Mujeres que hacen historia

Mujeres,féminas, guerreras, políticas, científicas, intelectuales, escritoras, pintoras, campesinas, obreras, amas de casa, trabajadoras independientes, empleadas, rebuscadoras; de todos los colores, indígenas, negras, blancas y la gran mayoría mezclas históricamente mezcladas; todas luchadoras, andariegas,… Desde el origen de la humanidad hay mujeres, la mitad de ella, y junto a la otra mitad, en el desarrollo y formación de la sociedad; hemos hecho historia.

Marzo, mes de la mujer trabajodara

Siempre me pareció especial. Por su modestia, su pasar por la vida sin llamar la atención, su belleza, su aplomo, su sincera espontaneidad. Vivía con Andrés y tenían dos hijos, niño y niña, digamos de unos siete y cuatro años cuando los conocí. Tenía un hermano en la guerrilla, un muchacho delgado y amable, al que el Ejército mató un día de invierno. Recuerdo haber estado en su casa tras el hecho. Pese al dolor que le producía, sabía tomarlo con estoicismo, sin dramas, el tipo de cosas que una tiene que sufrir en esta vida.

Andrés era ribereño, uno de esos seres anfibios, que no se entienden si están lejos del agua. Necesitaba moverse en canoa, salir en las noches a pescar, vivir a la orilla de un río o una ciénaga, sin importar que las crecientes le inundaran la vivienda. Una vez dormimos en su casa, en la encrucijada del 2, donde se fundían los caños Santo Domingo y San Pedro. No había nadie en ella. Esa noche cayó un aguacero torrencial. Me impresionó que la lluvia lograse colarse por entre el techado de palma y chispear con alguna fuerza las camas.

Su familia debía pasar trabajos, pero creo que hacían parte del entorno mental acuático de Andrés. A mediados de los 90 quiso aventurar en minería. Años atrás el Cuarto Frente había decomisado una draga a unos mineros abusivos. La enorme mole de hierro permanecía en un potrero al sol y al agua. Él consiguió la autorización para montarla en una balsa gigante y bajarla por el Cimitarra hasta el 2, con el propósito de buscar oro, pagando de su propio bolsillo los inmensos gastos que ello demandaba. Confiaba en que el mineral daría para todo.

Con socios tan soñadores como él consiguió financiar su proyecto. No le fue bien, no era el tipo del hombre afortunado. Recuerdo que recién lo conocí, sirviendo como miliciano del Frente 24, cayó preso luego de ser sorprendido por el Ejército en el monte que rodeaba su vivienda. Hablaba con el radista del Frente, e informaba la situación del área. Tenía un código en la mano. El teniente lo forzó a salir en la próxima llamada, con el fin de tender una trampa que condujera a dar de baja al Comandante del Frente o a varios guerrilleros.

Andrés estuvo de acuerdo, los soldados lo rodeaban cuando se produjo la comunicación. Con la mayor sangre fría dijo en cuanto entabló contacto, Soy Andrés, me cogieron los chulos, quieren hacerles una trampa. El teniente le arrebató furioso el aparato. Contaba que en la cárcel lo habían robado, dejado sin zapatos desde que entró. Pero que cuando circuló la prensa local, con la noticia de la captura del jefe financiero de las FARC en el Magdalena Medio, según lo dicho por el Ejército, los demás lo llamaron en adelante don Andrés y lo colmaron de atenciones y detalles.

Esas eran sus pequeñas victorias. Como la de conseguir que la Fiscal ordenara su libertad con base en su relato triste y conmovedor. María escuchaba y sonreía con gesto de escéptica complacencia, como una madre bondadosa que acepta con resignación las limitaciones de su hijo aventurero. Ella era más práctica, cumplía sus deberes domésticos y se las arreglaba con una costura aquí o allá, aunque tuviera que salir a coser en la máquina de alguna amiga en una vereda cercana. Eso sí, su disposición a hacerle un favor a la guerrilla era total.

Nunca supe qué ocurrió, ni quise preguntárselo, en parte por respeto y en parte por pudor. Hay que dejar que cada quien cargue sus penas en silencio, si así lo desea. Lo cierto fue que un día Andrés se fue y ya no lo volví a ver más. Ella terminó habitando en Barranca, en una casita de tablas techada con zinc, construida con innumerables trabajos en un barrio de invasión. A veces entraba al campo, del otro lado del río, para visitar a su madre. Ahora, sola, llevaba sobre sus hombros la carga de sostener y levantar la familia. Pero no se quejaba.

Su sufrimiento debía ser enorme. Alguien en las FARC consideró la posibilidad de tenderle una mano. Era seguro que ella no aceptaría nada que pudiera interpretar como caridad. Respetaba mucho a la organización. El acuerdo consistió finalmente en que cada vez que de adentro necesitaran algo que ella pudiera traer, la llamarían a Barranca. Cada vez que ella requiriera algo para el estudio de sus hijos o su sostenimiento, lo plantearía con sinceridad. Una cosa por otra, ella con la satisfacción de servir a la causa, y el movimiento brindándole una ayuda.

Su actividad aumentó con el tiempo. Llegaba en las mañanas al puerto con una carga que podían ser verduras, frutas, pequeñas remesas de alimentos, una que otra medicina, cuadernos, lapiceros, un termo con hielo, refrescos y otros encargos que pudieran pasar por los controles de la Armada sin ningún problema. O acompañada de alguien que se dirigía a tratar algún asunto con la guerrilla. O con una razón o respuesta urgentes enviadas por alguna persona. Contrataba una canoa con un motorista de confianza y se presentaba más tarde donde la citaban.

A veces viajaba con uno de sus hijos. Así podía verse a María, bella y sin cumplir aún los cuarenta, embarcada casi a diario con algunas mercancías, río abajo por el Magdalena hasta encontrar alguno de los brazos que la llevaba al Cimitarra, perdiéndose entre ciénagas y caños más o menos poblados, hasta entregar a los destinatarios sus encargos. Tras presentar cuentas, volvía cuanto antes a asumir sus responsabilidades en el hogar. Sin hacer el menor daño a nadie. Feliz de ayudar de algún modo a la causa, militando en la clandestinidad con la organización.

De pronto apareció la brutal arremetida. Más de tres mil paramilitares, distribuidos en hordas de cientos, ascendieron lentamente del centro de Bolívar río arriba. En cada pueblo y caserío sembraron el terror bajo la mirada complaciente de las autoridades. El río Magdalena se llenó de retenes ubicados a pocos metros de las unidades militares. Salvo las guerrillas, nadie movió nunca un dedo contra esos predadores de humanos. María siempre creyó que su aspecto inocente y el hecho de transportar elementos corrientes, la blindaban de cualquier sospecha.

Un día en el 2001, tras cruzar el retén de la Armada, la canoa fue obligada a arrimar de nuevo a la orilla por un grupo de hombres uniformados y fuertemente armados. Aparte del motorista viajaban en ella María y su hijo, que debía andar por los quince años. En unos cuantos segundos sus cuerpos fueron convertidos en masas sanguinolentas. Por los brazos de los asesinos resbalaba la sangre desde sus machetes. Qué linda y buena era María, cómo le brillaban los ojos. Cómo la despedazaron aquellos miserables. Mujeres e historias para no olvidar.

Montañas de Colombia, 5 de marzo de 2015.

Mujeres para recordar (III)

Tomado de http://farc-ep.co página oficial del Secretariado Nacional de las FARC-EP

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