Nos Gusta

El dolor infligido estas semanas por los feminicidios atroces es inabarcable por las palabras. Irrazonable y peor, irresoluble: no hay justicia posible, no hay reparación. Cae sobre nuestras espaldas y debemos ponerlo sobre nosotros para cargar la vergüenza entre todos, porque deshace la evolución humana, la presunción de cultura, toda alegría. Nadie ha caído en conflicto, lícito o ilícito, nadie ha sumado la patología de los otros a los riesgos que depara estar viva, nadie escogió participar de la locura. Hoy estamos obligados al silencio, el ayuno, el retiro.

La testosterona no es la responsable de la epidemia machista en las sociedades del mundo, como si lo es la construcción cultural con la que se le ha otorgado el poder. La guerra justificó el consumo sexual que aún depreda, la historia lo consolidó. La excusa no es biológica, ni mucho menos un atenuante. La trata de mujeres es aún una de las peores plagas del mundo y conecta de manera dramática la vulnerabilidad local con el consumismo sexual de un modelo abiertamente mafioso en el que la violencia contra la mitad de la población se ejerce sistemáticamente desde la más antigua humanidad: el mito fundador del paraíso nace con la sujeción de la mujer al hombre pero dice una versión apócrifa que esto se debe a que la primera nacida exigió para sí el mismo estatuto del varón y fue por ello expulsada a los infiernos. Hoy pareciera de nuevo que fue al revés, y este es el infierno, pues las cifras de violencia contra las niñas y las mujeres son aterradoras, no al contrario.  http://www.semana.com/opinion/articulo/brigitte-baptiste-violencia-contra-la-mujer/508386

Share