Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

El debate sobre el papel de la mujer en la revolución siempre estará presente. Es una pena que día a día tengamos que demostrar grandes aptitudes para poder ser tenidas en cuenta.

El patriarcado expresa su dominación incluso en espacios de la izquierda, donde supuestamente, se debería tener consciencia sobre equidad social.

Históricamente las mujeres se han movido en la dualidad de: luchar por sus derechos como sector fuertemente aplastado por el sistema de dominación más antiguo de la humanidad, o luchar junto a los hombres con los que comparten una identidad como clase social.

Esto ha llevado a que se condene al feminismo como una ideología desmovilizadora, que aleja a las mujeres del verdadero objetivo: el de la construcción del socialismo. Se desconoce la imperiosa necesidad de articular las luchas en una sola, pues no se contraponen.

¿Y la discriminación a la mujer?¿Eso lo resuelve el socialismo?

Estas preguntas son constantes entre las miles de luchadoras que después de largas jornadas de trabajo para subsistir y de intenso trabajo político deben llegar a sus casas a asumir "su tarea" de mantener el hogar.

Al capitalismo le es funcional mantener a más de la mitad de la población en total sumisión, reconociendo la mitad del trabajo que realiza (porque solo paga, y generalmente de forma injusta, el trabajo que compete la jornada laboral, ahorrándose millones en la reproducción de la vida de su "fuerza de trabajo"). La tendencia en el socialismo conocido es desviarse en esta realidad por la inercia del patriarcado no atendida a tiempo ni con la debida fuerza.

Esto no solo tiene que ver con macroestructuras, el mismo panorama se ve en el espacio personal. Es sencillo pasar tiempo en reuniones y debates de formación política y llegar a casa y encontrar la comida hecha, todo limpio y los niños durmiendo. El trabajo doméstico, que generalmente se entiende como tarea de la mujer, limita sus posibilidades de ir a esos espacios de formación y creación.

Si hay una pareja con hijos, por ejemplo, es ella quien debe irse más temprano a recoger a los niños. Si están enfermos, ella es la que recuerda los medicamentos que deben tomar, los horarios de las comidas, el peso, la talla, además de ser la que debe faltar al trabajo, porque: "¿quién va a cuidar mejor a un hijo que una madre?"

Es común también ver que en asambleas o reuniones la opinión de las mujeres se tome menos en serio, sea objeto de burla por parte de sus compañeros, o sea interrumpida para atender cosas más importantes.

Esto no necesariamente es ajustable a todas las realidades. Hay también hombres que asumen su paternidad y su vida personal de una manera más justa y equitativa respecto a sus compañeras, y que en la militancia apoyan la participación de las mujeres, pero desgraciadamente no es la generalidad.

El patriarcado tiene raíces muy profundas en nuestra cultura. Erradicarlo en función de la construcción de una nueva sociedad, sin discriminaciones, es una responsabilidad de mujeres y de hombres.

Los esquemas de dominación patriarcal no solo los reproducen los hombres, sino también las mujeres, incluso, las que tienen consciencia de la desigualdad de género. La formación de la clase trabajadora debe ir también en la dirección del fin de esa desigualdad.

Los partidos políticos, los movimientos sociales, incluso las guerrillas, tenemos la obligación de propiciar estos cambios, a través del estudio individual y colectivo, la equidad de género en los órganos de dirección, y la intransigencia frente a las manifestaciones de violencia de género y todas las expresiones patriarcales.

En especial, entre comunistas, deben transformarse las concepciones establecidas por la costumbre. En el lenguaje no solemos ser muy cuidadosos y este debe corresponderse con nuestra concepción del mundo basada en la liberdad y la igualdad lo cual incluye el género.
Para transformar la sociedad por la que luchamos, debemos empezar por "la sociedad chiquita", la de la camaradería, la de los actos públicos y los discursos, o la del combate armado.

El ser revolucionario debe llegar hasta los rincones menos "visibles" de nuestra cotidianidad.

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A propósito de la Columnista

Violeta Narváez

Violeta Narváez

guerrillera de las FARC-EP.