía a quienes ella buscó. Después de ponerla a varias pruebas para corroborar su verdadera decisión y al ver que la joven Camila seguía empeñada en ser guerrillera,  finalmente el jefe guerrillero le concede el ingreso, no sin antes hacerle leer el reglamento interno y escribir en un cuaderno si estaba de acuerdo o no.

MHR: ¿Cuál ha sido su desempeño en la  guerrilla?

En la guerrilla fui radista, estuve también mucho tiempo en orden público y en seguridad. Mi mayor tiempo ha sido en orden público. A la edad de 17 años me dieron mando, fui mucho tiempo reemplazante de escuadra, iba junto con el comandante de escuadra a dirigir tropa. Esa es una tarea muy compleja como mujer, porque no es lo mismo dar órdenes en un campamento a dirigir y a cuidar a la gente. En combate eres responsable de la vida de todos los que van ahí y sobre todo de la población civil. También debes velar por la salud, por  lo político. Los hombres y mujeres que están ahí  son como  tus hijos, pero a una escala con mayor responsabilidad porque tienes que ser ejemplo, tú no te puedes quebrar y para uno de mujer eso es muy difícil.  Yo muchas veces lloraba, lloraba sola y no porque no tuviera el apoyo, sino porque a veces sentía que debía ser más fuerte, pero tenía debilidades.

En la guerrilla hablamos de la igualdad de hombres y mujeres, pero esa igualdad no es sólo que tú haces lo mismo. Nosotras somos iguales en derechos a ellos, pero no en lo físico: siempre las mujeres somos más débiles porque tenemos una fisonomía y una estructura diferente a la de ellos, no es lo mismo la fuerza del hombre y de la mujer y en esto es que hago la diferencia.

También trabajé con la comunidad en una zona del Tolima. Después de una larga marcha me encontré con Victoria (Sandino) y allí iniciamos un trabajo con niñas y niños, que es una cosa maravillosa porque hay una empatía que es muy difícil encontrar con las personas adultas, porque en la infancia existe mucha amplitud frente al conocimiento, además de ser de mente limpia, pura y de decir lo que sienten. No saben fingir.

Hacíamos artesanías con recursos del campo, con la guasca del plátano, por ejemplo. Trabajaba con las profesoras, en las casas, con las madres y los padres en las tardes, porque en el campo las escuelas son muy pobres, no hay recursos, no hay con qué hacer pedagogía.

Entonces nos propusimos utilizar los recursos que tuviésemos al alcance. Les enseñamos  a las mujeres que con  los “pomos de agua” se podía hacer muñecos,  les enseñaba a pintar, a hacer carros de cartón, casas de cartón, empezamos a licuar el papel para hacer tarjetas de navidad  o  para el día de la madre. Cogíamos los tarros de leche que tienen las mamás y les poníamos ojos, boquita con hilos, con  lanas, y empezamos a embellecer las escuelas, a embellecer las casas, a embellecer los hogares infantiles y empezamos a involucrar a los papás y a las mamás para el arreglo del camino, para la reunión de la Junta de Acción Comunal, para que tuvieran su veeduría. También se promovió la organización con otras comunidades: mandábamos invitaciones a  integrarse porque la gente vivía muy aislada. Organizamos eventos deportivos con las comunidades, bazares y las niñas y niños hacían exposiciones de  lo aprendido. Y desde luego para papás y mamás eso era un orgullo.

También hicimos huertas, pero esta vez no eran las huertas de hortalizas sino eran las huertas para la medicina tradicional: que la albaca, que la ruda… Como las mujeres en el campo, las abuelas, todas, saben de medicina tradicional, cada una sabe una receta: que esto sirve para el dolor de estómago; que esto sirve para los cólicos menstruales; que esto sirve para el dolor de muela.

Entonces yo le decía a la gente, si usted tiene una receta escríbala. Por ejemplo,  cuántos copos se le echa, cuántos pocillos de agua, cuánto  tiempo hay que dejar  hervir; y empecé a recoger todas esas recetas  y comenzamos a armar un libro de lo que era la medicina natural que llamábamos Plantas y Medicinas Naturales. Después recogimos todo eso, lo imprimimos y aparecía cada receta con el nombre de la persona que había dado la receta. Y  la señora sorprendida, ¡ay, aquí estoy yo!  ¡Esta es mi receta! y eso fue un boom. Eso fue algo maravilloso y se fue incrementando con más personas, hicimos un vivero gigantesco, como de muestra para las otras comunidades.

Junto con las comunidades hicimos puentes, arreglamos pasos de alcantarillado, mejoramos la escuela. Como no había recursos, hacíamos bazares y con las ganancias comprábamos las puntillas, las tejas. Y la guerrilla prestaba herramientas para cortar la madera, en las fincas se ponían de acuerdo. Yo regalo un palo de mi finca, yo regalo otro. Y así,  y como la gente tiene mulas entonces, unos prestaban las mulas, otros ayudaban a arriar; otros a sacar la madera y empezamos así, en comunidad, a construir la escuela.

Hicimos un puesto de salud, construimos casetas comunales y las niñas y los niños también iban también, ayudaban a conseguir leña para cocinar, ayudaban a pelar plátanos, a pelar las yucas, después jugábamos un partido con los niños, las niñas  y la comunidad. Fue  un trabajo colectivo desde la infancia hasta la edad adulta, fue una de las experiencias más bonitas de mi vida guerrillera.

MHR: ¿Cómo ha sido tu relacionamiento con las mujeres?

En general ha sido una relación buena. No ha sido como esas cosas que se dan en la civil de que hay una competencia de que yo sé más que yo. No voy a decir que no hay problemas, pero para eso está la reunión de partido, en las tardes, y esas pequeñas rencillas que se dan son tratadas y se buscan soluciones.
También he tenido compañeras muy valiosas que lamentablemente en el trasegar de esta guerra las he perdido, unas porque las han trasladado de unidad, otras porque las han matado. Perder a alguien es una cosa que duele mucho, a eso una no se acostumbra.

Yo, Camila, no me acostumbro a que alguien se muera, independientemente que sea guerrillero, que sea soldado, sea civil, sea hombre, sea mujer, sea niña, sea niño. Para mí la muerte es algo tan duro, porque es sentir que nunca más voy a volver a ver a esa persona, que nunca voy a volver a sentir su mirada, su saludo, que nunca va a volver a estar físicamente conmigo. Aunque se dice que los muertos nunca mueren porque viven en nuestros corazones y viven en nuestro pensamiento, pero no están físicamente y eso duele mucho.

MHR: ¿Cómo es la relación de mando e intergeneracional entre las mujeres?

CC: Es algo muy complejo, porque todo lo que uno haga es un ejemplo a seguir. Porque una es el mando y tienes que hacer de tripas corazón y tienes que pararte. Y a veces hablar fuerte. Cuando se es mujer toca demostrar el doble donde está parada, sea en la civil, sea en la discoteca, sea en la escuela,  y lo mismo aquí en la guerrilla y más cuando somos militares.

Además, por la misma formación patriarcal, a veces se cree que la gente mayor tenemos la razón, y cuando las mujeres ya tenemos cierta edad menospreciamos involuntariamente a las menores.

Hay que hacer un trabajo muy generalizado para equilibrar esa carga, que también es emocional. Esa carga patriarcal nos ha absorbido a hombres y mujeres y eso no lo podemos desconocer; hay un gran machismo tanto del hombre como de la mujer en todos los aspectos de la sociedad.

Dentro de nosotras ha sido una lucha muy larga y muy ardua, porque a veces las mujeres son muy machistas, porque también nos ha tocado esforzarnos el doble. Vuelvo y digo: porque también nos ha tocado pararnos muy fuerte frente a nosotras mismas, frente al espejo nuestro, para poder lograr los resultados que queremos y demostrarnos a nosotras mismas que somos capaces.

Los años son un paso irreversible;  el tiempo no se detiene porque tú eres buena o eres mala, eso no es posible, y uno se va quedando y esa es una lucha muy dura de las mujeres. Las mujeres nos hemos quedado estancadas en algo: en los amores. Somos muy emocionales, muy emotivas y siempre, nos quedamos esperando por el hombre.  El hombre no espera por nadie.

MHR: La maternidad en la guerrilla es un tema sensible: Camila manifiesta que  los estatutos de las  FARC –EP establecen la prohibición de procrear en razón a que las condiciones de guerra en que se desempeñan no son favorables para la crianza de los hijos. No es por un capricho, dice.

Siendo muy joven, Camila quedó embarazada y decidió dar a luz a su hija. Su jefe inmediato le preguntó si ella quería ser mamá o guerrillera.  Camila decidió ser mamá y guerrillera, pero se vio obligada a entregar su hija a una familia que adopta a su pequeña con el compromiso de no quitarle el derecho como madre.

CC. Yo tuve el apoyo del jefe y del padre de mi hija, pero finalmente ahí están los roles establecidos. La decisión era mía, yo era la mujer, era la madre. Yo sentía que me iba morir. Empecé a empacarle la ropa hasta que me quedé mirando al papá de mi hija y le dije: todo yo, tenga a la bebé, es su bebé, es también suya; tenga, yo no la voy a entregar. Y el finado Oscar, o sea el papá de mi niña, fue y la entregó y también llorando decía: no me la dejen llorar. Él escribió: Por favor, a esta hora se le dan los teteros, a esta hora se despierta, a tal hora se le cambia el pañal. Hizo todo un listado.

Yo dejé unos zapaticos de mi bebé, unos escarpines. Yo mantenía esos escarpines dentro del bolsillo  y cada rato me encontraban llorando con ese escarpín. Un día me fui para una descubierta y cuando regresé el escarpín no estaba. Resulta que cuando mataron al papá de mi hija ese escarpín estaba envuelto en el fondo de su equipo. O sea él lo guardó para tenerlo él y así fue el rompimiento con mi hija.

MHR: ¿Después pudo tener alguna comunicación con su hijita?

CC: Actualmente soy abuela, a mi hija la he visto tres veces en mi vida. Soy la  abuela más joven de la delegación. Ella ha sido muy perseguida, muy estigmatizada, por su madre, por ser hija de guerrilleros, además vive en una zona donde todo mundo sabe de mi origen, de quién soy  y de quiénes han sido sus papás. Le ha tocado cargar con el estigma, con un delito que no existe, pero que a los revolucionarios se lo aplican, que es el delito de sangre. A mi hija le allanaron la casa de la familia con que ella vivía; después,  cuando vivía con mi mamá, con los tíos; a mi hermana también le allanaron la casa.

Afortunadamente eso ya ha parado, pero al inicio fue muy duro. Mi hija tenía 13 años cuando allanaron la casa, le mostraron fotos mías y le dijeron que si no le daba vergüenza ser hija de una terrorista, que yo mataba niños. Fue muy duro para ella y para mi mamá y mi hermana. Ellas le dijeron a mi hija. Su mamá no es terrorista, su mamá es una mujer luchadora,  es un ser humano extraordinario, su  mamá es digna de que usted la respete, ella siempre va a ser su mamá. Mi hija sabe quién soy y no se avergüenza de mi pasado. Entonces mi hija comparte si no la totalidad, no en la dimensión que yo quisiera que compartiera mi lucha, pero por lo menos respeta mi decisión.

Mi hija ha tenido que sufrir muchas cosas: a su abuelo lo asesinaron, a la familia que la tenía a cargo la asesinaron. Ella sufrió el desplazamiento de mi familia, el desarraigo de los lazos familiares, despertar en otra casa donde no están sus juguetes, donde no está el tetero para ella tomarlo.  Porque a ella la desplazaron cuando era bebé. Todo eso me ha servido para convencerme una y otra vez que hay que parar la guerra y por eso estamos adelantando este proceso de paz aquí en La Habana, que es muy esperanzador. Para mí el  diálogo es fundamental.

MHR Cambiando un poco de tema,  en  esta etapa avanzada de las conversaciones de Paz entre el gobierno y la Guerrilla de las FARC, tú comentabas que lo fundamental era la paz con justicia social y el respeto a la vida. También comentabas que para lograr una paz duradera se necesita avanzar mucho más, ¿me puedes explicar de qué se trata?

El esquema del Estado tiene que ceder. Hay que erradicar el paramilitarismo, porque el paramilitarismo ha sido uno de los grandes obstáculos para que esta paz avance. Hay que luchar contra el olvido, contra la deshumanización, hay que acabar con la guerra. Yo no estoy de acuerdo con que a la guerra hay que humanizarla: la guerra hay es que acabarla, hay que erradicarla porque es absurda.

MHR: Para terminar, ¿me puedes contar cuál es tu desempeño en la mesa de negociaciones?

CC: Me siento muy orgullosa de venir a liderar la paz, a buscar la paz.

Aquí nosotros hacemos de todo, pero tengo dos tareas muy específicas dentro de la mesa de negociaciones de paz. Una es el relacionamiento con medios de comunicación; a mí me ha tocado la parte de Colombia, junto con otros compañeros en ese trasegar  de cambios constantes. Como yo no soy periodista entonces me ha tocado estudiar, investigar sobre la ética del periodista, el manejo de la comunicación, entre otros temas.

La relación con los medios  ha sido dura, una cosa es la charla bonita con  periodistas, de tú a tú, y otra cosa es cuando van a difundir la información, porque los medios de comunicación que hay en Colombia no pertenecen al pueblo, son privados, su directriz corresponde es a la oligarquía, a lo mediático. Nos han mostrado como los monstruos, como los secuestradores y han tergiversado lo que significan realmente estos Diálogos de Paz.

También soy integrante de la Subcomisión de Género. Ha sido un trabajo muy importante, al lado de mis compañeros y compañeras he aprendido mucho, me ha sensibilizado el comprender a las mujeres.  Soy muy feliz cada vez que hay un encuentro con mujeres, porque  salgo más fortalecida y con más conocimientos y  me reconfirmo, que no somos diferentes a las mujeres que están afuera, todas sentimos las mismas necesidades, todas peleamos por los mismos derechos desde distintas orillas.

Creo que la lucha no es solamente contra la violencia sexual contra las mujeres. Desde La Mesa de Diálogo también luchamos contra  esa violencia estructural que existe sin solución de: (la violencia) de no tener participación política, de no tener derecho real a la educación, a la salud, de no tener un buen trabajo, a una buena pensión;  de que la mujer siempre tiene que demostrar el doble que el hombre. Estamos peleando por los derechos de la mujer y por todo el conglomerado de la sociedad humana, del conjunto de la sociedad.

Tomado de: http://www.revistala13.com/entre-amigas.html
 

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