Nos Gusta

La imagen es tan bella que acaricia lo sublime. Dos viejos caminan despacio, sin prisa, hacia el centro de abastos de Rincón del Río, provincia de Montevideo. Lucía de 70 años conduce con su mano a su esposo Pepe que acaba de cumplir 80. Ella es quien elige el camino al andar. Llegan a hacer las compras de la semana donde nunca puede faltar la alfalfa, abono de flores y la hierba para el mate de los dos. La misma escena se ha repetido casi que sagradamente durante todos los sábados de los últimos 40 años que llevan de amores inmarcesibles. 

El rito, sin embargo, ha variado un poco por la gente que se les comienza a acercar cuando los advierten; la muchedumbre los saluda con abrazos, ¡vivas!, les piden fotos, autógrafos, pero jamás les hacen reclamos. Los aman. Una niña que ha llegado a la edad de la claridad, le dice a su mamá que esos dos viejitos hermosos los ha visto en televisión, a lo cual la madre se agacha y responde:

—Claro, nana. Él es el Presidente Mujica y ella es Lucía, su primera dama.

Todo en ellos ha sido particular, hasta su noviazgo. Se conocieron en la clandestinidad de la guerrilla tupamara del Uruguay, se vieron en un local sin dirección, hora y fecha, se enamoraron, pero no pasaron dos meses y la cárcel los separó por 13 años exactos. Él estuvo sin contacto con el exterior todo ese tiempo y ella desde otra cárcel, pagando la misma pena, no sabía sí él había sido asesinado como algunos de sus compañeros. No obstante, jamás dejaron de ser novios. Esto quiere decir que en realidad no llevan cuarenta años de amores, sino… medio siglo.

Lucía Topolansky Saavedra creció bajo el seno de una familia acomodada del Uruguay. Su madre era descendiente de Cornelio Saavedra uno de los próceres de aquella patria chica del sur del continente. Pero Lucía no nació sola, a ella la acompañó desde el vientre, su hermana melliza María Elia, quien también caminó los mismo pasos de aquella revolución. Las vestían igual, les compraban las mismas muñecas, tomaron clases de piano y ballet con los mismos instructores, las enviaron al mismo colegio de monjas dominicas e incluso se inscribieron en la misma universidad donde dejaron de lado todos sus abolengos para formar parte de las filas de un movimiento que velaba por la igualdad.

En aquellos años sesenta fueron las primeras en llevar el pelo largo y suelto. Se vestían de minifaldas que no mostraban más de lo debido. Además, no eran mujeres de cargar carteras pesadas con maquillaje -pues no gustaban de superficialidades-, en cambio llevaban morrales con tan solo el peso de los libros prohibidos por el régimen. Años más tarde Lucía contaría: “Nos gustaba andar ‘livianas de equipaje’, como el verso de Machado”.

En 1967 juntas entraron de lleno a la militancia estudiantil en la Universidad de La República, allí conocerían el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T) y se enamorarían de la causa, tanto que dos años después Lucía no vaciló en dejar sus estudios de arquitectura para integrar una de las escuadras del grupo. Como era buena en manualidades su primera tarea fue falsificar documentación: cédulas, pasaportes, licencias de conducción, carnets de universidades, todo ello con tal de pasar los retenes donde empezaban a buscar a los ‘revoltosos’. La segunda fase fue aprender a manejar armamento: a Lucía aún le quedan vagos recuerdos de armar y desarmar escopetas y una que otra arma calibre 45. “Detrás de una 45 no importaba el género”, contaría años más tarde.

Incluso, ya con el corazón puesto en la movida tupamara fue capaz de dejarse operar la nariz para cambiar algunos rasgos porque los militares tenían identificados a la mayoría de líderes guerrilleros. El mismo médico operó a más de 20 personas, dejó todas las narices igual, así que Lucía y María Elia siguieron siendo tan parecidas como las mandó la naturaleza. Con Pepe Mujica se vieron esporádicamente durante el par de meses que se cruzaron en el movimiento, solo estuvieron en una operación juntos, él era el jefe de aquel operativo. Ella ya no era Lucía sino Ana, pero dentro de Los Tupamaron la comenzaron a llamar más por un sobrenombre que decía mucho de su recio carácter, La Tronca.

A mitad de 1970 la comandancia en pleno se reunió. Acababan de secuestrar al espía estadounidense Dan Mitrione, quien había arribado al Uruguay para instruir a los militares en trabajos de tortura, sometimiento y desapariciones. Los Tupa, montaron un operativo y secuestraron al gringo. La guerrilla hizo algunas solicitudes para entregarlo, pero el gobierno no cumplió. En la clandestinidad de una morada se presentó la siguiente propuesta: votar si o no para ajusticiar a Mitrioni. La Trunca no titubeó, no dudó y no le tembló la voz para votar afirmativamente por cobrar venganza ante sus caídos. En la media noche del 9 de agosto, Daniel Anthony Mitrione fue montado en la parte de adelante de un Buick del 48, los guerrilleros aparcaron el carro en el barrio La Unión y le pegaron cuatro tiros.

Lucía o Ana o La Trunca fue aprendida meses más tarde, pero logró escapar. Sin embargo, el 11 de agosto de 1972 no pudo evadir el cerco que le habían tendido los oficialistas en la calle de la Avenida Italia. No le dieron tiempo de hablar, encapuchada la llevaron a una guarnición militar donde ya se encontraban detenidas otras tupamaras. Empezaría el martirio. Para que hablara y entregara compañeros, aunque ya casi todos estaban detenidos, comenzaron con “las torturas del submarino”: los milicos ponían en fila al grupo, una a una iban pasando hasta un tanque de agua. Amarrada de pies y manos en un a tabla, Lucía era metida de cabeza al agua, a punto de ahogarse la sacaban, dejaban que se escurriera y procedían con más maldad, pasarle por el cuerpo una bara de metal conectada a cables de electricidad. Olía a pelo quemado. Los gritos de auxilio, socorro, suplicio, ayuda y clemencia no se borrarían de su mente durante muchos años. Algunas de las compañeras no pasaron las fatídicas pruebas.

Después de varios meses de torturas en diferentes cuarteles, es trasladada a la cárcel de mujeres de Punta de Rieles. Allá vive otro calvario. Humillaciones por parte de los militares hasta el punto de tener que vivir por varios meses en calabozos donde si acaso cabía el aire. No se doblegó. Confinada en aquellas condiciones infrahumanas pasaría allí sus días durante los gobiernos de los presidentes de facto, designados por la dictadura militar: Jorge Pacheco Areco, Aparicio Méndez y Gergotio Álvarez. El papá de Lucía nunca creyó que su hija había sido una guerrillera, lo negó hasta el último día de su existir. Lucía tenía 28 años cuando entró a la cárcel y salió de 41, sin siquiera poder cruzarse una carta con quien había sido su novio durante apenas dos meses y quien sería su pareja por el resto de la vida.

Tuvieron que pasar 13 años para respirar el aire de la libertad. En 1985, al regresar la democracia al Uruguay con la elección del Presidente Julio María Sanguinetti, se declaró una amnistía para la liberación de los presos políticos, entre ellos, José Mujica y Lucía Topolansky. Él, encanecido y flaco; ella, traslucida y firmemente bella, se volverían a reencontrar durante la primera reunión de los extupamaros. No pasaron muchos días y decidieron irse a vivir juntos a una chacra (finca) a las afueras de Monetevideo, para sobrevivir de lo que sabía Pepe, la agricultura. La pequeña casa, austera, como aún lo sigue siendo, fue poco a poco acomodada solo con lo necesario para una pareja que a esas alturas ya habían decidido en silencio, no tener hijos. Mujica comenzó a arar la tierra, mientras Topolansky tiraba las semillas para cultivar flores. El trabajo no se marchitó. Cuando la cosecha dio hermosas hojas de colores, se hicieron a un pequeño espacio entre un anden y la calle de la plaza de mercado en Rincón del Río donde comenzaron a vender cada fin de semana bellos atados de esperanza. Rosas, claveles, Violetas y Alegrías les dieron de comer durante varios años. Lo máximo que compró la pareja con un préstamo que pagaron en poco tiempo fue un tractor para labrar la fanegada y una pequeña moto Yamaha V80 que les servía de transporte para las flores y para pasear. Más tarde los amigos les regalaron el mítico Volkswagen Fusca modelo 87, en el que se siguen movilizando.

Sin descuidar el trabajo de la tierra, los dos ayudaron a crear el Movimiento de Participación Popular (MPP); seguir militando era lo suyo, no iban a dejar pasar en vano perder más de una década de su libertad por nada. En seguida esa fracción política se une al Frente Amplio, el gran partido que reunía las fuerzas de izquierda. Mujica comienza una meritoria carrera política a petición de un pueblo. Él le hace caso a los consejos de aquel sexto sentido de su gran amor. Mujica no respira sin consultarle nada a Topolansky. Lucía entra a la escena política en 1996 como edil suplente y hace toda la carrera hasta llegar a lo más alto del grupo que con leyes decide el camino de un país.

El lunes primero de marzo del año 2010, Lucía Topolansky tiene la banda presidencial del Uruguay en sus manos. Al frente tiene a su esposo Pepe Mujica, quien acaba de ser elegido democráticamente como Presidente. Ella debe investir a su marido, porque fue cabeza de la lista más votada en el Senado. Es la senadora más votada. No han ganado, se lo han merecido. Se abrazan. Se dicen te amo con las miradas y dejan atrás los recuerdos que tanto dolieron y por los que han llegado a la cumbre. Sin embargo, en su vida intima nada cambia. Esa noche regresan sin escolta en el Volkswagen azul cielo al lugar donde mejor se sienten, su chacra de flores.

Por más Presidente que él fue y por más senadora que ella aún sigue siendo, sus días no han dejado de ser apacibles. Sencillos. Pepe Mujica todas las mañanas debe pararse a preparar el mate, mientras ella prende la radio para escuchar el programa agropecuario. Al rato ella se levanta y prepara el desayuno para despachar al expresidente a alguna reunión, claro que él debe pasar dejándola en el parlamento. Lucía llega a las seis de la tarde, hace la cena, adorna la mesa, porque por más austeros que sean, el gusto está en los sentidos. Hablan del día, toman una copa de vino y ríen porque ella es fiel televidente del canal gourmet y siempre improvisa en la comida.

Los fines de semana emprenden el caminito, como la canción de Gardel. Gustan de ir a espectáculos de Tango, compran gallinero, pero a regañadientes sus amigos los hacen ubicar en platea. El tango que los hace darse vuelta y suspirar mirándose a los ojos es ‘Che bandoneón’. A la salida siempre tienen invitaciones de gente extremadamente millonaria, así como de sus excompañeros tupamaros, según lo hayan prometido van a casa de cualquiera de las dos orillas: del rico o del pobre. “Yo tengo amigos millonarios y amigos recontrapobres, y puedo ser amiga de los dos, porque en realidad yo soy amiga de la persona, no de la plata”, es una de las frases célebres de Lucía. De regreso a casa, de nuevo están los dos, solos, sin pesos, libres, como el verso de Machado. Él, Presidente de su pequeña chacra y ella… la primera dama.

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