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El 26 de septiembre de 2016, luego de cuatro años de negociaciones en La Habana, el presidente Juan Manuel Santos y el jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Rodrigo Londoño Echeverry, alias Timochenko, firmaron en Cartagena en presencia de numerosos jefes de estado latinoamericanos y del secretario general de la ONU Ban Ki-Moon un acuerdo final de “fin del conflicto y de construcción de una paz estable y duradera”, destinado a poner fin a la tragedia que desangra este país por razones sociales ya hace más de medio siglo.

El acuerdo generó una inmensa esperanza. Para su implementación, debía ser ratificado por plebiscito el pasado 2 de octubre. Para sorpresa general, el no triunfó con 50,21%, el sí obtuvo 49,78%, en un país profundamente dividido. Una diferencia de 54 mil votos, la participación llegó tan sólo a 37,28% del total del cuerpo electoral.

Un seísmo para los partidarios del silencio de las armas y de una vida política al fin normal.

“No me daré por vencido y continuaré en la búsqueda de la paz”, declaró el presidente Santos, afirmando que el cese al fuego estaba vigente y que seguiría en vigor. Desde La Habana, el jefe rebelde Timochenko, al tiempo que deploraba “que el poder destructor de aquellos que siembran el odio y el rencor haya podido influenciar la opinión de la población colombiana”, reiteró la posición de los guerrilleros de “solo hacer uso de la palabra como arma de construcción del futuro”.

Ferozmente opuesto al acuerdo, el expresidente y hoy senador de extrema derecha Álvaro Uribe, principal artesano del seísmo, afirmó por su parte que estaba dispuesto a contribuir a “un gran pacto nacional”, pero insistió que lo negociado debe ser “corregido”. Los insurgentes no están dispuestos a volver sobre un documento de 297 paginas resultado de 48 meses de conversaciones. Una inmensa duda se ha instalado con respecto al futuro, el Gobierno no tenía previsto un plan B.

Entre los guerrilleros que se preparaban a dejar las armas y a entregarlas a la ONU en término de seis meses se encontraba una de las dos europeas presentes en los rangos de las FARC, la francesa Nathalie Mistral. Los periodistas Maurice Lemoine y Pierre Carles la encontraron unas semanas antes de que lo que parecía ser una desmovilización cercana.

Aparte de su sonrisa comunicativa, ella no posee más. “A lomo de mula se pueden llevar algunos equipos, pero no hay que cargar demasiado. Uno aprende a desprenderse de muchas cosas. Es bueno tener objetos pero cuando toca llevarlos en las espaldas, si no son verdaderamente indispensables, los dejas”. Entonces aparte de su sonrisa comunicativa no tiene más que una pesada mochila en la cual entra toda su vida. Ella: Audrey, alias “Nathalie Mistral”, francesa de nacimiento, colombiana de corazón, internacionalista de convicción, guerrillera desde hace doce años en los rangos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP).

Cuando la encontramos a comienzos de julio en las tierras pantanosas e infestadas de insectos de la selva chocoana, la firma definitiva de los acuerdos de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos parecía muy cercana y, mirando al futuro, Nathalie, al igual que sus “camaradas”, piensa en lo que seguirá después del conflicto:

“No se habla de desmovilización en el sentido clásico de la palabra. Se piensa en generar una dinámica colectiva. La idea es de trabajar de manera integrada en las comunidades donde ya tenemos presencia, generar proyectos productivos, la apertura de vías de comunicación, una reforma agraria, la redistribución, el desarrollo de centros de abastecimiento alimentario. En virtud de los acuerdos negociados durante cuatro años en La Habana con el gobierno, los campesinos deberán obtener créditos, un apoyo técnico para los cultivos y la distribución. Estaremos en todo eso” [1]. ¡Con más preocupación social en los ojos que cuchillo entre los dientes!

En resumidas cuentas, Nathalie, con sus algo más de 40 años cumplidos, no ha renunciado ni a sus ideales ni al radicalismo de su juventud. Originaria de Montpellier (sur de Francia), presente “en todos los movimientos” cuando era estudiante, trabajó como educadora especializada en inserción social de personas sin domicilio, al mismo tiempo militante sindical de la CGT.

Cuenta: “En un momento dado me pregunté: ¿Qué hago? ¿Estoy perpetuando el sistema con paños de agua tibia para que los desfavorecidos no protesten? Estaba hasta la coronilla de decir a la gente sin lograr resultados: Puedo ayudarles hasta aquí; más allá, si no están contentos de la situación, ¡ocupen las oficinas de la administración!”. Al ver que la situación se encuentra por ahora bloqueada, decide “hacer otra cosa”.

Objeto de su reflexión: la riqueza europea construyéndose sobre la base de la explotación del Sur. ¿De que manera ayudar a los pobres, a los países víctimas de la expoliación, y modificar la correlación de fuerzas? Pero, sobre todo, ¿en donde actuar?

Examinando las posibilidades existentes y “no obligatoriamente la lucha armada pero sí la resistencia al modelo dominante”, en 2001 Nathalie se va a Chiapas, “como lo hace todo el mundo”, precisa riéndose. Durante un mes, viviendo en medio de molinos de maíz, cafetales y auroras azuladas de las montañas del sudeste mejicano, Nathalie encuentra esta “experiencia de autogestión indigenista interesante”, pero no la colma: “Primero, porque en el plan militar se encuentran completamente cercados. Tan pronto se mueven se hacen aplastar. Segundo porque “cambiar el mundo sin tomarse el poder” suena bonito pero ¿por dónde se coge? Es algo que no entiendo muy bien”. Un vasto debate todavía en curso en América Latina y mas allá.

Que sea hombre o mujer la vida de un individuo no es lineal. El azar de los encuentros juega un papel determinante. Pero, ¿se puede hablar de azar en este caso? En Chiapas, Nathalie va a encontrarse con un “muchacho” chileno que se interesa en Colombia. En esa época en la región del Caguán las FARC negocian con el presidente Andrés Pastrana. De esta terrible organización de oposición armada que llaman comunista, Nathalie tiene la imagen que trae de Francia. Francamente, nada positiva, por decir realmente las cosas. Habla con el compañero. Deciden entonces ir a ver lo que ocurre en el Caguán con el fin de empaparse mejor sobre esa misteriosa guerrilla.

Claro está, por falta de medios la expedición toma tiempo. Mientras que por ruta ellos viajan unos quince días, Pastrana, que aprovecha la tregua para negociar con Washington el Plan Colombia, rompe las conversaciones y el 20 de febrero del 2002 desata la operación “Thanatos”. Tres horas después de la ruptura de negociaciones y a pesar de los compromisos tomados, las fuerzas armadas lanzan contra las FARC y su estado mayor completo unas doscientas operaciones aéreas desde la base de Tres Esquinas en el Caquetá con aviones OV-10, AT-37, DC-34, y Kafir, lo mismo que helicópteros Black Hawk que bombardean 87 zonas desmilitarizadas [2].

Para nuestros dos viajeros ni hablar de ir a correr riesgo en ese avispero. Ellos continúan su camino hasta Argentina que, en ese momento, laboratorio del ultraliberalismo cae en el fondo del abismo, se descompone, presa de la trampa de la deuda de su clase dirigente, del Consenso de Washington, por lo consiguiente, del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

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