Columnista

Diana Grajales

guerrillera del Bloque Jorge Briceño, integrante de la delegación de paz de las FARC-EP de octubre 2012 a Agosto 2015.

Creo que uno de los dolores más grandes que puede sentir alguien en el corazón es la muerte de un ser amado. El fallecimiento de mi hermana Adriana Nariño en el año 2008 fue un hecho que marcó mi vida para siempre, pero sin duda también fue lo que me dio más convencimiento y fuerza para seguir luchando contra el Imperio y la postrada burguesía colombiana.

El tema de la mujer lo han tomado como bandera de batalla política e ideológica en un contexto en que las problemáticas de género se debaten con gran relevancia. Tienen como idea principal presentarnos como víctimas de nuestros propios hermanos de lucha: que somos explotadas sexualmente por los comandantes, que nos someten a abortos forzados y que carecemos de todos los derechos.

Son valiosas mujeres que a pesar de la precaria situación económica en la que viven y trabajan, se preocupan por darle la mejor atención y educación a los miles y miles de niñas y niños de escasos recursos, para quienes las Madres Comunitarias (MC) se convierten en su única oportunidad de atención. Ellas encarnan las ilusiones vendidas por los intentos de  política asistencialista, solo intentos.

La paz con justicia social es el más grande anhelo de las mayorías en nuestro país: El pueblo colombiano se encuentra sumido en la más alta miseria, sumisión, explotación, represión  y pobreza, que generan una ofensiva constante contra el desarrollo social, la paz y la vida digna.

El establecimiento colombiano y su gobierno obedecen a políticas imperialistas de extracción y de intervencionismo del sistema capitalista, cuyo método es concentrar las riquezas y los recursos de nuestros pueblos en pocas manos, en detrimento de las mayorías.  Se trata de una forma de guerra permanente contra el pueblo, que golpea fuertemente a los niños y las niñas más desfavorecidos de nuestra patria.

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