Nos Gusta

El lateral derecho de la selección de Colombia se inspiró en el fútbol por su abuela y su tía, hinchas del Nacional. Y también por su mamá, exdefensora del equipo de Chigorodó, Antioquia.

El detalle sobre la puerta explica en parte por qué Camilo Zúñiga juega fútbol y es hincha de Atlético Nacional. “Dios bendiga este hogar”, se puede leer encima del escudo de ese equipo y de la nomenclatura 102A-71, la dirección de la casa donde se crió el lateral de la selección de Colombia en Chigorodó. Su abuela Graciela Correa era hincha del verde, escuchaba transmisiones de radio ante la falta de televisor y, en pocas palabras, obligaba a sus sobrinos y nietos a emularla.

Zúñiga debe su incursión en el fútbol a su abuela, que falleció hace dos años, a la influencia de su tía Mariela, también hincha de Nacional, y a su mamá, María Eugenia, que jugó de defensa en la selección de Chigorodó. Su padre y tocayo no lo hubiera entusiasmado con el balón, como sí las mujeres de su vida.

Su mamá, o la Niñota, a quien todos conocen en el pueblo por su contextura física, lo llevaba a los partidos que disputaba y le pedía que le cargara el bolso y el agua. “Quiero jugar fútbol como mi mamá”, decía el niño en una época en la que en Urabá todavía se encasillaba de lesbianas a las futbolistas. Sus primeras charlas técnicas las tuvo gracias a ellas: mientras se hidrataba, le preguntaba a su mamá por qué era defensa si todos le echaban la culpa de los goles. Y también escuchaba con suma atención las indicaciones de Martha Bedoya, la técnica del equipo de su madre.

Todos los caminos en Chigorodó llevan a la historia de Juan Camilo Zúñiga Mosquera (14-12-85). Su tío Eduardo es quien dice, pasando por una de las plazas de la ciudad, que la casa donde se crió Camilo fue una de las primeras en esta región. “José de los Santos Zúñiga vino de Cartagena hace más de 130 años y fundó esto que usted ve”. En realidad son dos las casas de crianza de Zúñiga y ambas se encuentran sobre esa primera calle que se construyó en este pueblo. En la primera, aún con guirnalda y una estrella de Navidad, vivía su abuela Graciela, y en la de enfrente, de fachada naranja y donde se ve el escudo de Atlético Nacional, aún vive su tía Mariela.

Camilo dormía en una y la otra, mientras sus padres pagaban sus vidas trabajando en bananeras diferentes. Pero él pasaba su tiempo en el río Chigorodó, a unos 200 pasos desde el patio de una de sus casas. “Nos regañaban muchísimo porque manteníamos bañándonos. Mariela nos castigaba bastante”, dice su primo Nicolás, su cómplice de siempre. Camilo delataba al grupo porque era el único que salía del agua con los ojos rojos, como si el río llevara cloro en su corriente. “Sólo húndete hasta el cuello”, le gritaban sus primos para evadir el regaño en casa.

Un pez de río que allí conocen como siritobolo picaba siempre a Camilo en las piernas, por lo que salía cojeando. “A él le pasaba de todo en ese río: se cortaba con vidrios, salía picado. Y por él pagábamos todos”, añade Nicolás. Juntos esperaban la madera que bajaba de las zonas indígenas emberas y se dejaban llevar por la corriente sobre los tablones, mientras iban cogiendo mangos de los palos más bajos. Y Mariela los regañaba porque necesitaba quién la ayudara con un encargo, con una compra en la tienda o cualquier mandado.

Ella mandaba porque con su oficio de cocinera en el hospital María Auxiliadora sostenía a cinco y a la abuela. Por eso nadie la refutaba. Un día Camilo entró a la casa pateando un balón y le dio justo a un florero que terminó hecho pedazos. “Algún día te lo pago, tía. Algún día voy a ser futbolista y te lo pago”, le decía el niño entre sollozos a Mariela. La pelota: otro motivo de castigos. Por eso su papá lo amenazó con sacarlo del equipo donde jugaba, porque iba perdiendo el año en el colegio Gonzalo Mejía. Tanto se la pasaba en la cancha La Palma que le compraron unas botas Brahma para que no dañara más zapatos, porque los gastaba tanto que la tía Mariela debía fiar sus guayos en la tienda El Caminante para equiparlo.

“Es que era muy gomoso”, dice la tía Mariela, que vivió con él un año en Medellín. “Él se metía en otros entrenamientos aparte del suyo para poder seguir jugando. Lo invitaban a tomar y él decía que no, que tenía que jugar al día siguiente. Ahora en vacaciones se las pega y hace suspender a sus amigos del trabajo. Pero jamás lo hizo en épocas de juego”, cuenta.

Su tía le inculcó la disciplina con mano dura. Su abuela, durante las transmisiones de Nacional, le enseñó la pasión. Y con su mamá descubrió el fútbol. Él es gracias a ellas, como una cachetada al machismo en este asunto del fútbol.

Tomado de: http://www.elespectador.com/deportes/futbolcolombiano/zuniga-se-debe-todo-un-matriarcado-articulo-499212

Share