Nuestra Visión

Nosotras, las guerrilleras farianas, pero no solamente nosotras... Nosotros y nosotras, combatientes, militantes de las FARC-EP, del Partido Comunista Clandestino y del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, tenemos una visión global del mundo, una lectura de la sociedad. Y queremos exponer nuestros puntos de vista sobre temáticas variadas con un denominador común: nos interesa y lo queremos compartir.

Una crónica de Johanna Ruiz, que narra su propia historia.

Colombia es un país inmensamente rico, bellas regiones con gente muy bella, pero desgraciadamente esta Colombia ha sido manchada con la sangre de hombres y mujeres que no han hecho sino cultivar la tierra para sobrevivir, su delito ha sido ese y el de ser militantes de izquierda.

Quiero por este medio, que todos conozcan esta historia sucedida en una de esas regiones de mi país, les hablo del departamento del Meta, municipio de El Castillo más exactamente, tierra próspera y de gente amable, cuna de luchadores, de emprendedores hombres y mujeres.

Toda mi familia por parte de mi mamá siempre parieron hijos para esta lucha, de mi padre no hablo porque nunca lo conocí, crecí y me crié con un padrastro. Nosotros vivíamos en el casco urbano y mis abuelos maternos en una finca que estaba ubicada en una vereda del mismo pueblo.

Corría el año de 1997, las cosas echaron a cambiar, los buenos tiempos se acabaron, el terror generado por el Estado se apoderó de todos; hombres, mujeres, ancianos, jóvenes. Se inició una ola de asesinatos de dirigentes de izquierda, miembros de la Unión Patriótica (UP), milicianos y simpatizantes de la guerrilla.

Por aquellos tiempos se hablaba mucho de coca. A los muchachos les salía buen trabajo, pero como raspachines de hoja, y muchos emprendieron el viaje hacia los lugares donde crecía en abundancia dicha mata. Mientras la juventud se rebuscaba la vida, el terror en El Castillo aumentaba, todos los días había muertos, no se salvó ni la alcaldesa, María Mercedes Méndez.

Grupos paramilitares de la región, al servicio del Estado, protegidos por los mismos militares, fueron los responsables de los hechos criminales. Realizaban las masacres con lista en mano, donde aparecían supuestos integrantes de la guerrilla, milicianos y colaboradores de la guerrilla. Todas las victimas aparecían o quedaban muertos en la carretera que de Granada conduce a El Castillo, en un sitio llamado Caño Sibao.

Las víctimas eran bajadas del carro de la línea. Desde Granada funcionaba toda la inteligencia. Allí, agentes al servicio del Batallón 21 Vargas informaban todo; número de pasajeros, color del carro, placa, hora de salida y quién o quiénes eran las víctimas.

Yo tenía doce años, era el diciembre de 1997. Salimos con mi mamá de viaje hacia Bogotá, para donde una hermana mía. No recuerdo exactamente cuánto llevábamos allí, lo cierto es que el 18 del mismo mes recibimos la noticia de que mi hermano estaba muerto. Los paras acabaron con su vida, frente a su mujer, su hijo y otros tantos pasajeros que iban en el carro con rumbo a El Castillo, sin poder hacer nada.

Mi hermano tenía más o menos 24, 25 años, cuando salió hacia Miraflores en el Guaviare, a buscar trabajo como raspachín. Era el tiempo en que habían salido del pueblo a raspar hoja, pues era lo que más daba plata y venía de regreso para El Castillo a pasar la navidad con la familia, cosa que fue truncada por el maldito Ejército y sus paramilitares, que con lista en mano hacían de las suyas.

Todo en la casa cambió, y hasta en el mismo pueblo; todos temían salir del pueblo por miedo a que fuesen la próxima víctima. Un año y ocho meses después ingresé a la guerrilla, cursaba el noveno grado, mi mamá trabajaba en un restaurante. Mi hermano, 2 años mayor que yo, se fue para Bogotá. Mi mamá se quedó sola, con mi hermanito menor, que tenía 10 años. Mis abuelos se fueron para la finca, en Puerto Esperanza, en compañía de un tío y una tía mía y unos nietos por los cuales ellos veían.

Sin embargo, las cosas no pararon ahí. Cuando se regó el cuento que mi mamá tenía una hija en la guerrilla y otro hijo que era miliciano, llegó la represión. Los paramilitares se apoderaron prácticamente del pueblo, una casa que antes eran una tienda la convirtieron en un matadero de gente.

Como las cosas se pusieron como uno dice comúnmente, feas, mi mamá optó por mandar a mi hermano menor para un internado en Puerto López y ella se quedó sola en el pueblo. Comenzó a recibir amenazas de que si no entregaba a los dos hijos que tenía en la guerrilla le mataban al menor, que ellos ya sabían dónde estaba y que luego vendrían por ella y por todos los de la familia.

Un personaje más o menos importante del pueblo ayudó a mi mamá, recogió al niño del internado y vino por ella una noche y la recogió de la casa. Solo pudo llevarse lo que tenía puesto, dejando absolutamente todo, animales, enseres y pues la propia casa, el solar donde vivíamos.

Mis abuelos lograron irse para Bogotá, con mi tía. Mi tío, tal vez por inocencia o porque no quería dejar su terruño, se vino del puerto para El Castillo, con la mujer y sus hijos, y montó una tiendita. Cuando llegaron los paramilitares por mi mamá, no la encontraron, pero estaba él, el hermano, Domingo, se llamaba. Llegaron a su casa, los amarraron a todos, y como no daban ninguna razón de mi mamá, se lo llevaron a él después de golpearlo al frente de su esposa e hijos. A pesar de que la mujer se les botó a los pies, suplicándoles por él, nada pudo hacer.

La tienda que convirtieron en matadero fue el centro de torturas de cientos de campesinos, incluido mi tío. La gente contaba que de allí solo salían gritos de terror y hombres armados de noche. A los pocos días mi tío apareció muerto en una calle del pueblo junto con otros más. En el pueblo había un Puesto de Policía, pero este solo servía de refugio a los mismos asesinos.

Lo mismo le sucedió a Don Jorge, el suegro de mi hermana, que no hacía mucho tiempo se había venido de Bogotá a vivir a El Castillo, porque para ese entonces aún era una tierra de paz y daban ganas de vivir allí.

Llegó la desolación a la región del Ariari, como también se le suele llamar a mi tierra. Cientos de campesinos fueron asesinados y otros tantos desplazados de su tierra por el hecho de ser familiares de guerrilleros, por el hecho de no querer trabajar al servicio del Ejército, o simplemente por vivir en esa región que la consideraban “el nido de la guerrilla”.

El Castillo, Puerto Esperanza, Medellín del Ariari, Miravalles y veredas pertenecientes a esos pueblitos fueron objeto del terror sembrado por los grupos paramilitares en complicidad con el Ejército y la Policía. Así sucedieron las cosas, estas familias además de haber perdido sus seres queridos, perdieron sus fincas, sus animales y todo lo poco que habían logrado conseguir con tanto esfuerzo.

Mi mamá, después de huir un tiempo de los paramilitares y estar aquí y allá, logró tener un poco de tranquilidad, aunque a sus 66 años sigue trabajando para mantener los nietos que quedaron sin papá y pagar el arriendo, porque su casa propia quedó abandonada en El Castillo, donde su hijo también quedó enterrado y con él nuestras vidas.

Como lo dije al inicio de este escrito, Colombia es hermosa, pero lo sería mucho más si esta guerra iniciada por la oligarquía que ostenta el poder, llegara a su fin, si todo el pueblo colombiano se decidiera a la lucha revolucionaria para transformar el país.

Soy guerrillera de las FARC-EP e iré hasta los últimos días de mi vida por este camino, solo la muerte podrá hacerme retirar de mi sitio de combate.

Montañas de Colombia, 16 de septiembre de 2014.

*Johanna Ruiz pertenece al Bloque Comandante Jorge Briceño de las FARC-EP
Artículo tomado de: http://frentean.org/?p=1177
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