El reconocimiento al voto de la mujer en Colombia se logró por fin, y paradójicamente, bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en 1954, a través del acto legislativo No. 3 de la Asamblea Nacional Constituyente, lo que fue recibido como un gran triunfo, a pesar de que durante esa época no se dieron elecciones. Sin embargo, mujeres como Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y María Eugenia Rojas ocuparon cargos oficiales. El derecho al voto se estrenó en el plebiscito de 1957.

 El camino hacia la igualdad en Colombia

Como era de esperarse, en consonancia con las dificultades que se acaban de reseñar, la conquista del voto femenino en Colombia fue complicada, lenta y llena de altibajos. La influencia que ejercía la Iglesia católica en la vida cotidiana de las mujeres desde la conquista, y aun entrado el siglo XX, impedía que éstas asumieran un papel protagónico, que les permitiría ayudar a construir su propio entorno político.

El “de”, que aún utilizan algunas mujeres para adoptar el apellido de su marido, describe la sociedad patriarcal que ha tomado como una de sus bases que tanto la subsistencia como la definición del papel de la mujer en la sociedad proceden siempre de alguien más, con claridad de un hombre.

Ante la llegada de la industrialización al país, a finales del siglo XIX y principios del XX, se fue formando una clase obrera femenina que ocupaba cargos siempre inferiores a los del sexo opuesto y, en consecuencia, peor remunerados. En 1920, aburridas de una situación laboral que les prohibía hasta calzarse, se fueron a la huelga cerca de 500 empleadas de la planta de Fabricato, en Bello, Antioquia, con diversas reivindicaciones como consigna, buscando desde mejoras salariales hasta la exigencia de medidas contra el abuso sexual del que se sentían objeto por parte de algunos de sus jefes.

Betsabé Espinosa, “una muy bella e íntegra muchacha”, según el diario El Luchador3, fue la heroína de esas jornadas. El propietario de la fábrica, Emilio Restrepo, tuvo que recurrir al párroco de Bello y al arzobispo de Medellín para enfrentar la crisis y el acuerdo al que se llegó. Tras casi un mes de arduas negociaciones, fue abriendo el camino a la participación de la mujer en la vida pública, pues el levantamiento logró ser ampliamente reseñado por los medios y generó largas discusiones al interior del gobierno.

Haciendo eco a los anteriores hechos, en 1924, cerca de 1400 mujeres indígenas firmaron un manifiesto en el que afirmaban que si los hombres de sus comunidades no eran capaces de levantarse contra “el orden ilegal e injusto” impuesto por la civilización, ellas sí tenían el coraje de hacerlo4.

Nueve años más tarde del levantamiento de Bello, el ejemplo fue repetido por 186 obreras de la fábrica de Rosellón, en Envigado, en protesta por la rebaja de sus salarios, y aunque las reclamaciones esta vez no fueron tan exitosas como las anteriores en términos de resultados, tuvieron también una buena resonancia. Y en 1935 las trabajadoras de dos trilladoras, 315 en total, se levantaron de nuevo para exigir vacaciones remuneradas, pago dominical y el conocimiento de su sindicato5. La mujer colombiana, en suma, entendió que había que empezar a subir la cuesta.

En 1930 había llegado Olaya Herrera al poder “con oposición de la curia y de los conservadores de ultraderecha”6. Aun así, logró darle vida a los movimientos sindicales y al derecho a la huelga, regulándolos mediante la Ley 83 de 1931. Las reivindicaciones de tipo laboral fueron una puerta de entrada a otras demandas de la sociedad civil y ante esta plataforma de gobierno, más amplia e incluyente, personas como Georgina Fletcher, española radicada en Colombia –estigmatizada y perseguida por sus ideas–, lograron una escenario favorable para sus aspiraciones feministas.

Fletcher, junto con Ofelia Uribe de Acosta, presentó entonces al Congreso el “Régimen de capitulaciones matrimoniales”, en busca de una reforma constitucional que llevara a que las mujeres pudieran acceder directamente a sus bienes, pues hasta entonces solo se les permitía hacerlo a través de sus padres, hermanos o esposos. A pesar de las voces airadas que despertó esta iniciativa, como la del representante Muñoz Obando, quien afirmó que “las mujeres colombianas están empeñadas en quebrar el cristal que las ampara y las defiende”7, se logró e todos modos la promulgación de este régimen, cristalizándose en la Ley 28 de 1932, a través de la cual “se reconoció la igualdad en el campo de los derechos civiles”.

Pero el voto era un sueño que todavía se observaba a distancia, aunque en 1936 se logró que las mujeres pudieran desempeñar cargos públicos. En 1944 se fundó la Unión Femenina en el país y en la reforma de la Constitución de 1945, con la presión ejercida por esta en el Congreso, las colombianas conquistaron el título de “ciudadanas”, aunque el proyecto de su derecho al sufragio fue archivado luego de un arduo debate en Cámara y Senado.

Se generaba así una nueva cultura, en la que las mujeres empezaban a mirarse a sí mismas en forma diferente, a concebirse como parte de la sociedad política en la que se buscaba la igualdad, aunque con cierta timidez todavía y con la sensación, según se puede percibir en documentos de la época, de que los roles no estaban aún tan definidos. En la revista Letras y Encajes, que propendía por el voto femenino, Margarita Gómez de Álvarez escribió el 27 de agosto de 1948: “Aunque ya se hace sentir entre nosotros el movimiento feminista, son poquísimas las mujeres que realmente van bien orientadas; una gran mayoría de ellas tiende a masculinizarse, idea donde reside, principalmente, su error. No se trata de imitar, se trata de crear”8.

Por otra parte, Magdala Velásquez Toro en Condición jurídica y social de la mujer9, cita apartes de los editoriales de Calibán10, en su columna “Danza de las horas”, de El Tiempo, muy esclarecedores sobre el pensamiento de un enorme sector de la sociedad colombiana de entonces. Refiriéndose a la organización social, Calibán escribió: “salvémosla y no la sometamos al voto femenino, que será el paso inicial en la transformación funesta de nuestras costumbres y en la pugna entre los sexos”. Afirmaba el columnista que el del sufragio era un proyecto izquierdista y que era evidente la inferioridad natural de la mujer: “ninguna hembra ha igualado al macho en las manifestaciones del atletismo, en toda la escala animal. Solo una yegua ha ganado el Gran Derby (1915) y esto porque el hándicap la favorecía”.

No fue, como se ve, fácil la lucha. En el Congreso se daban debates marginales entre liberales, más inclinados a aceptar que las mujeres hicieran realmente parte de la esfera política, y los conservadores, más reacios a contradecir a la Iglesia católica respecto a que la mujer debería permanecer en el seno del hogar. Pero con el tiempo, los partidos fueron variando sus propuestas. El papa Pío XII, al terminar la segunda guerra mundial, exhortó a las mujeres a que votaran en Italia por el Partido Socialcristiano, lo que desde su óptica podría salvar al país del comunismo. Esto generó un curioso viraje en el juego político en Colombia. El Partido Conservador decidió apoyar, en 1948, los plenos derechos de las mujeres, mientras que los liberales abogaron por un reconocimiento progresivo.

En el Congreso de 1949 se negó de nuevo el derecho al voto de las mujeres. Así que en 1953 se pasó, junto con el paquete de reformas a la Constitución, la iniciativa del sufragio femenino con mucha presión para su aprobación, no solo por parte de asociaciones de mujeres, sino también de hombres convencidos de la necesidad de ese espacio político, como el diputado Félix Ángel Vallejo que se apersonó del proyecto.

El reconocimiento al voto de la mujer en Colombia se logró por fin, y paradójicamente, bajo la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en 1954, a través del acto legislativo No. 3 de la Asamblea Nacional Constituyente, lo que fue recibido como un gran triunfo, a pesar de que durante esa época no se dieron elecciones. Sin embargo, mujeres como Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y María Eugenia Rojas ocuparon cargos oficiales. El derecho al voto se estrenó en el plebiscito de 1957.

La transformación, entonces, no ha sido radical. La incorporación femenina en la sociedad económica y política no la ha desligado de su papel de principal cuidadora de su familia y responsable del funcionamiento de su hogar, por lo que se termina asumiendo un doble rol. La siguiente cita logra describir bien la situación: “El proceso de modernización vivido no había traído mecánicamente la transformación de las viejas exclusiones políticas y culturales. Si bien el resultado de esa captación, en la que jugaron un papel determinante los movimientos sociales y las ideologías revolucionarias, no fue una transformación radical de la sociedad, sí se sembraron los anhelos de cambios más profundos”11.

 

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Referencias:

3 Acevedo Carmona, Darío. “Betsabé Espinoza”, Especiales Revista Semana, diciembre de 2005.

4 Peláez Mejía, María Margarita. “Derechos políticos y ciudadanía de las mujeres en Colombia”, http://websuvigo.es/pmayobre

5 Jaramillo, Ana María,. “Industria, proletariado, mujeres y religión. Mujeres obreras, empresarios e industrias en la primera mitad del siglo XX en Antioquia”, en Las mujeres en la historia de Colombia, t. II, Bogotá, Editorial Norma, 1995, p. 407.

6 “Colombia 1930”, Credencial Historia, Edición 201, septiembre de 2006, Bogotá.

7 Peláez Mejía, María Margarita. Ibíd.

8 Citado por Ramírez Brouchoud, María Fernanda. Mujeres, política y feminismo en Colombia, 1930- 1957, “Todos somos Historia”, t. II, Vida del diario acontecer, Eduardo Domínguez (editor académico), Medellín, Canal Universitario de Antioquia, 2010, p. 237.

9 Nueva historia de Colombia, vol. IV, Bogotá, Editorial Planeta, 1995, p. 52.

 
10 Calibán fue el seudónimo de Enrique Santos Montejo en su columna de El Tiempo.

11 Archila N., Mauricio. “Colombia 1900-1930: la búsqueda de la modernización”, en Las mujeres en la historia de Colombia, Ibíd.
 

tomado de: http://www.revistacredencial.com/credencial/content/la-conquista-del-voto-femenino

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