Mujeres que hacen historia

Mujeres,féminas, guerreras, políticas, científicas, intelectuales, escritoras, pintoras, campesinas, obreras, amas de casa, trabajadoras independientes, empleadas, rebuscadoras; de todos los colores, indígenas, negras, blancas y la gran mayoría mezclas históricamente mezcladas; todas luchadoras, andariegas,… Desde el origen de la humanidad hay mujeres, la mitad de ella, y junto a la otra mitad, en el desarrollo y formación de la sociedad; hemos hecho historia.

Tenía 17 años cuando decidió empuñar las armas. Ya en filas, le gustaba lucir bien uniformada y portar el fusil AK-47 que le había dotado Carlos Patiño, el comandante de la Columna Jacobo Arenas. Su mayor orgullo era pertenecer a las FARC-EP a donde llegó a través de un familiar suyo. Fue la única hija mujer de cuatro en total que Rosa y Tito procrearon, y que ambos le dieron a las FARC.

Los padres de Andrea  provenían ambos de familias campesinas. Desde recién casados pasaban dificultades para mantener a sus cuatro pequeños. A menudo, Andrea recordaba que estando niña entró Tito a la casa con un bulto de capacho de maíz y le dijo a Rosa que eso les iría a dar la comida en adelante. “Mi papá se puso a trabajar con los capachos hasta que les dio forma de flor.  Les puso varitas como tallos y les pegó hojitas de colores. Ya terminadas las flores salimos toda la familia a las calles a venderlas. Mi hermano y yo íbamos adelante gritando ¡flores de maííííz! El temor de no venderlas se perdió cuando vendimos la primera”, contaba reviviendo sus emociones.

El primer día las vendieron todas; de ahí en adelante, en las tardes después de salir de la escuela se iban Andrea y su hermano mayor a vender flores, voceándolas con fuerza en las frías calles de Bogotá. Con el producto de la venta, la madre pudo comprarles la leche a los más pequeños, lo que fue un gran alivio para la familia.

En los días siguientes la laboriosidad e inventiva de Rosa le permitió elaborar con los capachos figuras de muñecas, payasos, ángeles, brujitas, pesebres… Su buen pulso y paciencia le permitían pintar con lápices de colores y acuarelas cada parte de las figuras. A las muñecas les resaltaba las cejas con color negro, les ponía rubor en los cachetes, los labios se los pintaba rojos, a unas les hacía los ojos azules, a otras negros o verdes, dándoles vida; en fin, construyó un surtido con más de diez figuras diferentes bellamente logradas, que vendía en un comienzo en las calles y luego en ferias artesanales cuando pudieron hacerse a un puesto de venta. Fue así como Rosa y Tito pudieron sostener a sus cuatro hijos hasta darles el bachillerato e iniciar, algunos de ellos, la carrera universitaria. Según Tito, los preparaba para que pudieran aportar más a las FARC-EP cuando ingresaran.

A dos años del primer  gobierno de Álvaro Uribe, Andrea llevaba ocho meses en filas. Había recibido cursos militares y tenía ya la experiencia de haber estado en varios combates, enfrentando la ofensiva que el Ejército sostenía contra la Columna Jacobo Arenas y el Sexto Frente de las FARC-EP en el norte del Cauca.

El 8 de enero de 2004 el Ejército amaneció cerca de las unidades guerrilleras, en respuesta a los duros golpes que venía recibiendo de manos de la guerrilla en Tacueyó; y Carlos Patiño no tardó en sacar nuevos grupos para atacarlo. Uno de los comandos estaba compuesto por cinco mujeres entre las que se encontraba Andrea. Ella, con la tranquilidad aprendida en la cotidianidad de los combates, salió con sus camaradas a cumplir la misión. La claridad y el brillo del día parecían haberse fijado en su rostro. Los ojos hacían juego con el cabello negro y mojado que caía desordenado por encima de las mejillas, dándole un aire de frescura. Tomó su pequeño morral y su fusil y se perdió por entre la vegetación con pasos ligeros pero silenciosos.

No tardó mucho en iniciarse el duro combate que se prolongó hasta caer el sol. Hubo bajas de ambas partes. En la retirada, un helicóptero que apareció de atrás de los cerros avistó el comando de las cinco mujeres que cruzaban una zona desarborizada; giró en dirección del comando y se clavó para acortar distancia. De la serie de cohetes disparados, uno cayó al lado de Andrea levantándola y matándola en el acto. Las otras cuatro combatientes quedaron heridas. Los cinco cuerpos fueron rescatados minutos después por otros guerrilleros.

Ferney, el compañero sentimental de Andrea no podía contener las lágrimas cuando la estaban enterrando. En silencio se prometió que en adelante todos sus pensamientos y esfuerzos estarían destinados al combate y siempre tendría presente la imagen radiante de Andrea. Y así murió, con ella en su pensamiento y su nombre en los labios, fue en una acción de comando en la que combatió sin retroceder hasta que una ráfaga de fusil le perforó su humanidad dejándolo sin aliento.

Cada 8 de enero, llegan al cementerio del caserío Santodomingo, en Tacueyó, después de un largo viaje, una pareja de ancianos se inclinan ante las tumbas solitarias y depositan en ellas dos ramos de flores. Ahí reposan los restos de Andrea y Ferney.

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