Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Jacobo Arenas fue un hombre admirable, lucido, perseverante, con un amor grande y altruismo por su pueblo.

Llegué a la sede del Secretariado el 1 de enero de 1983 como cuota del 12 Frente. El camarada Jacobo se encontraba en el patio y saludó al grupo de guerrilleros que acabábamos de pasar el portón de La Caucha. Su saludo fue cálido, de apretón de manos y abrazo incluido a cada uno. Me miró sonriente y dijo: -¡ala! mijita yo a usted la conozco-. Más adelante hablando me dijo -pero si usted es la misma cara de su mamá, por eso le decía que la conocía, yo la cargué en mis brazos, la arrullé… y era muy lloretas-.  Seguro que todo era cierto; que papá y él eran amigos de infancia; que papá y mamá lo ayudaron a salir disfrazado de mujer de Bucaramanga hacia Bogotá; que había sido novio de una tía y me contaba las peripecias que mi tía y él hacían para encontrarse a escondidas.

Al camarada Jacobo lo recuerdo muy jovial a pesar de sus años. Era un hombre bastante conversador, hablar con él producía una sensación de gran amistad, como si lo conociera de años atrás, su “carreta” como decía él, era sabrosa, porque sabía muchísimas cosas, siempre alegre, siempre con su vibrante carcajada, con su forma de ser llegaba muy fácil a la gente.

Los cumpleaños los organizaba él mismo, unos días antes de uno de estos me dijo:

-¡Ala! mijita, sí me van a hacer algo el día de mi cumpleaños?
-Sí camarada, pero es una sorpresa
-Cuente que yo no digo nada, ¿van asar marrano para ese día?
-Sí, pero hasta ahí le puedo contar, porque se pierde la sorpresa.
-Si llegan a matar el marrano no como, ni asisto a nada, dígales que para eso está la marrana. Mañana muy temprano me levanto a ver qué es lo que tienen preparado.

Pues él mismo organizó todo, teníamos preparada una serenata que el cura Camilo dirigiría y todos íbamos a cantar y él no nos dejó -que él no era una quinceañera que mejor le cantáramos la canción de cumpleaños y punto.

Nos dañó la sorpresa, ese día en la mañana dijo que él mismo iba hacer pan para acompañar la comida. Preguntó si íbamos hacer torta -cumpleaños sin torta no es cumpleaños-, estuvo muy pendiente de todo.

El día lo pasó trabajando junto con los que estábamos organizando la fiesta y a cada rato nos cambiaba cosas -esto no, así es, de esta manera, me hubieran dicho desde el comienzo, yo les hubiera dado ideas-. Y los siguientes cumpleaños fueron iguales, él mismo nos ayudaba a preparar su cumpleaños con torta incluida.

En una marcha del páramo hacía La Caucha nos tocaba cruzar por el río Sinaí, en una de tantas veces nos encontramos con una muchacha nueva en la región, se estaba bañando en el río, y cuando nos vio, salió corriendo y dejó la ropa, se escondió entre los matorrales. De eso sacó una canción, al cantarla se ponía la mano en la ojera a lo Silvio Rodríguez y decía: -los cantantes nos ponemos la mano así… y soltaba la risotada cuando terminaba de cantar. El pedacito que recuerdo decía algo así: “Por el río Sinaí, la niña salió llorando de lágrimas que no vi, no lloraba por la ropa sino por lo que le vi en el río Sinaí tuvi tuvi”, solo recuerdo esa parte.

Para ir a baño, había que pasar por un lado del campamento, él siempre iba envuelto en la toalla y como era tan blanco, las piernas parecían un par de yucas, nos decía con una sonrisa - ¡ala!, no miren mi par de yucas y soltaba la risotada, y se iba pavoneándose y cantando “que risa me da del que se suicida dejando lo bello que tiene la vida” (risas).

Como todos los humanos tenemos nuestros momentos de ira e intenso dolor, fruncía las cejas y se acomodaba las gafas a cada instante, entonces nosotros ya sabíamos que estaba en momentos de ira, se estiraba la chaqueta hacía abajo y decía – ¡ala!, llámenme al compañerito tal… compañero usted si francamente… y bueno lo que hubiera pasado, si era muy grave la embarrada, nos los contaba después en una de las charlas y decía: -ese compañerito se me salió…. con esa cagada que hizo-. De lejos sabía uno que estaba enojado por el movimiento de sus manos hacía las gafas.

Las charlas con el camarada Jacobo eran de tiro largo, nos preparábamos para 2 o 3 horas, eran amenas, cuando él veía que la audiencia se estaba adormilando echaba un chiste, casi siempre inventado y nos hacía reír de lo bueno, o nos contaba historias de su juventud en las filas del partido, o alguna embarrada de algún guerrillero sin mencionar su nombre y continuaba la charla.

Me parece estar oyendo su voz tranquilla llena de orgullo y sabiduría –porque los revolucionarios de verdad, no damos el brazo a torcer-. Con su mirada fija hacia nosotros y empuñando su mano derecha decía: -Lo único indemne que tenemos nosotros en este momento, es el movimiento armado, así, con todos los problemas que tenemos porque al fin y al cabo es armado.

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