Cuentos, Crónicas y poesía

Te encontré al sur del día
como saliendo de la angustia
de los huracanes;
estabas entre palmeras y
Gaviotas taínas
en las coordenadas de un sol con arreboles;
en aquel momento
el ocaso se desnudó frente a mis ojos
y el mar me dio la bienvenida
con el abrazo abismal
de su azul profundo salitroso
en el que la luna sumerge
su lumbre argentada
y la brisa susurra
entre náufragos sortilegios.

Para calmar el ciclón arrebatado
de mis ansias de tenerte,
me diste un pedazo de tu aurora,
las llaves de Elegguá,
los elekes de Obbatalá,
el oshé de Shangó,
las campanillas de Oshún,
los omieros del panteón,
en una polymita el arco iris,
las aguas del Almendares
y el collar sagrado de Yemayá.  

Con un jirón de tu crepúsculo siboney
envolviste mis más profundos secretos de amor,
y mi última visión del Morro y la Giraldilla;
luego pusiste la fuerza de sus cemíes
en mi alma
y el iridiscente guanín de Hatuey
colgaste sobre mi pecho…;
me diste el amuleto de Mayvona,
la paciencia de Anayana,
la Cruz de Calatrava,
el murmullo de tus olas
y un canto de Juan Formell
para llenar las alforjas
de mis esperanzas.

La verdad,
me bastaba “una rosa blanca
en junio como en enero”
pero me entregaste más,
mucho más,
en la tranquilidad indecible
de tu cielo,
en tu sabor dulce
de mulata enardecida,
en tu presencia húmeda
salida de las manos de Atabey,
y de las lágrimas prístinas
de Boinayel
para que recibieras la siembre
de Olofín.

Entonces,
me hiciste vivir la antología
de tus horas
retozando entre sueños
de los que no despierto ni lo quiero…
menos aun cuando escucho
el gemido y el canto,
la felicidad y el llanto
de tus olas en El Mégano,
y el rumor del tiempo que se
esparce andando y reanudando
los adoquines antiguos
y los muros ancianos
de tu envejecida arquitectura
llena de nostalgias,
hecha de memorias
y deseos furtivos
de amantes legendarios.

Cómo te quiero Habana mía,
porque logras llenar mi soledad
de puerto sin veleros
con esa alegría ronca
que sólo tienen los corales,
y untarla sabes de esta pátina de gloria
del Moncada,
de las tintas del Escambray,
o de la Sierra Maestra,
cuando en su cumbre de gloria
se posan las mariposas,
y tus manos de música, en fin,
acarician mi nostalgia de muelle
mi nostalgia de ancla y de redes tristes;
mi nostalgia de bolero nocturno
en tu cómplice malecón avejentado.

Como te quiero Habana mía;
te quiero tanto
que me entrego a tus orishas
para que me guarden
en lo más profundo
de tus noches bohemias;
Habana india,
Habana negra,
mulata Habana,
sagrada tierra de Havaguanex.
Y te quiero en los aíres melancólicos
de un concierto barroco,
en el humo de tus tabacos,
en el contratiempo de un son
de Manolito Simonet,
porque…”yo estoy obsesionado contigo”
y el mundo es testigo de mi frenesí…,”
por eso mi corazón truena
como un “Trabuco una vez más”
o como el cañonazo de las nueve,
y mi alma danza y corre
como todos los que están
“Locos por mi Habana”,
locos por su salsa,
locos por su son,
y el toque del güiro,
y el parrandón,
y el danzón más profundo,
y las notas de Chan Chan
tocadas por Compay Segundo,
o la voz de Laritza Bacallao
entonando con Cándido Fabré
melodías que embellecen al mundo.

Cómo te adoro Habana mía
porque eres mi sueño,
y no despierto ni lo quiero,
menos cuando escucho
la “Rapsodia Negra” de Lecuona,
las “Danzas Cubanas” de Cervantes,
el “Zapateo por Derecho”,
y los acordes fulgentes
de Frank Fernández
interpretando el candor,
la pasión y el fervor,
del abrazo amoroso
de Manuelita y el Libertador
que el maestro Angulo
esculpió virtuoso,
eternizando en la roca su esplendor.

Como te quiero Habana mía,
porque en la dramaturgia de Estorino
me convencí de que “Las penas saben nadar”;
y de las décimas bucólicas
del Indio Orta
tomé la fe de observar sin poder mirar
“viendo, como quien
sueña en una noche triste,
paisaje que ya no existe
con ojos que ya no ven”
pero que guardan la luz del alma
con la que encontré el unicornio azul
que me llevó hasta los brazos de Yolanda
cantando una Trova de Silvio Rodríguez
que me decía,
que “no hacen falta alas
para hacer un sueño”,
que “basta con las manos
basta con el pecho
basta con las piernas
y con el empeño”

Fue así que aprendí cantando
y confirmé luchando,
que “No hacen falta alas
para ser más bellos
basta el buen sentido
el amor inmenso…;
no hacen falta alas
para alzar el vuelo”
y entonces lo alcé,
y me embrujé,
y me hechicé con tus sortilegios,
y volé como al sol un colibrí
mientras el “Abracadabra”,
de tu leyenda
ponía ante mi asombro
al “Apóstol” de Juan Sicre,
a la Grajales de Teodoro Ramos…,
y de “cierta manera”
un film de Tomás Gutiérrez
en el que resplandecía la ternura
de Sara Gómez,
solo igualada
por el flash de Korda
que eternizada deja en lontananza
la mirada limpia del Che.

Como te quiero Habana mía,
porque de tu mano
he visto revivir a Giselle
en un arabesque imposible,
en un attitude genial…,
entre los giros y piruetas,
un fouetté y el entrechat
de la danza de Alicia
que brinca, que salta,
o retosa en sus puntas
tocada por Dios…

Cómo te quiero,
mi  morena Habana del songo,
de los mitos y los corsarios,
de los santos y los paleros,
de los cantos y los misterios
que con la misma fidelidad
le cantan a Oloddumare
y a La Virgen de la Caridad,
ya desde su semilla guanajatabey,
ya desde su castiza hechura,
o desde lo más profundo
de la bondad yoruba.

Fue con el verbo del “Songoro Cosongo”
y el encanto de tus tambores
que viajé a las fuentes del Oddán
a buscar las raíces Abakuá,
a embriagarme con los cantos de Efí,
a conocer de los relatos de Efó,
a escuchar los cueros y
las africanas voces
que hablaban
de los secretos del pez Tanze
atrapados en la memoria de Nasakó,
y en cada acento mulato
de aquel camagüeyano
de las cuatro angustias
que,
“Desde algún sitio de la primavera”,
me enseñó a tener
lo que tenía que tener.

Yo también me enredé
en el poder de tus
arcanos
intentando enjaular tu sol entre mis manos,
y escuché en el silencio lejano de
un amanecer oscuro,
la tristeza aplastante de Moctezuma
en un concierto profundo
salido del genio de Vivaldi,
cuando lloraba el alba
sus lágrimas de rocío
que acariciaban el rostro
de un ñáñiga carabalí
descendiente de Apapa Efik:
me vi en sus ojos de selva
y encontré en su mirada profunda
los misterios
de la madre Sikanekue,
y encontré al Tanze leopardo
en el tam tam del Ekue
que suena con el espíritu de Sikán,
con la sangre del gallo,
con la  piel del chivo,
con la magia de Calabar…,
agitando en el viento
una frase milagrosa de la memoria
que también hablaba con timbre de conga
y de timbales,
diciendo “abasí serí Ekue maya beki…”;
Sí, como el eco persistente del pasado
revelando que “en la voz del tambor nos habla Dios”,
descubriendo el misterio de la danza,
del origen… y del rito.

Entonces continué por el camino del Zohar
y entre el polvo de las horas,
vi una legión de hermanos
marchando junto a Céspedes,
Maceo, Máximo Gómez y Mariana;
y ya no era tu dueña España
sino que con tu propia mano te tenías,
y entendí sin dudas
que , aunque los hombres pueden fracasar
“las palabras no caen en el vació”

Pero Santiago…,
Santiago, me venía a la mente
como una calle larga
convertida en Aqueronte,
donde andaba Panchón
en su misión de Caronte,
gozando la venia de los girasoles
mientras por el luto sentía
que se apagaban las lumbres
del tenebrario de mi alma;
pero no,
no,
sencillamente no,
porque volvía a sonar el son
con la luz del mismo sol,
desde oriente hasta el poniente,
de Guantánamo hasta Pinar,
en la polirritmia de los batá
que anunciaban la “Fiesta del Fuego”.

Yo he viajado contigo
al reino de Nsambia,
al poder de los 16 Mpungos,
a la raíz misma
del reino Manikongo
como al mundo mágico,
al maravilloso mundo
del verbo de Carpentier,
con el que tomé el coche del tiempo
rumbo al siglo de las luces,
siguiendo la ruta
de tus faroles de luces fantasmales;
las mismas que alumbraron en el pasado
los avatares de Esteban y Sofía,
arrebatados por el ímpetu jacobino
de Víctor Hugues…,
tan sólo para saber
que “no basta con palabras
para crear mundos mejores”,
y que no “hay más tierra prometida
que aquella que el hombre
puede encontrar en sí mismo…”
O pregúntaselo entonces a Mackandal,
pregúntaselo a Boukman,
y bebe junto a ellos
la sangre del jabalí
evocando a los houngan,
para que se encienda la noche de agosto
“La noche del fuego”
la noche de libertad,
y florezca por fin
un mundo emancipado,
como en el mambo de Moré,
como en los colores esenciales
de la “Historia del Caribe”,
como en los caracoles y las flores
que explotan desde los “Interiores del Cerro”,
desde los “Festines”
y el “Sueño” de Portocarrero.

Como te quiero Habana mía,
porque en ti se dibuja el pasado y el presente,
porque en ti se refleja mi Cuba entera:
porque estás en la premura de Martí
en su arrojo de rayo,
en su lumbre de estrella,
en su mito de yodo
vertido en la arena
que se besa con el mar;
o porque estás en los cencerros del moruá
cuando suenan en Dos Ríos,
anunciando el luto
por El Apóstol que cabalga hacia la eternidad.

Como te quiero Habana mía,
porque eres el microcosmos
de reales cuentos imposibles;
porque en ti encontré el camino
para viajar a la semilla
haciendo el oficio de tinieblas
que me hizo descubrir los secretos
del reino de este mundo,
azotado por las guerras del tiempo
en las que se forjaba toda historia;
porque en ti se me insinuó el escenario
en el que el Ekue sueña oculto en el fambá
cada segundo
de la consagración de la primavera
inundando de exuberantes alucinaciones antillanas
que tenían la magia taína de “lo real maravilloso”
que me permitió asir las metáforas profusas
de tus perennes páginas coloniales
en las que el Marqués de Capellanías
“Yacía en su lecho de muerte,
el pecho acorazado de medallas,
escoltado por cuatro cirios con
largas barbas de cera derretida”
que marcaban la estrada
de la fantástica amerindianidad
por la que caminó Melchor,
marcando firmes senderos
desde los que saltó Sotomayor
tratando de alcanzar el vuelo
de Arnaldo Tamayo el ave,
que supo encontrar la clave
para jugar con los luceros
y llevar hasta los cielos
los símbolos sagrados
“del largo lagarto verde,
con ojos de piedra y agua”.

Como te quiero Habana mía,
porque de ti recibí la mano de Orunla
con el poder de los babalawos
que me dieron los conjuros
para andar entre los huracanes del recuerdo
y surcar los dominios de Yemayá,
y desandar las huellas de Handel y Scarlatti
enredado en las notas de Stravinski y Louis
Armstrong,
sintiendo las evidencias
de la fugacidad de la vida,
la marcha invertida del tiempo,
la brevedad del instante
que se suele prolongar en
una brizna de sol
contra tus pechos
cuando vuela el tocororo,
cuando se mese la palma real,
cuando nace la caña de ámbar
y los niños cantan La Bayamesa,
con el mismo amor
que Hemingway
puso en el bote del viejo
que retó tus mares
para atrapar al pez inmenso
de su obstinación erguida…,
hasta llegar
al puerto de su edad vencida
a retomar la vida para seguir soñando
recostado en una playa,
mirando “una luna tan brillante como aquella
como aquella que se infiltra en la dulzura de la caña”,
gritando vivas al Fidel “que vibra en la montaña”
cuidando el rubí, las cinco franjas y la estrella.

La Habana, febrero de 2015.

Share