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“Yo comprendí muy bien que sin la agitación necesaria los decretos que favorecían a la mujer fácilmente podían convertirse en letra muerta”.

Guiada por sus instintos y con una cabeza bien puesta, Ofelia Uribe de Acosta inició en su juventud una vida dedicada a la lucha por el voto, a la representación política, al acceso a la educación y a la independencia económica de las mujeres en Colombia.

Nació con el siglo XX en Oiba, Santander, fue la hija mayor entre cinco varones y desde niña exigió que se la tratara de la misma manera. Hurgaba entre los libros de su hermano Tomás, el mayor de los hombres, las historias de La Pola, Manuela Beltrán, Olimpia de Gauges y la obra de Julio Verne.

Aprendió de leyes ayudando a descongestionar el despacho de su esposo, Guillermo Acosta, juez de San Gil. Sin embargo, el conocimiento del derecho no le bastó, su llamado fue a la acción. “Yo comprendí muy bien que sin la agitación necesaria los decretos que favorecían a la mujer fácilmente podían convertirse en letra muerta”, resaltaba la necesidad de la representación política de las mujeres en una entrevista para El Magazín de El Espectador en 1986, que respondió con casi 90 años.

Junto a Cleotilde García de Ucrós peleó en 1930 por la independencia económica de la mujer. Se enfrentaron a senadores y representantes a la Cámara que se oponían a la reforma Olaya Herrera, que pedía estudiar el régimen de capitulaciones matrimoniales, con argumentos paternalistas como el del representante Muñoz Obando: “las mujeres colombianas están empeñadas en quebrar el cristal que las ampara y defiende; no saben que si este proyecto llegara a ser ley, quedarían a merced de todos los negociantes inescrupulosos, que se apoderarían de su fortuna, que es el patrimonio de sus hijos. ¿Qué podrían hacer sin el esposo, gerente de la sociedad conyugal, que es la inteligencia y el brazo fuerte sobre el cual descansa el patrimonio familiar?”. A lo que Ofelia y demás mujeres le gritaban desde la barra “No queremos tutores...” y el orador proseguía enfurecido “Pero los tendrán con su voluntad o sin ella...”. Ganaron en 1932 la Ley 28 que otorgó a la mujer derecho sobre sus propios bienes, que hasta ese momento obligatoriamente estaban a disposición de su marido, su padre o cualquier otro hombre de la familia.

Decía que fue bajo el mandato de Olaya Herrera cuando se dio “la liberación de los últimos esclavos colombianos: las mujeres”. Vivió para verlas votar y para decepcionarse de lo poco que pasó después de alcanzar el derecho. “A las mujeres les siguen, treinta años y más después del voto, regalando puesticos que ellas agradecen. Votan divididas en las diferentes corrientes ideológicas masculinas, cada una por un varón. Sirven para empacar o contar votos, para recoger fondos. (...) Nosotras conseguimos el voto con mucho esfuerzo, pero desde entonces no han surgido líderes capaces de aglutinarnos en un movimiento fuerte para formar un grupo de presión”, dijo para El Espectador.

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