Cuentos, Crónicas y poesía

—Hola, hola, la escucho, buenas noches, ¿cómo se encuentran? Cambio, —dijo el radista.

—Adelante, lo escucho –contestó la Gorda que, con un cuaderno en las piernas, descifraba un mensaje urgente que había llegado del Secretariado.

—Con buenas y malas noticias —dijo el radista al otro lado del aparato —, ¿recuerda a la muchacha por la que me preguntó ayer? Cambio.

—Sí, claro. Hace tres días que no se reporta, ¿qué pasó con ella? Cambio—contestó la Gorda.

— ¿Cuál noticia le doy primero? ¿La buena o la mala? Cambio.

—Me asusta, viejo. Ese tono me pone nerviosa; comience por la mala –contestó la Gorda algo impaciente porque una nube de mosquitos no la dejaba escribir con tranquilidad –.No, no, mejor diga la buena primero. Cambio.

—Ya sabemos en dónde está el hijo de la Moña, —contestó el muchacho —, pero la mala es que ella hace tres días se ahogó. Cambio.

— ¡Se ahogó la Moña! ¡Madre mía! Qué desgracia, cuando al fin sabemos dónde está su hijo. No alcanzó a verlo… ¡Maldita sea…!

Orígenes

Eliana, la Moña, era una combatiente muy querida en la columna Teófilo Forero. Santandereana de cuna, campesina de hacha y machete, mujer con una fuerza física impresionante. Antes de su ingreso a las filas guerrilleras, trabajaba con su hermana menor tumbando monte. Sí, así como lo lee: ellas con hachas se le medían al corte de dos o tres hectáreas; a tumbar monte para abrir espacio y cultivar.

Eliana era pequeña de estatura, de cuerpo macizo, de piernas y brazos cortos y musculosos. Tenía la cara redonda, vivaces ojos negros, labios carnosos, y una piel muy, pero muy blanca que dejaba ver las venas que le recorrían el cuello. Callada, tímida como muchas mujeres campesinas que se consideran no “bonitas”, porque al mirarse al espejo no se parecen en nada a los estereotipos presentados por las revistas de modelos con cuerpos esbeltos y caras perfectas.

—Me hubiera gustado ser como una de estas modelos—, le decía a su hermanita que se burlaba de ella porque soñaba con esas figuras.

—Usted no tiene nada, pero nada, para ser como una de ellas—, le contestaba aquella con crueldad envuelta en carcajadas —. Mire su cara: redonda, *mofa, y sus piernas con esos músculos… y recortadas… y esos brazos…

—Ya, ya, no sea majadera, sé que no tengo parecido a una de estas esbeltas mujeres; pero al menos sueño, lucho por salir adelante, por ser alguien en esta vida, quiero ganar dinero para largarme de este infierno, y no como usted, esperando el príncipe azul que nunca llegará. Usted tampoco tiene más que yo…

—Está bien, no me lo recuerde, discúlpeme por burlarme. Más bien vamos a trabajar antes que llegue papá y nos muela a palo…

Desde los 13 o 14 años comenzó a trabajar para ganar su dinero. Consiguió contratos para tumbar monte, varias hectáreas por un precio no muy alto, pero les garantizaba su sustento. Ese es un trabajo de hombres, nunca se había visto mujeres, por fuertes que fueran, realizar esta labor. Por eso, en el primer contrato logrado después ir de una finca a otra y de rogar mucho, la paga fue inferior a la común de los hombres. Pero ella pensó: “Si demuestro mi capacidad con el trabajo, me pagaran lo justo”.

No dependieron más de su madre y mucho menos del padre que las maltrataba. Se propuso salir adelante sola, para eso sabía trabajar, fue lo único bueno aprendido de su progenitor, quien desde muy niña la puso a trabajar con el hacha, en largas jornadas sin mucho descanso y bajo insultos y amenazas de golpearla si no cumplía con la meta impuesta por él. Su hermana menor no escapó a la tiranía del padre. Por esto, ya en la adolescencia eran diestras con la herramienta.

Eliana además de buena trabajadora, era más rebelde que Alina, su hermanita. Negociaba los contratos, peleaba con los varones que pretendían abusar de su condición de mujer para no solo poco pagarle poco; sino, además de todo, cuestionarle su forma de vida.

–Una mujer debe estar en el hogar hasta el matrimonio, su función es tener hijos y es el marido quien debe sacarla de la casa. Eso de andar metida en trabajo de hombres, no es bueno.

Ella siguió con su plan: ahorrar dinerito para comprar una tierrita cerca de la carretera, cultivar y claro, conseguir un esposo que la amara. Su hermana en cambio, se casó con un hombre mucho mayor, se llenó pronto de hijos y con suficiente miseria como para no volver…

Un amor soñado

Por la constancia en el trabajo se volvieron famosas en la región. Superada la etapa de desconfianza en la capacidad de manejar el hacha y, sobre todo, de cumplir con los contratos y tumbar en el tiempo establecido las hectáreas indicadas, vino el lio de su hermana. La había abandonado porque quería “formar una familia para ser una mujer normal, casada y criando hijos”. Una sola persona no alcanzaba para realizar el trabajo posicionado y aprestigiado ya en el mercado laboral de la región. Eliana era fuerte y diestra pero no alcanzaba sola, mínimo debían ser dos. Sin embargo, así sin su hermana, trabajó dos años, a mitad de tiempo, pues ya no podía seguir el ritmo de antes, por fin buscó compañía entre los hombres, porque no había mujeres para medirse con esa tarea y ella se sentía cansada.

Encontró a un muchacho, ¡bonito!, decía ella y se unieron. Rigo se llamaba, también santandereano, buen trabajador, la trataba con ternura, la respetaba. Ella le cogió mucho cariño y se fue enamorando. La sed de afecto, de amor la perseguía. Una mujer con tanta vitalidad no debería estar sola le decían los diversos hombres con quienes se topaba en sus jornadas de trabajo, pero no le gustaba ninguno. En cambio, Rigo tenía unos músculos bien formados, nadita de grasa, pura carne; un color canela que brillaba con los rayos del sol y le bajaban unas gotas de sudor por ese cuerpo lleno de vitalidad…unos ojos negros, tan negros, que no se distinguía el iris de la pupila. Con esa mirada tierna de quién no tiene malas intenciones, “lástima, en este caso me las hubiera aguantado”, contaba con risita maliciosa cuando chismeábamos de nuestros amores… Pero el muchacho no le insinuaba nada y a ella le daba vergüenza dar el paso.

—Una mujer decente no hace esas cosas—, le enseñó su mamá.

Eliana me contaba sus pensamientos “pecaminosos” como ella les decía y se ponía colorada. En medio de su timidez se expresaba con facilidad, era una soñadora.

Trabajaron duro, dos, tres contratos al año, todo iba bien. Ella seguía esperando el día en el cual Rigo le pidiera ser su esposa, su compañera, su amante. Sabía que tenía sus mujeres por allá cuando se iba, dos tres días. Regresaba muy sonriente y continuaban laborando. Él no le contaba sus andanzas pero ella se las arreglaba para saber con quién compartía los sudores entre las sábanas. Le daban unos celos endemoniados. Las odiaba, y se decía, que tienen ellas que yo no tenga. Esperaba en sus pensamientos alguna señal, lo que fuera, pero no se pudo.

De pronto, apareció su hermana huyendo del marido que la iba a matar porque se dio cuenta que planificaba. No quería tener más hijos, dijo ella; se la jugaba con otro, por eso tomaba pastillas para que no le creciera la panza o el recién nacido no se pareciera a otro, decía él.

—Mentiras, hermana, esos son cuentos de él. Yo no quiero más hijos; no aguanto más; tengo cuatro y si no me cuido vendrán más; estoy agotada: trabajo en la huerta, hago comida, lavo, limpio. No más, no quiero, prefiero morirme—, decía Alina entre lágrimas. Ayúdeme, por favor –.Le rogaba.

El tipo llegó al fundo donde estaban las hermanas y Rigo. El marido, borracho, machete en mano, vociferaba cualquier cantidad de improperios contra Alina y, por supuesto, contra la Moña. Cuando vio a Rigo se le lanzó, a machete limpio, a matarlo porque supuso que era el amante de Alina. Rigo, siempre estaba armado con su peinilla bien afilada y le respondió. Se enfrascaron en tremendo combate. Alina gritaba, la Moña temía por la vida de Rigo porque su cuñado estaba muy agresivo y era diestro en el arte de la esgrima como tantos campesinos veteranos. En una de esas, el machete de Rigo dio en la yugular de Aníbal. Brotó a borbotones la sangre. El hombre cayó al piso muy mal y al poco tiempo murió, se desangró sin que los demás pudieran hacer nada.

—Lo mató, lo mató—, gritaba Alina entre triste y aliviada, no sabía qué hacer. Se tiró de rodillas ante el muerto a quien al mismo tiempo odiaba por la mala vida que le había dado, pero también con quien vivió cuatro años y era el padre de sus hijos. Reflexiones contradictorias aprendidas por las enseñanzas de sus padres y la vecindad.

La Moña fue a socorrer a Rigo que había recibido varios machetazos en piernas y brazos. Sangraba, rabiaba de ira porque se había ganado un muerto gratis.

— ¿Y ahora qué hago? Me van a meter a la cárcel, yo solo me defendía, mierda, ¿si ven en la que me metieron?

Otra vez sola. Rigo tuvo que irse de la región. El muerto al hoyo. Sus planes de ahorrar para la tierrita al lado de la carretera se fueron al piso; lo que tenía se lo dio a su hermana Alina para sus hijos, mientras buscaba otro marido que la ayudara con la carga y sus miserias…

La Moña comenzó a trabajar en una hacienda ganadera, ordeñaba, ayudaba en la casa a cocinar para 20 trabajadores. Fue lo que encontró, después de la partida de su hermana y de Rigo.

—Quiénes son esos— preguntó la Moña cuando vio que se acercaban unos hombres armados. Más atrás vio a una muchacha también armada y con un morral encima más grande que ella misma. Todos saludaron con alegría, varios de los trabajadores los conocían.

—La guerrilla—, le dijo Ramón, uno de los trabajadores, y cuando iba a acercarse a saludar a los recién llegados la Moña preguntó asustada:

— ¿Y no nos harán daño?

—Que va, si son amigos del pueblo —contesto Ramón y fue a saludar.

Esa noche la Moña conoció a la guerrilla: quién era el famoso Manuel Marulanda Vélez y que hacían estas “personas del monte”. La única mujer del grupo le contó cosas lindas de su lucha. Se animó y pidió irse con ellos. A estas alturas de la vida, sola, sin plata: la guerrilla era la mejor opción, pensó la Moña.

La guerrilla

Ingresó al 12 Frente en Santander. La comisión de reclutamiento recogía muchachos y muchachas que pedían irse para la guerrilla. Al llegar al frente ya eran 25 nuevos, se unieron los antiguos para un total de 33 unidades.

Cuando salió de la finca, donde ordeñaba, le dieron un morral, en la guerrilla le dicen equipo. Le entregaron también unos kilos de arroz, frijol, harina para hacer arepas, sal, azúcar. Ella llevó de su ropa dos pantalones muy roídos, tres blusas, ropa interior, un radio en el que escuchaba música, un jabón y el cepillo para los dientes. Completó 24 libras de carga.

— ¿Y el arma? –preguntó mientras terminaba de amarrar los últimos utensilios.

—No hay. Si tiene un machete llévelo que eso también sirve —. Contestó el comandante que la miraba con cariño y alegría porque se veía una buena muchacha —.Ya la conseguiremos, no se preocupe. Y vaya buscando un nombre, un seudónimo.

—Quiero llamarme Eliana

—Bueno se llamará Eliana

—Andando –dijo el comandante – que el camino es largo, nos cogió la noche y debemos buscar comida y donde dormir.

Alzaron con todo a la espalda, y arrancaron por el camino real, que más adelante se cruzaba con una trochita por donde se metió el nutrido grupo y se perdieron en el monte verde y espeso.

Comenzó la marcha por lomas, ríos, bajadas, huecos, planicies. La geografía colombiana es muy irregular. Rica en montañas con espesa selva.

Hizo cursos de primeros auxilios, mejoró su escritura en las clases; aprendió política, temas nuevos: Qué son y por qué luchan las FARC, Reglamento Disciplinario, Historia del Partido. Orden abierto y cerrado. Todo lo que precisaría para defenderse en el campo político y en el militar.

Los amores no se hicieron esperar. Al año de ingresar conoció al que sería el padre de su hijo, se llamaba Leonel. Y claro, en una de esas noche de pasión, zas, quedó embarazada.

—¿Qué vamos hacer? — dijo ella muy nerviosa.

Él, pensativo:

—Pues ni modo, avisemos al mando, tenemos que responder.

Y que el anticonceptivo no sirvió, que no le ponen cuidado, que claro lo creen a uno bobo, pues que la pasión no los dejo pensar —decía el comandante. Bueno y, ¿qué hacemos? Ya con 4 meses no se puede hacer más que tener el hijo.

—Y no se preocupe, camarada, mi familia nos ayuda –.Dijo Leonel.

Así fue. Nació el bebé y lo llevaron para la casa de los abuelos paternos. Pasaron dos años, el niño crecía sin problemas. La Moña y Leonel, se amaban, trabajaban por la causa del pueblo colombiano, aprendían cosas: otro curso político, más entrenamiento, trabajo de masa, organización, sastrería, propaganda y combates. En uno de ellos mataron a Leo.

—Perdimos a un cuadro, perdimos a mi compañero y mi bebé quedó en manos de mis suegros, está seguro con ellos —, comentaba ella.

La guardia del Secretariado

Los frentes deben enviar refuerzos a la guardia del Secretariado cada determinado tiempo y el 12 Frente envió a 4 camaradas, entre ellos a la Moña.

Por medidas de seguridad los viajeros no sabían el día de la salida. Les tomó por sorpresa la orden. — ¿Y mi hijo? fue lo primero que pensó. — ¿Cuándo lo volveré a ver? No se atrevió a plantearle nada al Comandante. —Ya le escribiré a mis suegros para ver si me lo llevan a donde me encuentre para que me lo cuide otra familia —pensó para tranquilizarse aunque le brotaron las lágrimas.

Los suegros se fueron de la región, y le dejaron dicho con los guerrilleros que se olvidara del bebé, porque era su nieto y al no estar el padre ellos decidían por él.

Pasaron 10 años y no sabía nada de su hijo. Todos los días pensaba en él: cómo estará; sabrá que soy su madre; qué le habrán dicho de mí, de su padre.

— ¡Pero no puede dejarlo así!, —le dije. — ¿Y no ha indagado la forma de que el Comandante del frente los busque? ¡No se pueden quedar con él sin su permiso!, no amiga, debemos hacer algo.

— ¿Pero, ¿qué puedo hacer?

— ¡Hable con el camarada Raúl! Cuéntele la situación para ver cómo recupera al hijo, no puede quedarse así la cosa, qué va, ¡es su hijo!

Fue y conversó con el camarada Raúl Reyes. Él la escuchó con atención, escribió los datos de los abuelos y del bebé, los mandó al frente para ver qué podían hacer.

Pasaron tres años. Nada, no se sabía nada.

Hay que aprender a nadar

En el Páramo del Sumapaz hace un frío terrible, estábamos a una altura de 3500 metros. De todas maneras, se nos ocurrió a un grupo de guerrilleras ir a bañarnos a un pozo cerca del campamento. La Moña me dijo que no sabía nadar, no le creí porque ella se crió cerca del río Magdalena. Sin embargo, cuando nos tiramos al agua ella se lanzó detrás de nosotras y, claro derechito al fondo del estanque fue a dar.

Las muchachas que quedaron afuera del agua gritaban; al fin, entre todas la sacamos, casi se nos ahoga.

—Moña tiene que aprender a nadar, en esta lucha es muy peligroso no saber nadar— le dije.

—Me da miedo — contestó.

—Si le da miedo, ¿por qué se tiró? ¡Casi se ahoga!.

— ¡Ya no me regañe! Usted me enseña, ¿Sí? Y yo le enseño a manejar el hacha.

—Claro, buena propuesta, pero debe ser pronto, recuerde, nos vamos para el llano y allá los ríos son muy anchos y profundos.

No había forma de que aprendiera. Se iba al fondo apenas entraba al agua, no flotaba. Intentamos de todas las maneras.

—El hacha no se coge así tan corta — me dijo el Comandante.

—Pero así me enseñó la Moña, ella tumbaba montañas cuando trabajaba en la vida civil—, le contesté.

—¿Pero quién dijo eso? Ella es mujer y no sabe manejar el hacha —, me dijo burlonamente.

—Podrá ser mujer pero que sabe sabe— dijo Jorge, un guerrillero que la conocía y admiraba por la forma como trabajaba con la herramienta.

—Y aprendí, porque hasta ahora he cortado varios troncos y no me ha pasado nada —contesté.

—En cambio, yo no he aprendido a nadar camarada, ese fue el trato —dijo la Moña que escuchó la conversación al acercarse a la rancha*.

—Vaya vaya, se unieron las viejas para defenderse — dijo con burla pero afable el camarada Raúl. —Espero que aprendan por su bien porque son dos actividades muy útiles en la guerrilla.

Y llegó el día del cambio; al Caguán** fue a parar la Moña. El trabajo de organización con la población civil la esperaba.

El traslado de un lugar a otro en esta zona se realiza por los ríos en voladoras o canoas. Son ríos profundos y anchos. La Moña se ponía un chaleco salva vidas que le consiguieron los guerrilleros. Así paso un año. Le iba bien en su trabajo.

Pero un día estaba en una casa, conversando con civiles. Llegó la información de los campesinos, que vieron cerca del lugar al ejército y los guerrilleros debían salir de inmediato. Ella no tenía su chaleco. Se montaron en la voladora*** que manejaba Marlon. Tomaron río Suncilla arriba, en una curva al llegar al lugar de desembarco chocaron con una canoa y todos cayeron al río. La única que no flotó fue Eliana. Dicen los camaradas que apenas cayó al agua se hundió y no volvió a salir. La buscaron y nada, a los 4 días apareció el cuerpo hinchado, morado. El dictamen del médico sobre su muerte no fue por ahogamiento, sino por un infarto.

—Maldita sea, apenas ahora que sabemos del paradero del hijo de la Moña, se muere.

Encontraron a los abuelos del niño y la guerrilla les exigió el derecho de su madre a verlo, después de muchas discusiones aceptaron viajar al Caquetá y llevar al muchacho. Tres días después de la muerte de la Moña llegó la información al camarada Raúl.

Entre sollozos la Gorda nos informó de la muerte de Eliana; quienes la conocíamos nos abrazamos y sentimos tanto abatimiento por esa muchacha buena y luchadora. A mí, entre la angustia y la impotencia, se me derramaba la ira en llanto: cómo no logré enseñarle a nadar, cómo ella no pudo aprender, cómo no le alcanzó la vida para volver a ver a su hijo…y participar del triunfo después de tantos años de lucha.

*. Cocina, lugar donde se elaboran los alimentos.

**. Región y río de Colombia al sur del país.

***. Embarcación.

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A propósito de la Columnista

Candelaria Viva

Candelaria Viva

Guerrillera de las FARC-EP