Cuentos, Crónicas y poesía

Pero los interrogadores son personas, también se equivocan. Con Ofelia cometieron dos errores que resolvieron el problema. El primero, el interrogador de Heidi le dijo que “Maruja ya estaba contando cosas del 8 frente” así que era mejor que ella también colaborara. Así Ofelia se enteró de la historia de su amiga.

Cambió de nombre y de frente. Astuta la muchacha, no se contrariaría en las historias. El segundo error fue que el teniente escribió “Hofelia” y ella al verlo le corrigió, —es sin H, Ofelia se escribe sin H-. El teniente se sonrojó. Después, un soldado le habló al teniente sobre unas cajas de tomates, y el militar lo maltrató. Ofelia le dijo: —trato cariñoso el suyo con sus tropas, ¿no?— El teniente la miró y se le volvió a colorear el rostro.  

A Ofelia se le iluminó no solo la cara al ver que el teniente se puso como un tomate de la vergüenza. Se iluminó también su pensamiento. Este hombre es inseguro, puedo aprovechar esta circunstancia. Ella comenzó a preguntar cosas del batallón; de los soldados; cuánto tiempo lleva en el ejército; por qué era grosero con los soldados. Una que otra mirada insinuadora. Mejor dicho, lo sacó de su papel de interrogador.

Así, logró que el tiempo pasara, que le dieran café, galletas. Que la llevaran al baño como 4 veces y de tanto ir y venir se tropezó con Heidi y se traspasaron las historias. — Ofelia dijo que se habían encontrado en la terminal de buses, en la ciudad donde se embarcaron. Ahí le dio el dinero a su compañera. Iban a tratamiento médico. En el parque de un pueblito más adelante alguien las recogería.

Se mantuvieron con esas ideas, y nadie las sacó de ahí. La repitieron tantas veces que se volvieron verdad. Así no las torturaron. Y como los investigadores poco sabían de ellas, pues los interrogatorios no pasaban de confrontarlas para ver si se contradecían.

Las cambiaron de batallón. Nuevos interrogadores, nuevos soldados de guardia, nuevo lugar de reclusión. En el último batallón al que llegaron las dejaron en la enfermería de la guarnición. Las vigilaba un soldado que estaba en una posta como a dos metros. Desde ahí el guardia veía la puerta del cuarto donde las metieron. Un cuarto con tres camas, dos mesitas de noche. Todo sencillo pero limpio.

A Ofelia la interrogaron 9 veces. Una o dos veces al día. Ella se sentía responsable de la detención de Heidi y tomó la decisión de asumir toda la tarea ante el nuevo interrogador, un   capitán y su equipo de inteligencia, eran como 5; no paraban de preguntar mil y una vez lo mismo. Con un elemento que Ofelia manejó todo el tiempo a su favor. Ellos mostraban ignorancia ante lo que las detenidas sabían, su papel y rango en la organización y sobre el frente del que ellas hacían parte.

En todo ese tiempo, entre un interrogatorio y otro, Ofelia conversaba mucho con los soldados que la custodiaban o que estaban en la enfermería. Hablaban sobre la vida militar, sobre la montaña, también de cine y de libros. Un día, uno ellos le habló de Ernest Hemingway y del libro “Por Quién Doblan las Campanas” que él estaba leyendo. Y se enzarzaron en discusiones literarias y cinéfilas. Había empatía, era una cosa extraña, siendo enemigos comenzó a sentir la necesidad de verlo para conversar. Comentó con Heidi y esta le dijo —él es un soldado pero no es el verdadero enemigo, es un muchacho del pueblo. Pero tenga cuidado con las opiniones que le da, ese libro del que hablan es una bomba.

Sí, el muchacho, un soldado bachiller, le prestó libros durante los tres meses de cautiverio, este se volvió el suministrador de literatura. Pero con la prudencia que Heidi a cada momento le recordaba a Ofelia, pues ella se emocionaba con las lecturas y las discusiones y dejaba ver su convicción guerrillera. El soldado nunca la delató. Al contrario, sus compañeros y él las cuidaban, les llevaban café, cigarrillos y les daban mejor comida.

Los militares interrogadores se percataron que estaban lejos de sacar algo por medio de estos interrogatorios y llevaron un especialista de Bogotá. Este solo pudo confirmar que eran guerrilleras y que si soltaban a Ofelia volvería a la montaña.

Heidi optó por hacerse la boba, la inocente en todo momento, lo que llevó a los interrogadores a no prestarle mucha atención.

Varias cosas se unieron para que la presión contra las guerrilleras bajara: no tener mucha información de quiénes eran ellas; la firmeza en las declaraciones (no contradicciones); el embarazo y la actitud infantil de Heidi. Al mes la soltaron.

Ya libre, dio la alerta del paradero de su compañera. Buscó a los contactos que Ofelia le dio, se movieron estructuras urbanas, las amistades, políticos de izquierda y hasta conservadores que conocían a Ofelia por su trabajo en la ciudad. Al ejército no le quedó más remedio que liberarla porque se violaron los tiempos y trámites legales.

Pero la liberación la realizaron con la idea expresa de desaparecerla. Sin embargo, Ofelia ya libre, llamó a su contacto con la señal acordada; -estuve detenida, ya estoy libre pero bajo vigilancia-. La inteligencia militar le colocó citas  que Ofelia no atendió.

Se activaron los mecanismos nuestros, invisibles para la mayoría pero efectivos cuando se necesitan, los grupos de la guerrilla urbana le ayudaron a evadir la vigilancia, la hospedaron en lugar seguro, la protegieron y la sacaron de Bogotá, rumbo a la montaña.

Mientras tanto, Heidi, libre, con sus 3 meses de embarazo, fue llevada por los camaradas urbanos al Secretariado. Dos meses más tarde, se le unió Ofelia quien se convertiría en la madrina de ese bebé que les salvó la vida. Nació un 25 de Julio de 1985 en el campamento de la Caucha en la zona adentro del río Duda en el Meta.

Lindo, lleno de vida, fue la alegría de estas guerrilleras que se mantuvieron firmes ante las presiones del enemigo.

La familia de Norberto se hizo cargo del niño. Entendieron que en la montaña era imposible tenerlo, criarlo y darle educación, porque corría con los peligros propios de la confrontación armada pues el enemigo de clase, donde puede, utiliza a estas criaturas para presionar a los combatientes y así quebrantar su fidelidad a la lucha.

Heidi y Ofelia siguieron haciendo parte del Ejército del Pueblo, hoy, cada una en un lugar distinto, trabajan en la construcción de una patria mejor para todas y todos.

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A propósito de la Columnista

Candelaria Viva

Candelaria Viva

Guerrillera de las FARC-EP