Mujeres que hacen historia

Mujeres,féminas, guerreras, políticas, científicas, intelectuales, escritoras, pintoras, campesinas, obreras, amas de casa, trabajadoras independientes, empleadas, rebuscadoras; de todos los colores, indígenas, negras, blancas y la gran mayoría mezclas históricamente mezcladas; todas luchadoras, andariegas,… Desde el origen de la humanidad hay mujeres, la mitad de ella, y junto a la otra mitad, en el desarrollo y formación de la sociedad; hemos hecho historia.

Marzo, mes de la mujer trabajadora

En el sur de Bolívar existía una tradición en el imaginario de los pobladores. Llegado el mes de enero, los soldados de la contraguerrilla que se entrenaban en la base militar del municipio de Yondó, eran enviados a la zona a practicar lo aprendido. Comenzaba así, cada año, el infaltable operativo del Ejército contra las guerrillas de las FARC y el ELN que operaban en la región. Los elenos eran pocos, una comisión del Frente Héroes de Santa Rosa, que operaba río abajo. Los de las FARC éramos más numerosos, se trataba del corazón del Frente 24, en Cantagallo.

En el Frente se comentaba acerca de un incidente ocurrido durante el operativo más reciente. Una comisión, al mando de Alcides, había sido asaltada por la tropa en las primeras horas de una mañana, a unos cuantos metros de una vivienda ocupada por un humilde matrimonio campesino. Se hallaban tomando un baño en la quebrada que bajaba serpenteando por entre los pequeños filos que rodean al río Cimitarra. Se pegaron un susto muy grande. Alcanzaron a huir, en ropa interior y más de uno ni siquiera tuvo tiempo de recoger su arma en medio del fuego.

Cuando volvieron a contactarse con el grueso del Frente, avergonzados, echaron el cuento de su malograda aventura. Bueno, serían sancionados por su indisciplina, criticados con fuerza por sus superiores y compañeros. Pero estaban a salvo, todos, con vida, y descontados algunos rasguños por la carrera semidesnudos entre el monte, completamente sanos. El episodio dio para ponerlos como ejemplo de las cosas incorrectas, lo que nunca debían hacer unos guerrilleros. Habían encargado la preparación del desayuno a la civil de la casa y se habían ido a bañar muy tranquilos.

Las prioridades de la guerra y la lucha convierten esos episodios en anécdotas que dejan alguna enseñanza a quien quiera tomarla, pero que luego se olvidan fácilmente. Unos meses después, terminada la arremetida de la tropa, descendí por el río Cimitarra hasta más allá de la ciénaga de San Lorenzo. Toda la zona se encontraba en paz, el Ejército había sido recogido y había un verano muy caluroso. Nos detuvimos en Cuatro Bocas, un pequeño caserío ubicado en el barranco de la margen izquierda del río. Dejamos el motor en la orilla y nos adentramos en él.

Muchas de las viviendas permanecían vacías. De eso hará veinte años, todavía no se había producido la arremetida en masa del paramilitarismo, que comenzando este siglo llegó a sembrar la muerte y el terror en la región, con el apoyo del Ejército y la Infantería de Marina. Pero la pobreza imprimía cierta trashumancia a la vida colectiva. En épocas de verano, temporada de pesca, llegaban sus dueños a habitar las minúsculas viviendas construidas por algún programa oficial, o las alquilaban a pescadores. Luego quedaban vacías. Había que trabajar para vivir.

La gente se mudaba a alguna vereda en busca de una actividad económica para sobrevivir. Creo que muchos se iban para la parte alta, a Lejanías y otras veredas, donde se cultivaba la coca y se requería constantemente mano de obra. En nuestro recorrido por el polvoriento caserío, hallamos una pareja habitando una de las pocas viviendas ocupadas. En cuanto nos vieron, salieron a la puerta a saludarnos con franca alegría. Se trataba de un matrimonio joven, campesinos en cuyos rostros curtidos por el sol se leían las huellas de la fatiga y el sufrimiento.

Creía haber visto la mujer antes, en otro lugar, aunque no lograba precisarlo en el momento. No tenía nada de extraño, he dicho que la gente se mudaba con frecuencia de una vereda a otra. Tendría unos veinticinco años, pero ya su dentadura revelaba las secuelas de la pobreza. Su delgadez era extrema, aunque se la veía fuerte, fibrosa, enérgica y llena de ánimo. Su marido sería un poco mayor que ella, de aspecto algo rudo, pero muy sonriente y amable en su trato hacia nosotros. Nos invitaron a pasar al rancho, como describían su modesta habitación.

Éramos cuatro o cinco. Llevábamos varios pescados, bocachichos, de los grandes y apetitosos que crecían en el río. En verano, el ruido de los motores los movía a dar grandes saltos de manera inesperada desde el agua. Era frecuente que cayeran dentro de la canoa. Y no uno o dos, sino muchos. Uno podía asegurarse un buen desayuno si salía temprano a navegar por el río, procurando arrimarse a las orillas a buena velocidad. Podían caer docenas en la canoa. Simplemente había que golpearlos en la cabeza e ir echándolos en un saco o lona.

Preguntamos a la mujer si tenía condiciones allí para preparar los pescados para el desayuno de todos, incluidos los de la casa, claro, y respondió gustosamente que sí. Había un par de niños pequeños, seguramente sus hijos. Llevábamos también harina, para asar unas arepas, y chocolate para la sobremesa. Un par de guerrilleros se puso a la tarea de arreglar los pescados mientras la mujer alistaba la leña y encendía el fuego de la estufa. Otro hacía de posta unos metros más allá de la vivienda. En medio de la agitación conversábamos de una y otra cosa.

Entonces ella me preguntó por el compañero Alcides. Le respondí que se hallaba bien, cumpliendo alguna tarea en el área. Le pregunté si lo conocía de mucho tiempo atrás y me respondió que hacía un par de años. El había hecho buenas migas con Alfonso, su marido, quien servía como miliciano en el área. Alcides tenía un buen tiempo en la región y se habían visto en varias ocasiones. Hablaban de muchas cosas interesantes. Me dijo que ella era la que había logrado salvarles la vida a todos los de su comisión el día que el Ejército los había asaltado río arriba.

Alcides había estado temprano en el rancho, averiguando sobre la ubicación de la tropa y Alfonso lo había enterado de que no se hallaba muy lejos. Además, que estaba en movimiento. Él les pidió el favor de que le prepararan el desayuno para seis guerrilleros, les entregó la economía y les dijo que esperarían escondidos en el monte cercano. Alfonso quedó de llevarles las ollas allá cuando estuviera listo. Un rato después uno de los muchachos vino a buscar una vajilla grande, que sirviera para sacar agua del caño, habían decidido tomar un baño mientras esperaban.

Transcurridos unos minutos apareció la tropa en la casa. Un grupo numeroso de soldados armados hasta los dientes y con espíritu agresivo. Los sorprendieron dentro, sin posibilidad alguna de correr a avisarles del peligro a los muchachos. Estuvieron interrogándolos un buen rato, con hostilidad. El mando decidió enviar un grupo a la quebrada, a explorar qué se veía por ahí. La mujer adivinó lo que iba a pasar. Entonces, sin pensarlo dos veces, salió de la casa y se les paró delante a los soldados. Ustedes no van a ninguna parte, les dijo.

Sorprendidos, los uniformados preguntaron por qué razón. Ella les dijo que no podían ir, y punto. El mando ordenó hacerla a un lado. Ella se le arrojó al cuello al soldado que intentó tocarla y comenzó a gritar de modo desesperado, ¡Alcides! ¡Compañero Alcides! ¡Los chulos! ¡El Ejército, van para allá! ¡Cuidado! La tropa se dio cuenta de lo que sucedía y se movió a cumplir su propósito. Ella, como un perro bravo, se aferraba a sus uniformes con una y otra mano, con sus dientes, con todo lo que pudiera impedirles moverse. El forcejeo fue breve, pero efectivo.

Cuando los soldados llegaron a la quebrada encontraron apenas las ropas y algunas de las armas abandonadas en la carrera. En su frustración prendieron a tiros los alrededores y lanzaron varias granadas de MGL. La mujer y su marido recibieron una tremenda golpiza, y fueron tratados en los peores términos. Para su fortuna, el mando se opuso a la presión de la tropa para que los mataran y presentaran como guerrilleros junto con las armas. Me contaba la historia con los ojos brillantes de alegría. Habían tenido que mudarse de casa. Mujeres e historias para no olvidar.

Montañas de Colombia, 4 de marzo de 2015
Mujer 2

Mujeres para recordar (II)

Tomado de http://farc-ep.co página oficial del Secretariado Nacional de las FARC-EP

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