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Negociación con aroma de mujer

La plenipotenciaria explica cómo ha cambiado la mesa con la participación de las mujeres. Reconoce que entre ellas hay más sinceridad, comunicación más fluida y una solidaridad de género que permite llegar a acuerdos con más facilidad.

No gusta de dar entrevistas, es una funcionaria de bajo perfil que desde septiembre de 2010 dirige la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio del Interior. María Paulina Riveros es abogada externadista y una convencida de que la solución al conflicto armado pasa por una negociación política. Por eso trabajó varios años como asesora jurídica en la Oficina del Alto Comisionado para la Paz y fue directora del Centro de Conciliación de la Procuraduría. Pero también es experta en derecho internacional y ha representado a Colombia en las discusiones para la aprobación de la Convención de las Naciones Unidas contra el tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrópicas, y en las sesiones de la Comisión y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ahora, el tema de género la tiene representando al Gobierno, al lado de la canciller María Ángela Holguín, frente a una delegación de las Farc entre la que hay 17 guerrilleras. Una charla entre mujeres, sobre mujeres y no solo para mujeres.

¿Por qué crear una subcomisión de género en la mesa?

El fin del conflicto exige una visión incluyente del problema y en él deben participar todas aquellas personas que lo han vivido. Hay que tener en cuenta que en Colombia un poco más de la mitad de la población somos mujeres; que según el registro oficial, 51% de las víctimas son mujeres; que en las Farc, el 40% de sus integrantes, son mujeres; que somos consideradas sujeto de especial protección constitucional, por la afectación diferenciada y desproporcionada que ha tenido el conflicto armado. Es decir que la participación de la mujer desde diferentes aristas no es tema menor.

Pero en el primer momento los hombres (Gobierno y Farc) no pensaron que el tema era relevante.

Cuando el proceso comienza no hay nada pensado en el tema género, como no lo hubo en los otros procesos de paz. Entonces empezó la presión del movimiento de mujeres en Colombia, que es muy fuerte, reclamando la presencia de mujeres en la mesa. En la delegación del Gobierno estaban Elena Ambrosi y Lucía Jaramillo, pero no eran plenipotenciarias. Hay que reconocer que esa presión hizo que el presidente Juan Manuel Santos reconociera la situación y así decidió unilateralmente nombrar no una, sino dos plenipotenciarias, Nigeria Rentería y yo.

¿Y cuál fue la reacción de las Farc?

El tema se plantea en la mesa de conversaciones y las Farc lo recibieron muy bien. Ellos tampoco habían advertido que el tema de las mujeres estaba ausente. Hoy, en La Habana, hay 17 mujeres guerrilleras de algo más de 35 integrantes de la delegación. Hay un inmenso aprendizaje de las dos partes, porque es la primera experiencia de participación de mujeres en un proceso de paz, dándole un valor al tema de género. En la mesa se decidió crear un escenario específico para garantizar que en los acuerdos hubiera un adecuado enfoque de género, hecho sin precedentes en el mundo. Ahora bien, la constitución de una subcomisión de género no puede entenderse como una concesión. Es una expresión de la reivindicación de sus derechos.

¿Cuáles son esos aprendizajes?

Cuando se empiezan a desarrollar los escenarios para la participación de la sociedad civil, nos llevamos varias sorpresas: en los tres foros sobre desarrollo agrario, participación política y problema de las drogas, las mujeres tuvieron un papel protagónico, fueron en promedio el 85% de los participantes; de las 60 víctimas que visitaron La Habana, 36 fueron mujeres. Pero lo impactante fue ver una gran diferencia entre el relato masculino y el femenino. Mientras ellos se dedicaban a describir lo que les había sucedido, en ellas encontramos una capacidad de organización y un desarrollo del sentido de la solidaridad impresionante. Es decir, a ellas el hecho victimizante les afecta de manera diferente. Ellas no se quedan navegando en su propio dolor, sino que buscan a otras personas que les pasó lo mismo y se organizan. Descubrimos experiencias increíbles de mujeres que han hecho barrios, que han trascendido su dolor para construir tejido social, porque afloran sus condiciones de madre, hija, cuidadora, pero también la de militante, lideresa, defensora de derechos.

¿Y eso para qué sirve a la hora de construir el acuerdo final?

Cuando se creó la subcomisión ya había acuerdo en tres puntos. Por eso tenemos dos mecanismos de trabajo, el primero es hacer revisión de los temas ya acordados para incluir el enfoque de género. Ya hemos avanzado en esa revisión con ayuda de expertos nacionales e internacionales. La comisión produce recomendaciones. El segundo mecanismo es incluir la perspectiva de género en lo que falta por acordar.

¿Qué ejemplos puede citar?

En el punto de desarrollo agrario hemos tenido discusiones sobre cómo la mujer rural ha tenido que hacerse cargo de la tierra, pero la propiedad no está en cabeza de ellas sino de los hombres, hay que tener en cuenta esta realidad para aplicar los acuerdos. En el tema de drogas hay que tener en cuenta el papel que juegan las mujeres como cuidadoras de los cultivos ilícitos.

¿Y sobre lo que están discutiendo?

En este momento estamos en el tema de víctimas y ya tenemos resultados concretos. En la discusión sobre Comisión de la Verdad llegamos a la conclusión de que uno de los criterios orientadores debe ser el enfoque diferencial y de género. La Comisión debe tener en cuenta las distintas experiencias y el impacto diferencial y condiciones particulares de las personas en razón del sexo y del género. Acordamos que habrá especial atención a la victimización sufrida por las mujeres. En razón de la complejidad del asunto, se creará un grupo de trabajo de género que contribuya con tareas específicas de carácter técnico, de investigación y preparación de audiencias de género, entre otras. Esas son recomendaciones de la subcomisión que fueron acogidas por la mesa. Allá las presentamos de manera conjunta las mujeres de las dos delegaciones.

¿Por efectos de la subcomisión las mujeres terminaron teniendo más incidencia de la que esperaban?

Sí, porque a estas alturas ni siquiera estamos sorprendidos con el resultado. En la subcomisión de fin del conflicto hay tres mujeres de las Farc y se está discutiendo una realidad: no es lo mismo una mujer que deja la guerra que un hombre que deja la guerra. La sociedad las recibe con resistencia, porque la mujer es vista como aquella que abandonó sus deberes de madre y esposa por irse a la guerra, algo que no le correspondía. Ese regreso es más difícil para ellas y es un reto muy grande como sociedad, teniendo en cuenta que el 40% de las Farc son mujeres. Y estoy segura de que también los hombres se hacen preguntas. Un día, uno de ellos que lleva muchísimos años en la guerra me dijo que la batalla más grande de su vida era encontrarse con su hija, a la que dejó chiquita.

¿Si las mujeres no estuvieran allí esos temas no serían importantes?

Sin duda. Estarían preocupados por detalles de la dejación de las armas, de la ubicación, que son temas importantes, pero esa reconstrucción de relaciones familiares también lo es. Ellas querrán encontrar un espacio político, muchas no querrán llegar a ejercer los mismos roles que dejaron antes de irse a la guerrilla.

¿Cómo es la subcomisión?

Está integrada por doce personas: seis del Gobierno y seis de las Farc, acompañados por los países garantes, Cuba y Noruega. Por las Farc hay un miembro, Rubín Morro, y en la del Gobierno estamos las dos plenipotenciarias y Elena Ambrosi, y los otros tres se rotan de acuerdo con el tema específico. Pero debo reconocer que la participación de las mujeres es mucho más amplia. En la subcomisión de redacción hay muchas.

Las Farc tienen 17 mujeres, ¿cuántas tiene el Gobierno?

En la delegación del Gobierno la participación es robusta, no solo desde el punto de vista cuantitativo, sino también cualitativo: somos dos plenipotenciarias que representamos al señor presidente con poderes plenos para discutir y acordar, y que ejercemos cargos en el Gobierno: la canciller y yo. En un estudio realizado por las Naciones Unidas en 2008, sobre 33 negociaciones de paz, se advierte que sólo un 7% de los participantes fueron mujeres. En este caso estamos hablando de una participación del 25%, ya que somos ocho los miembros plenipotenciarios de la delegación. Si tenemos en cuenta a las expertas que nos acompañan, las asesoras especialistas en los temas que tratamos en la mesa, el equipo de comunicaciones y el grupo de apoyo técnico, somos más del 65%.

¿Es más fácil o más difícil negociar entre mujeres?

Yo no diría que más fácil o más difícil. Lo cierto es que hay un cierto ambiente de “solidaridad de género” que hace que las cosas fluyan a un ritmo y una mecánica diferentes. Tal vez somos un poco más organizadas y, ciertamente agudas y rigurosas.

¿El trato y el ambiente cambian?

Es diferente desde el saludo, por las razones culturales e históricas. Cuando la canciller habla tiene un significado diferente; cuando habla Victoria Sandino es distinto; cuando hablamos entre nosotras la comunicación es diferente. Somos más cálidas, las expresiones son más tranquilas, hay más sinceridad. Los hombres son más rígidos. Nuestra comunicación es más fluida y en algo debe ayudar a conseguir acuerdos, a desentrabar temas.

Bien entendida esa solidaridad de género, ¿significa que mujeres de Gobierno y Farc se unen para reivindicar derechos de todas?

Sí, bien entendida, así es. Nosotras tenemos una visión de servidoras públicas, ellas aportan desde su visión de soldados.

¿Hablan de los hijos, de los zapatos, del maquillaje, de la vida?

Sí, claro, ese es el género. Todas las mujeres hablamos de los mismos temas y está bien hacerlo.

¿Cómo visualizan el papel en la implementación de los acuerdos?

Es un punto que no hemos abordado, pero será fundamental. Las mujeres tenemos un ímpetu de tenacidad y de amor, de solidaridad y de unión colectiva que facilitará ese proceso. La era del posacuerdo necesita una recivilización de toda la sociedad colombiana. Lo que viene para el país es la oportunidad de una refundación no violenta de la convivencia y la cohabitación que no será posible sin esas características de la condición de mujer.

Otros escenarios de participación de las mujeres

“Además de las subcomisiones de género y de fin del conflicto, hay un tercer escenario de participación de mujeres y población LGBTI: 18 organizaciones de mujeres y población LGBTI, todas colombianas, fueron invitadas por la mesa a La Habana con el propósito de hacer recomendaciones para el ejercicio de nuestra función.

Quisimos ver desde las miradas de personas que durante años han dedicado su vida a reivindicar los derechos, que conocen a fondo nuestro conflicto y cómo éste las ha afectado de manera específica, que conocen —como nadie— los territorios de nuestra patria, sus complejidades y especificidades. No era propicio recibir recomendaciones o fórmulas aisladas de nuestro propio contexto basadas en imaginarios rígidos o de ‘única talla’”.

Las mujeres de la contraparte

En la subcomisión de género, las Farc designaron a Victoria Sandino, Alexandra Nariño (Tanja Nijmeijer), Mireya Andrade, Érika Montero, Isabella Sanroque y Rubín Morro. En la subcomisión de fin del conflicto están Érika Montero, Mireya Andrade y Mallerly. Victoria había señalado en una entrevista para Cromos: “Las delegadas del Gobierno representan la contraparte y defienden el modelo económico, político y social del establecimiento, pero por encima de todo son mujeres. Eso nos aproxima. El trato es respetuoso, cordial y, con el tiempo, encontramos otros temas de qué conversar, de cine, de libros, de los hijos, de la intensidad del trabajo; algunas sienten curiosidad por nuestra vida guerrillera”.

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