Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Organizando papeles encontré este relato de  Olivia, una camarada de origen urbano, que cuenta parte de su infancia y adolescencia hasta que llega a la guerrilla, así que me permito compartirlo con ustedes:

“Un día de mayo por allá en 1977, asomada a la ventana de mi casa, veía llover a cántaros cuando, con mis 14 años, me entró la necesidad de cambiar mi vida. Ensimismada, miraba caer las gotas y pensaba qué hacer con mi existencia. Reflexionaba sobre los maltratos en las parejas, a través de la forma como los maridos de dos de mis hermanas las trataban. Una de ellas recibía tal cantidad de improperios verbales que, mi sobrino afirmaba `pegan más duro las palabras que los puños`.

Mi padre era muy machista, desconocía los valores de mi madre por el solo hecho de ser mujer. Nunca le pegó, pero la veía y trataba con desdén. Yo no quería una vida en pareja como la de mis hermanas mayores ni como la de mi madre. Pero mi querida vieja no aguantó, no soportó los desplantes y se separó, mostró el camino a las demás, mis hermanas hicieron lo mismo.

Crecí entonces en una familia de clase media, compuesta por mi mamá y sus 9 hijos: 3 hombres y 6 mujeres: con muchas necesidades económicas; pero sin hambre. Mi madre no tenía forma de darnos más de lo indispensable: las tres comidas y el estudio a las más pequeñas. Las hermanas mayores abandonaron el colegio para aportar sus salarios y juntar con el de los hombres y el de mi madre el dinero del arriendo, la luz, el teléfono y el agua. Mi padre se fue, no solo de la casa, sino que se zafó del sostén económico de la familia. `Que doña Elena se las arregle como pueda`.

Así las cosas, me crié rodeada del trabajo de mi madre entre las máquinas de coser y su actuar solidario con las personas que laboraban con ella. Le decía a la señora que ayudaba en la preparación de los alimentos: `María, deje la cocina y venga a aprender a coser, para que se gane la vida de mejor manera`. Igual crecí entre conversaciones de militantes comunistas, escuchando ópera, folclor, música revolucionaria y no faltó el teatro y la poesía. Todo esto me llegaba por mis hermanos y mi padre desde la distancia.

Mi mamá, de familia liberal, no quiso ser ama de casa, por eso trabajó siempre, incluso mientras vivió junto a mi papá. Cuando él partió ella fue el sustento de la familia. Mi papá, conservador, quería una familia tradicional: la madre entregada al cuidado de la familia y de los hijos, al menos un cura, una monja, un abogado y un médico. Católicos por supuesto. Pero la mujer le `salió` diseñadora de modas y la descendencia: artistas, comunistas y ateos. ¡Que horror!

Estudié la primaria en un colegio maravilloso: becada, por cuestiones de dinero. La directora era muy buena. Allí me inculcaron aun más el aprecio a las artes y el humanismo. Leí libros como `La madre`, de Máximo Gorki y `La vorágine`, de José Eustasio Rivera, y participé en obras de teatro, de títeres. Aprendí a tocar flauta dulce y trabajé con barro, plastilina y carboncillo. Las niñas y los niños jugábamos lo que queríamos: fútbol, voleibol y beisbol. Recuerdo haber tenido carritos, muñecas y hasta bolitas de cristal para jugar canicas. Mejor no pudo ser. Una infancia feliz.

Mis amigas en cambio crecían en familias tradicionales. Sus madres no contaban con la ventaja de la mía, pues sí existía la presencia paterna. Pero la enseñanza del colegio era fuerte y mis amigas compartían como yo los juegos de los amigos. Así que en la primaria y en la secundaria no fui del todo la rara.

Sin darme cuenta comencé a soñar con una sociedad distinta a la que conocía. El influjo de Cuba se sentía en canciones y consignas: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Sara González y Virulo, la Nueva Trova y Carlos Puebla me llegaban al corazón. `Aprendimos a quererte, desde la histórica altura…` tarareaba con mis amistades. La URSS y sus logros, los pioneros, el Bolshoi, las cooperativas, Yuri Gagarin en el cosmos:  ¡era el sueño para mi patria! “El retrato de Teresa”, una película cubana, me dejó clara la necesidad de conseguir un compañero libre de machismo y se convirtió en una ilusión.

Y entonces ingresé a la Juventud Comunista pensando en no encontrar ahí discriminación contra la mujer. Pero no, había machismo entre hombres y mujeres; claro, también ideas y acciones de liberación. Era finales de los años 70, época de definiciones en el feminismo. Participé en algunas actividades feministas. No me gustó la forma como enfrentaban la lucha por los derechos de las mujeres, seguramente perdí interés y por eso mismo me aislé de ellas. Pero encontré un espacio para luchar por un mejor país y la idea de igualdad de la mujeres y los hombres permanecía latente aunque sin mucha claridad. La pareja libre de prejuicios seguía siendo un sueño.

En el proceso de formación ideológica, aprendí qué era el capitalismo y cómo explotaba a la gente. Me di cuenta de la existencia de las clases sociales y sus contradicciones y por qué era necesaria la lucha revolucionaria. Las lecturas de textos soviéticos como `Así se templo el acero`, o sobre la guerrilla búlgara que enfrentó a los nazis en la II Guerra Mundial con el libro `En nombre del pueblo´, indicaron el camino a la montaña y llegó el momento de empuñar las armas.

En la guerrilla, encontré que las mujeres no atienden a los hombres dentro de los roles establecidos por la sociedad, cocinan en el turno que les corresponde. Las actividades de aseo y manutención  son de obligatorio cumplimiento para hombres y mujeres. Esta situación me despertó de nuevo el sueño de encontrar una pareja libre de las costumbres tradicionales.

En el trabajo político que desarrollamos en la guerrilla y la población civil, tanto campesina como urbana, conocí a luchadoras sociales y a comunistas de varios países con planteamientos claros y justos sobre género y feminismo. Poco a poco en esa formación como comunista y guerrillera, también valoré y aprecié las conquistas de las feministas. Comencé a asociar como parte de la lucha, económica, política, social y militar que marca nuestra organización, la lucha por los derechos de las mujeres.

Y en todo este trasegar al fin encontré la pareja que quería. Ese ser que está libre de prejuicios tradicionales, que no me hace sentir como su sombra, sino con quien comparto mi vida y la lucha revolucionaria.

En el repaso de la vida, me he reafirmado en el camino de mi existencia la lucha por la Nueva Colombia, una América Latina unida y solidaria, y el Socialismo. Pero además, he comprendido que debo luchar, de forma paralela a lo anterior, por lograr la igualdad de oportunidades y colaboración entre los sexos, donde los hombres dejen de ser superiores a las mujeres; que dejen de ser posesivos y agresivos; que logren expresar sus emociones sin miedos.  Y que las mujeres dejemos de sentirnos inferiores, sumisas y serviles. A la concreción de estos sueños he entregado mi vida hasta hoy y pienso seguirlo haciendo hasta que mis fuerzas lo permitan”.
 

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A propósito de la Columnista

Candelaria Viva

Candelaria Viva

Guerrillera de las FARC-EP