Mujeres que hacen historia

Mujeres,féminas, guerreras, políticas, científicas, intelectuales, escritoras, pintoras, campesinas, obreras, amas de casa, trabajadoras independientes, empleadas, rebuscadoras; de todos los colores, indígenas, negras, blancas y la gran mayoría mezclas históricamente mezcladas; todas luchadoras, andariegas,… Desde el origen de la humanidad hay mujeres, la mitad de ella, y junto a la otra mitad, en el desarrollo y formación de la sociedad; hemos hecho historia.

Al momento de conocer el logro en La Habana, el pasado 18 de octubre, del acuerdo para la “búsqueda, ubicación, identificación y entrega digna de restos de personas dadas por desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado”, regresó a mi mente la imagen viva de Olga Esther Bernal, valiente mujer, camarada y amiga a quien agentes de fuerzas oficiales desaparecieron en enero del año 1988.

Conocí a Olga iniciando la década de los 80, en una fiesta organizada por la Juventud Comunista adonde me invitaron unos compañeros de universidad. En esa ocasión conversamos sobre el estudio, la vida y la lucha que librábamos con dificultad en aquella época en que el Estado se quitaba la máscara y hacía más patente su cara terrorista al profundizar y extender en vastos territorios de la geografía nacional la estrategia paramilitar.

Soportábamos el gobierno de Julio César Turbay y su Estatuto de Seguridad como respuesta oficial al pronunciado ascenso de la lucha de las masas en los años 70; ascenso que -con el paro cívico nacional del 14 de septiembre de 1977- había notificado a la clase política, en el ocaso del lánguido período de Alfonso López Michelsen, de la posibilidad de un levantamiento si no se tornaba más proclive a las transformaciones sociales.

La década de los 70 había traído, además, el fortalecimiento de las organizaciones guerrilleras y el surgimiento, en el contexto del antidemocrático Frente Nacional, del Movimiento 19 de Abril, M-19, el cual alcanzó la cúspide de su popularidad con la audaz y sorpresiva toma de la Embajada de República Dominicana en los albores del Gobierno Turbay, obligándolo a negociar la liberación de los diplomáticos rehenes. La revolución sandinista había triunfado y El Salvador se incendiaba.

Desde mucho antes Olga acariciaba la idea de empuñar las armas. Su compañero se había sumado a una legión internacionalista en la etapa final de la ofensiva guerrillera en la patria de Sandino, en donde entregó su sangre y su amor por la liberación de los oprimidos. Olga quiso acompañarlo en tan noble propósito, pero había quedado embarazada y decidió quedarse a combatir en Colombia sin privar a su hijo del calor que solo ella podía brindarle. Era una enamorada de la vida y de la humanidad. Luchaba con pasión y, con igual fuerza, odiaba al enemigo de clase a quien no daba tregua en las batallas que a diario adelantaba desde su lugar de militancia en el Partido Comunista.

Años después, la causalidad propia de los procesos que desbrozan el camino al sueño de vivir en una sociedad más justa, hizo que nos encontráramos, nuevamente, asumiendo funciones conspirativas en la ciudad. En esa etapa pude constatar el temple, la mística revolucionaria y la capacidad de trabajo de esa valerosa mujer comprometida con los humildes, que era Olga. Las obligaciones propias de la responsabilidad que le había asignado la organización las combinaba armónicamente con sus labores de educadora de niños y con los cuidados a su pequeño, a quien siempre entregó sus afectos con el mayor fervor. Cuánto había crecido Olga para aquel tiempo y cómo admirábamos, quienes la conocimos, esa capacidad política que poseía, el desprendimiento y el rigor que imprimía a todos sus propósitos y a lo que de ella dependiera; lo que era bellamente complementado con la alegría, la solidaridad y la sencillez que emanaba de su ser en cada encuentro con algún camarada.

La última vez que la vi fue en una cafetería del barrio San Nicolás de Cali. En su rostro traía la sonrisa; y sus ojos castaños y expresivos, tras los gruesos lentes, despedían destellos de contento. Había sido destacada para hacer trabajo político de la Unión Patriótica en Buenaventura. “Solo me entristece tener que separarme de mi niño”, me dijo. Le di un abrazo y le deseé buena suerte. Ya venían siendo asesinados los líderes de la Unión Patriótica a todo lo ancho y largo del país. A los pocos días me enteré que la Policía de Buenaventura la detuvo y la desapareció. El próximo mes de enero se cumplen 28 años de este oprobioso crimen del Estado colombiano.

El caso de Olga Ester simboliza los de tantas otras mujeres que han sufrido la desaparición forzada en manos de las fuerzas oficiales y que, como todas las víctimas de crímenes de Estado, claman porque se conozca la verdad, porque haya reparación y se aplique justicia.

El reciente acuerdo firmado en La Habana abre una luz de esperanza para conocer con propiedad lo que aconteció con Olga; para que los familiares y su hijo Sandino reciban los restos, le den digna sepultura y hagan por fin el duelo, como también merecen hacerlo los familiares de las demás desaparecidas y desaparecidos. El acuerdo nos ofrece esa oportunidad y constituye un cimiento importante para la no repetición, si el Estado lo aplica con firmeza y renuncia a las doctrinas que nutren el paramilitarismo y sus manifestaciones prácticas. Es, esta, condición imprescindible para cerrar definitivamente el conflicto.

La memoria y el ejemplo de Olga nos debe inspirar. Y el dolor de las familias de las 80.000 desaparecidas y desaparecidos en razón del conflicto debe llenarnos de valor para exigir que el Gobierno cumpla.

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