Nos Gusta

Dieciocho años. Chica. Negra. Española. Todas las papeletas para ser la típica niña insegura que se alisó el pelo cuando fue lo suficientemente “mayor”(es casi un ritual que esperas desde chiquitina) para que nadie más se metiera con ella.

Dieciocho años. Chica. Negra. Española. Todas las papeletas para ser la típica niña insegura que se alisó el pelo cuando fue lo suficientemente “mayor”(es casi un ritual que esperas desde chiquitina) para que nadie más se metiera con ella.

-¡Por fin seré guapa, mamá! Ahora tendré un pelo bonito.

La primera vez que fui con mi pelo natural al colegio, mi pelo que parece un planeta entero, que representa un continente; mi pelo, que tiene tanta historia detrás, infinidad de trabajo previo antes de salir de casa (antes se rompe el peine que estos rizos) me señalaron, se rieron, y no se quisieron acercar a mi lado.

-Qué tengo, mamá. Quiero ser blanca, mamá.

La primera vez que llevé dos coletas maravillosas, entré en el comedor y ocurrió lo mismo: diferente escenario, misma sensación de mierda:

-¡Parecen pompones! Qué graciosa.

-¿Si te estiro fuerte te duele?

Claro que me dolía, joder, por dentro y por fuera. Toca mi corazón.

-Por favor, no me sueltes el pelo, mamá.

Llevé trenzas toda mi vida y cada vez que el pelo tenía que descansar, mi madre me las quitaba y estaba durante una semana sin ellas.
Y lloraba el Atlántico entero: esos cinco días de colegio los pasaría aguantando miradas, esperando a que me exploraran el pelo los “curiosos”, que lo compararan con el pelaje de los animales.

-¡Eres la oveja negra! Ja ja ja.

Pero llegó el día, mamá. El día de sentirme una más, no la otra, la desplazada, la diferente. Una como esas con cabello de ángel, las que salen en la televisión, las películas, cuando pones “mujeres bellas” en google.

Y porque no podía cambiar mi piel.

La primera vez que fui al colegio con mi pelo recién alisado, todo fueron elogios, vitoreos, qué guapa estás, Paula.

Pero llegó el otoño, y mientras las demás chapoteaban bajo la lluvia y compartían momentos con los demás, no podía evitar ponerme la capucha y abrir mi paraguas. ¡Parecía sacada de la serie H20!

Después vino el invierno, y vuelta a hacerme un moño-nido-pájaro o dos trenzas para que no se me encrespara el pelo que había estado lavando-secando-planchándome durante tres horas.  Porque no fue sólo ponerme la crema de alisar, chicxs, tener un pelo igual que el de mis amigas suponía un cuidado extra que estuve seis años cargando a las espaldas, con ayuda de mi madre. Rutina champú-mascarilla-sérum-secador-plancha-serum-tubi.

Las horquillas se volvieron mis mejores aliadas, ¡nada de rizos, mejor un pelo relamido!

Y del verano ya no digo nada y lo digo todo (playa, piscina, globos de agua…Y yo deseando que no me volvieran a llamar fea, ni sentirme yo fea, así que ¡hoy no toca lucir pelo, Paula, hoy toca moño!)

De vez en cuando me ponía espuma y me lo dejaba así, con un rizado “apropiado”, ¿me entendéis? No natural, no, un rizado caucásico, un rizado del que no se burlen. Un rizado que aparente ser de chica blanca. Un rizado que me lo podía permitir. Y, aun así, empecé a ver a la gente en “las que dicen que les gusta mi pelo así también” y “las que me dicen que estoy más guapa de la otra manera”. Ni por esas…

Pero me apellido Valiente, chicxs, como lo oís, y me gusta esta desgracia de querer hacer honor a mi apellido. Me gusta que, si me tienen que halagar por algo sea porque el apellido me venga como anillo al dedo. Así que, hace seis meses, me envalentoné. Me quité los estándares de belleza, los insultos que recibí, los complejos, las personas a las que no les gusto como soy en mi totalidad de la espalda y me hice trenzas.

Y voy por la tercera vez que me las han vuelto a hacer.

150+150+120= 420 euros.

¿Tan caro me tiene que salir, de verdad, sentirme bien conmigo misma?

¿Tanta lucha?

¿Todavía se preguntan por qué Katy Perry con trenzas es apropiación cultural y no toda la comunidad afroamericana intentando adaptarse a los modelos establecidos de belleza alisándose el pelo porque quieren vivir en paz?

Ignoramos muchas cosas, muchas, y así se hace daño, se aplasta el trabajo de otro.

No puedes simplemente colocarte un hiyab porque es carnavales, porque no es un traje. Es un símbolo, y lleva consigo esa carga.

Estoy cansada, triste, y cabreada.

Y tengo miedo.

Porque soy consciente de que las trenzas no son para toda la vida, ya no sólo por coste económico, sino por orgullo, por quererme, y por dar una lección al patriarcado que hace que artistas negrxs, entre ellas Beyoncé, se hayan aclarado la piel a base de cremas.

Porque el negro asusta pero si eres Rita Ora te follaba porque eres blanca, sí, pero con rasgos de negra.

Llegará el día en el que me quitaré las trenzas.

Cuando esté preparada.

Porque no sé si me seguirán queriendo si lo hago, o lo que les costará quererme, o lo que querrán conocerme. Y sé lo fuerte que suena esto, pero es lo que siento, y legitimo mi derecho a sentirme mal conmigo porque estoy segura de que hay gente como yo.

Hola, no te voy a decir que te quieras, te voy a decir que te cuides, y que te dejes tu pelo cuando quieras.

Que no lo hagas si no quieras.

Y que yo no te tengo que decir nada.

Porque, como bien dice Sensei Aishitemasu en el vídeo, “se trata de un viaje de la recuperación de mi propio cabello. No es sólo pelo”.

Hasta entonces, qué bien sienta la lluvia.

Foto portada: https://es.pinterest.com/pin/384565255659706772/

Tomado de: http://afrofeminas.com/2015/10/22/mi-pelo-malo-testimonio-de-una-joven-de-18-anos/

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