Cuentos, Crónicas y poesía

Llegué con mi hija de dos años a La Habana una tarde de verano. Mi amiga Aimé me esperaba con júbilo porque deseaba conocer en vivo a la pequeña Matilde, pues en las fotos que le enviaba desde su nacimiento siempre estaban estampados esos enormes ojos y su eterna sonrisa que a mi amiga le encantaban.

Después de los abrazos y palabras a la pequeña -¡cómo estás de linda!, ¡cómo has crecido!... Aimé me dijo: -¡vamos amiga que la doctora nos espera con la vacuna!. -¿Será necesaria? pregunté un tanto incrédula, porque según me dijo era una vacuna para un virus cubano, y como yo venía de vez en cuando por cosas de trabajo… -¡Claro que hay que ponerla, chica!, no se diga más, ¡vamos que la doctora tiene que irse!

Así que llegamos al hospital, no recuerdo su nombre, uno de los tantos pediátricos de esa hermosa ciudad. Le pregunté a la doctora ya de salida, -y dígame, ¿cuánto le debo? -Nada ¡chica!, en Cuba, solo los turistas pagan, pero esto es una bobería, eso no se cobra, un beso de cariño, no más. Nos despedimos con besos y abrazo.

Seguimos con mi amiga para la primera reunión a la que venía. Resultó un almuerzo de trabajo. Acosté a mi Matilde en un mueble del lugar a donde llegamos, en el carro se había quedado dormida y no levantó cabeza ni cuando nos bajamos. Me llamó la atención ese adormecimiento; la sentí afiebrada. Pensé: eso es la vacuna y no le di mucha importancia. Cuando terminamos la reunión, estaba más caliente. Pero no había un termómetro en el lugar así que partimos para otra cita pendiente. De camino comenté de la fiebre, y Juan, uno de mis acompañantes dijo: –Paremos aquí a la vuelta que Maritza, una amiga, tiene termómetro. –¡Miércoles!-dije-, tiene 39 y medio grados.

Se armó el revuelo. Yo no sabía que para la población cubana la fiebre fuera una cosa tan alarmante. Comenzaron los comentarios al unísono: -¡hay que llevarla al médico! ¡Qué peligro!-. No entendía, pues en mi Colombia, una fiebre sí es preocupante, pero una le da un analgésico y ya, sobre todo después de una vacuna. Pero en Cuba eso no es así. Debe ser porque como tienen servicio médico cerca de las vivienda o centros de trabajo y es gratuito, siempre van al médico. En cambio en nuestro país hay que pensar primero en pagar...  Partimos de una para el hospital. -¿Y la reunión?, pregunté. -¡Al carajo la reunión, chica!

Llegamos a otro hospital infantil, donde trabajaba Bertila, la pediatra amiga de Maritza la dueña del termómetro.

Cuando vi esa fila de niños, niñas, mamás y papás por todos lados yo dije -¡no mija!, esa fila no hay cuándo se acabe, vamos para la reunión, le damos un acetaminofén y… no me dejaron acabar la frase, -permiso que la niña tiene 39 y medio.- Y se fue abriendo el camino, la gente solo decía: -¡un médico!, un médico! que la niña tiene temperatura alta.

Salió la famosa Bertila. Una mujer negra y de cuerpo protuberante, de esas cubanas con turbante y todo, con grandes ojos y linda sonrisa, -vamos caballero!, permiso, dejen pasar.- Llegó donde estábamos con tres enfermeros y una auxiliar. –Báñenla, -mamá,- me dijo, -métala en esa bañera-, y el enfermero abrió una llave de agua fría. Mi pequeña pegó un grito -¡de madre!-, como dicen en Cuba; fui a sacarla, me pareció muy violento, pero la doctora me paró. -Tranquila mamá, que es por su bien, solo es un susto. El agua fría le baja la fiebre rapidito.- A los 5 minutos la sacaron, la secaron y para el consultorio.

Le conté de la vacuna. La doctora la examinó por un lado y por otro y al final dictaminó: No es nada, tranquila, y me tendió una receta y 10 pesos cubanos*. -Mamá, -así le dicen a una siempre en Cuba, -vaya a esa farmacia y compre esta medicina, su hija estará bien. -¿Y ese dinero? le pregunté -¿Usted tiene dinero cubano? ¡Porque no le reciben dólares! -me contestó. -No. No tengo, exclamé. -¡Ah!, dijo ella… -¿Y cuánto le debo? ¡No, no me debe nada! Me dio un beso y se volvió para su trabajo.

Me sorprendió esta actitud porque en Colombia todo hay que pagarlo, pero sobre todo, te atienden después que demuestres que tienes con qué pagar. Aquí, ni preguntan.

Al otro día pasé por el hospital para devolverle los 10 pesos, pero no me los quiso recibir. -¡No chica!, somos amigas, y soltó una risita picarona… Mujer maravillosa, de razón su consulta está siempre llena, pensé.

Seguí mi trabajo, una reunión aquí y allá.

El último día en esa solidaria isla, llegué al Capitolio de La Habana para encontrarme con una amiga colombiana y veo un revuelo en las escalinatas del edificio. Me acerco a chismosear como cualquier transeúnte cuando veo que dos señores llevaban en guando a mi amiga y la metían en un carro. ¿Qué pasó? ¡¿Para dónde la llevan?! -Al Hospital Calixto García que es el hospital para emergencias- contestó un compañero. -Me caí por las escaleras y me partí los talones, comentó mi amiga.

En el hospital le tomaron radiografías y la enyesaron. Cuando salíamos se acercó la especialista que la atendió y le dijo. -Tenga esta receta y mantenga reposo por un mes. Luego vaya al policlínico de su localidad para la fisioterapia.

Muchas gracias doctora. ¿Y no hay que pagar?, -pregunté. No, no debe nada. Su amiga sabe que en Cuba los residentes extranjeros no pagan nada.
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* Moneda Nacional. El cambio son 24 pesos cubanos por un dólar aproximadamente.

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A propósito de la Columnista

Candelaria Viva

Candelaria Viva

Guerrillera de las FARC-EP