Mujeres que hacen historia

Mujeres,féminas, guerreras, políticas, científicas, intelectuales, escritoras, pintoras, campesinas, obreras, amas de casa, trabajadoras independientes, empleadas, rebuscadoras; de todos los colores, indígenas, negras, blancas y la gran mayoría mezclas históricamente mezcladas; todas luchadoras, andariegas,… Desde el origen de la humanidad hay mujeres, la mitad de ella, y junto a la otra mitad, en el desarrollo y formación de la sociedad; hemos hecho historia.

Marzo, mes de la mujer trabajadora

En el año 2003, cuando terminé la escritura de una novela a la que titulé A Quemarropa, decidí imprimir tres ejemplares, en forma de libro rústico, para facilitarle a algunos de mis conocidos su lectura, al tiempo que para conocer sus opiniones. Uno de ellos se lo entregué al Camarada Jorge, El Mono, quien lo puso a rotar luego por entre varios mandos del Bloque Oriental. Recuerdo que una mañana, en que llegó a Casona, el cómodo campamento en que me hallaba asignado en las selvas del Yarí, en el noreste del Caquetá, me expresó su comentario.

Muy al estilo de él, de improviso y como si se tratara de cualquier asunto corriente. En medio de una conversación que tenía con Simón Trinidad, en la que yo me hallaba presente, se volvió hacia mí y me dijo de pronto algo así como entonces a Duván lo mandó matar el Capitán del Ejército, era todo un campeón para jugar la buchácara, ¿no? Por un momento no supe de qué me hablaba, pero al caer en cuenta que era del libro mío, le pregunté su impresión. No me respondió directamente, pero me preguntó cómo hacía yo para conseguir narrar de ese modo las cosas.

Después cambió el tema. Oí desde luego la opinión de otros. Entre ellos la de Simón, a quien conocía desde sus tiempos de gerente bancario. Pero entre todas, conservo con cariño en mi recuerdo la de Lucero, por la forma y la fuerza de su expresión. Ella vino hasta la casa en donde yo me alojaba, en la que funcionaba el pequeño taller de propaganda a mi cargo. Tras saludarme con su habitual desparpajo, me pidió el favor que la acompañara hasta la vivienda que compartía con Simón, a pocos metros de la mía. Una vez allí me ofreció una silla y se sentó en otra frente a mí.

Intentó preguntarme por José Marcos, el personaje principal de la novela, quería saber si había existido en la realidad. Pero no alcanzó a terminar la frase cuando se echó a llorar de modo incontenible, con un sentimiento de pesar tan manifiesto, que logró conmoverme hasta las fibras más profundas. Pese a su esfuerzo le era imposible articular las palabras. Comprendí cuánto había logrado impactarla, aquel llanto adolorido era sincero, describía mejor que nada la nobleza de sus sentimientos, la fina delicadeza de su sensibilidad femenina.

Una faceta que sabía disimular muy bien tras su carácter festivo, de carcajada fácil y dicharachero. Porque aquella muchacha de Becerril, Cesar, que con su voz encantadora y animada conversación entretenía y hacía reír a todos los integrantes del grupo en que se hallaba, sabía ocultar muy bien que el fondo de su alma contenía una campana de cristal, que se rompía fácilmente con el sufrimiento ajeno. Pocas como ella para contener la expresión de tristeza e impedirle asomar a su rostro. Todo él debía irradiar optimismo, entusiasmo, así las penas causaban menos daño.

A Lucero, su familia y amigos del pueblo la llamaban La toya, no por parecerse a la hermana de Michel Jackson, sino porque de niña pronunciaba de ese modo la marca Toyota de los vehículos que transitaban por Becerril. La historia de sus amores con Simón y su ingreso a la guerrilla la relató Jorge Enrique Botero en su libro, así que no voy a repetirla aquí. Tan solo podría agregar que su pequeña hija Alix, llegada al mundo en 1992, era llevada uno que otro año al Frente 41, en la serranía del Perijá, para que sus padres pudieran compartir dos o tres días con ella.

Creo que la mayoría de lo publicado por los grandes medios sobre la vida y obra de Simón en las filas de las FARC, si no responde a manipulaciones de la inteligencia militar, es producto de la irresponsabilidad con la que cierta gente en la costa inventa y echa a rodar leyendas. Así se le atribuyeron una serie de delitos a los que fue siempre ajeno. Y los medios comenzaron a hablar de él como Comandante del Frente 41, del Bloque Caribe y del Estado Mayor Central, sin que tales versiones se hubieran correspondido nunca con la realidad.

Recuerdo, por ejemplo, que por aquellos días de Casona, salió la noticia de la caída del avión de inteligencia y la captura por parte de una unidad de las FARC de tres de sus tripulantes, los que después se convirtieron en los famosos tres contratistas norteamericanos. En varias horas culturales, comentamos en el aula lo escuchado por Caracol Radio sobre aquellos hechos ocurridos a cientos de kilómetros de nuestra ubicación. Sin embargo, la justicia norteamericana no tuvo reparos para condenar absurdamente a Simón por su responsabilidad en ese supuesto secuestro.

Lo que posibilitó al fin un prolongado reencuentro de Lucero y su hija fue la zona de despeje del Caguán. Poco después la propagación paramilitar en la costa Caribe se convirtió en una horrorosa plaga, mucho peor que el Ébola. La familia de Lucero, una de las tantas de Becerril que poseía finca en la serranía y casa en el pueblo, fue convertida en objetivo militar por los asesinos. Varios de sus miembros cayeron bajo las balas, el fundo y la casa tuvieron que ser abandonados en la huída, la niña escapó a un secuestro en Barranquilla, ya no había ciudad donde refugiarse.

La madre de Lucero y su nieta permanecieron una temporada en Casona, en el 2003, como estación de tránsito en su viaje de exiliados a Ecuador. Mientras que en el despeje la nota dominante había sido la alegría, en Casona primaron la preocupación y la pesadumbre. De acuerdo con la madre de Lucero, lo narrado en mi novela era exacto, idéntico a lo que ella y su familia habían vivido. Lucero había aprendido muchas cosas en las FARC, y procuraba que su hija las asimilara al máximo, en el computador, en la cámara, en los libros, en el aula.

La niña derrochaba inteligencia y gracia. Cabellos rubios, ojos verdes, piel blanca, lo más parecido que haya visto nunca a un ángel. Representaba papeles en las obras de teatro al lado de su madre, hacía números de baile, siempre tenía que destacarse en algo. En el despeje había ganado el corazón de los miembros del Secretariado. Como Lucero, a la que todos los de la Mesa de Diálogos, Comité Temático y cuerpo de guardia adorábamos por su talento, singular belleza y arrolladora personalidad. Estoy seguro de que de haber vivido estaría brillando hoy en La Habana.

Primero se fueron la niña linda y su abuela, causándonos a todos gran pesar. En noviembre Simón, Lucero y otros, a cumplir una misión en el exterior. Recuerdo los abrazos de las dos despedidas, las promesas para el reencuentro. Comenzando el año siguiente conocimos la mala nueva de la captura de Simón Trinidad en Quito. Y en su final, la de su extradición. En el 2010, unos días antes de la muerte del Mono, él mismo nos informó en la reunión matinal, del fin de Lucero y su hija que la visitaba, tras un bombardeo en el Putumayo. Qué dolor. Mujeres e historias para no olvidar.

Montañas de Colombia, 6 de marzo de 2015.

Lucero Palmera y su hija

Mujeres para recordar (IV)

Tomado de http://farc-ep.co página oficial del Secretariado Nacional de las FARC-EP

 

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